Identidad insurrecta

Por Ceferino Namuncurá.

No siempre es necesario bucear en arcaísmo, ni desenterrar reminiscencias históricas para advertir la presencia recurrente de «lenguajes de resurrección». Jergas que muchas veces se diluyen en marasmos enciclopedistas que remedan sabiduría. Hoy, quizá como nunca, el aprendizaje de esos «lenguajes» interpela y desafía la construcción de las democracias de estos tiempos y de nuestra democracia actual.

Quizá sí valga la pena sondear un arcaísmo que hemos soslayado: el de los griegos, quienes, sí lo resolvieron, precisamente porque fueron conscientes de la dimensión trágica del hombre. Pero no solo esto: lo internalizaron, lo procesaron, hasta resolverlo desde una verticalidad trascendente.

La tragedia de esta pandemia no sólo nos sucumbe a la inmediatez, sino que a su vez nos confronta al tiempo, a su definición y a una nueva acepción, la que nos debemos frente al vértice de nuestra concepción política ¿Por qué? Porque este «lenguaje de resurrección» está embebido por vocablos de división, antinomia, exaltación, banalización, mezquindad, egoísmo y otros «yoismos».

El léxico conocido de expresiones sectarias, de personajes nebulosos de nuestra rancia derecha y de los intereses históricos de viejas mezquindades, así como el vocabulario desconocido de aquellos nuevos cautivos de los medios, de los mensajeros a sueldo que comercian con los desprevenidos. Los apóstatas de lo colectivo, los que se sienten más a gusto lo más lejos posible de una identidad que fue y ha sido el principio fundante de lo que entendemos como pueblo.

Aleccionador deberá ser lo que hasta el último 10 de diciembre hemos vivido, pero también lo debe ser lo que para quienes creemos en lo colectivo, son los atisbos de un lenguaje que hasta hace poco más de cinco años creíamos vencido.

Aunque nos parezca extraño, aun cuando cueste aprehenderlo, es imprescindible desentrañarlo, tener atento el oído porque está en juego mucho más que un resultado temporal; de esta coyuntura, es el desafío que sólo puede afrontarlo desde una convicción innegociable, que siempre encarnó el peronismo.

La política está llena de signos, pero también de símbolos, lo es sin ninguna duda, la decisión soberana de negociar una deuda, legado de desidia, lo es la decisión de resguardar el interés de los argentinos frente al atropello de algunos empresarios con fines, pero sin principios y también lo es el priorizar la vida, frente a los desatinos.

Toda verdadera creación comienza por ser una imitación » afirmaba Aristóteles… vaya si tenemos cosas para imitar quienes hemos abrazado el peronismo, desde aquel ‘45, de Juan, Eva y el pueblo, hasta el de Néstor y Cristina. No se trata de un capricho no es más ni menos que una forma de ver y de vernos frente al mundo.

Son tiempos de angustia y también de agoreros, pero no me cabe duda que también es un tiempo de tender puentes sobre viejos y nuevos abismos.