Hacia una soberanía tecnológica y productiva

Por Verónica Tenaglia. Empresaria PyMe.

La pandemia del virus Covid-19, la restricción de la economía a causa de la cuarentena y las medidas sanitarias preventivas, profundizaron esta crisis de la economía global, que afecta también a nuestro país, que arrastra años sin crecimiento económico y de políticas liberales destructivas. En este marco y mientras se recorre la recta final, hasta que se logre llegar a una vacuna, se vuelve imprescindible generar nuevas herramientas y estrategias para construir el nuevo futuro, diferente al que imaginábamos a fines del año pasado, con la asunción de Alberto Fernández.

De esta manera, la economía del conocimiento, que tiene más que nunca, los dos pies en la economía real, afronta un doble desafío:

Generar nuevos empleos y sobre todo con personal altamente calificado, y además, generar riqueza y recursos para la nueva etapa, con productos y servicios de elevado valor agregado, que hasta puedan ser exportados, y que puedan traer los dólares que necesitan para tener de una vez por todas, una economía que logre despegar de su estancamiento.

Esta industria no contaminante, conformada por sectores vinculados a la alta tecnología, al software, a la educación, a la investigación científica, al desarrollo, la robótica, las telecomunicaciones, la bioingeniera, biotecnología, la industria satelital y las audiovisuales, entre otras, es una actividad que atraviesa cada vez más a todas las ramas de la economía, para potenciar la productividad de cada una de ellas.

Nuestro sector, el de la economía del conocimiento, contemplado en la media sanción, sancionada recientemente por la Cámara de diputados, debe ser considerado en la agenda pública de cada distrito, de forma sostenida, como potencial diferenciador del desarrollo de la matriz productiva sustentable del país, por su doble capacidad de generar divisas vía exportaciones y de poder actuar como vía de sustitución de importaciones.

Para tener una idea de la importancia del sector, valga mencionar que, en este contexto de pandemia y de crisis, esta industria respondió creativamente en tiempo récord a las demandas generadas por el avance del virus, en diferentes ámbitos. La creación de un test nacional de detección rápida del COVID-19 y la creación de respiradores de fabricación nacional, son claros ejemplos.

Recordemos, también, que la industria del conocimiento ya es el segundo complejo exportador de la economía, después del complejo sojero, que ya superó a lo que factura cada año la industria automotriz, que facturó más de 6000 millones de dólares el año pasado, con mayor valor agregado. Además, y aún a pesar de cuatro años de recesión, la industria logró tener un pequeño crecimiento, con un total de 437.000 puestos de trabajo, a fines del 2019.

Por otro lado, el 91% de las empresas del sector son pymes que poseen una altísima capacidad de interrelación, de generación de nuevos productos y empresas, con la creación de clústers tecnológicos e incubadoras de empresas. En una economía, en el que las pymes son las principales generadoras de empleo, y con más de 20 mil de ellas que tuvieron que cerrar, desde el 2015 en adelante, deben ser tenidas en cuenta, no sólo con los aportes del Estado Nacional (ATP y otros paliativos), sino también con los de los estados provinciales y municipales.

En el caso puntual de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, hay una oportunidad única de desarrollar y potenciar el Distrito Tecnológico, ubicado en la zona sur, para convertirlo en una especie de “Silicon Valley” del país, con una expansión que exceda a los vaivenes de los ciclos económicos. Para que ello ocurra, es necesario, crear la agencia de Ciencia y Tecnología de la Caba, como un ente que potencie al sector y priorizando la inversión en investigación y desarrollo. Es el único camino posible, para construir una nueva ciudad y una nueva Argentina, con soberanía productiva y tecnológica.