Ideas inmortales

Por Gerardo Mazzochi.

Evita era una mujer de convicciones firmes, de lucha. Ella peleó en un mundo exclusivo de hombres. Fue la impulsora del voto femenino, que llevó a Juan domingo Perón a la reelección. El cáncer que terminó con su vida fue un golpe al movimiento peronista, que no pudo reemplazar su mirada social y política.

La «grieta» de la que hoy hablan los operadores mediáticos no es una novedad. Evita era odiada por las clases dominantes y fue atacada de maneras inimaginables. El “Viva el cáncer”, escrito en una pared porteña es la síntesis perfecta del antiperonismo, del odio irracional de una oligarquía que por primera vez en la historia vio peligrar sus beneficios.

De aquellos días como actriz de radio a la líder que frente a un pueblo movilizado renunció a su candidatura pasaron pocos años, intensos y llenos de historia para la instauración de derechos que los poderosos siempre quisieron borrar.

Lograron una síntesis perfecta con Perón, fueron el sostén de un movimiento que levanto las banderas de justicia social, independencia económica y soberanía política.

Eva siempre ocupó un lugar destacado junto a Perón. No era la típica mujer que se mostraba en las galas y ponía cara de circunstancia. Ella eligió acompañar a su hombre, estuvo a su lado, no detrás.

Tras la jornada del 17 de octubre, la movilización histórica que saco a Perón de la cárcel y que trajo luego la candidatura Perón-Quijano la actriz convertida en la «mujer de Perón» se bajó del escenario para darle paso a la mujer del pueblo.

Evita se instaló en el cuarto piso del palacio de Correos y Telecomunicaciones, donde comenzó a recibir a los representantes de los trabajadores que solicitaban su intervención para obtener mejoras o su colaboración en la solución de problemas gremiales. Esta relación conformó la base de su poder político y el sostén de su obra.

No era una mujer de quedarse quieta tras un escritorio. Quería estar cerca de la gente, de sus “descamisados”, que se acercaban y le entregaban su amor.

Fue la principal difusora de los logros del gobierno popular realizando incansables giras por el interior del país y recibiendo el amor de sus “cabecitas negras”.

Lo que no pudo la oposición lo pudo la enfermedad. En enero de 1950, aunque Evita nunca dejó sus actividades, cada vez estaba más débil. No dejó de trabajar, pese a la oposición de Perón. Luego del renunciamiento, ya casi no participaba en actividad alguna.

Su muerte fue un golpe para el peronismo, que afrontaba por primera vez desde su nacimiento un peligro que varias veces se repetiría a lo largo de la historia los golpes impulsados por las clases dominantes. Sin Evita, Perón se recostó en las Fuerzas Armadas, pese a que su mujer lo había alertado: “Te van a traicionar”, le decía.

Sin ella, la caída fue casi inevitable. Pero ella ya había dejado su legado recogido especialmente por los jóvenes, que bajo la influencia de las luchas armadas latinoamericanas vio en el peronismo un movimiento a seguir, y en Evita, un emblema.

La primera vez que votaron las mujeres, ella lo hizo en el hospital, en su lecho de enferma, donde depositó uno de los sufragios que permitieron la reelección de Perón por el período presidencial 1952-1955, que no alcanzó a cumplir por el accionar de la revolución fusiladora.

Cuando Perón iba a tomar juramento como Presidente, ella – fiel a su tenacidad y compromiso- quiso acompañarlo. Dicen los biógrafos que a Eva le fabricaron un corsé para que pudiera mantenerse erguida frente al avance despiadado de la enfermedad.

Pero su legado fue tan potente que luego de su muerte, Evita siguió siendo blanco de los ataques de sus opositores, quienes robaron su cuerpo, lo secuestraron y lo usaron como botín de guerra. Pero su memoria supo resistir incluso aquella humillación y su mejor recuerdo se convirtió en un faro de esperanza para quienes creen que más allá de las personas, las ideas son inmortales.