“HABÍA UNA VEZ….”

Por Maximiliano Rusconi.

Había una vez un país en el cual los jueces estaban obsesionados tanto por ser eficaces como por el respeto a las garantías constitucionales del ciudadano sometido a una investigación.

En ese país los jueces respetaban el principio de inocencia, eran objetivos, transparentes, no tenían sesgos, eran valientes pero no autoritarios, amables pero no cobardes, dignos pero no altaneros. Ellos defendían con hidalguía la independencia del poder al cual pertenecían, pero nunca ocultaban detrás de ese concepto la defensa de algún interés personal o mezquino.

Había una vez un país en el que los fiscales no confundían la defensa de los intereses generales de la sociedad con la cercanía a algún sector político, que no temían ni enfrentar al poder, ni dictaminar en contra de las presiones mediáticas.

En ese país los fiscales buscaban la verdad. Ellos no cedían en esa búsqueda aunque la verdad demostrara la inocencia del caído en desgracia. Ellos arremetían hacia esa verdad aunque ese camino concluyera en la culpabilidad del poderoso.

Había una vez un país en el que los defensores oficiales luchaban sin descanso por el resguardo de los derechos humanos de sus defendidos.

En ese país los defensores oficiales no temían enemistarse con otros miembros de la familia judicial en la lucha por esos principios. Para los defensores de aqual país, cada defendido, la libertad de cada uno de ellos, era siempe infinitamente más importante que sus propias carreras o la empatía de otros funcionarios influyentes.

Había un país en el cual los jueces, fiscales, abogados, camaristas, empleados, tenían claro que todos estaban para prestar un servicio a la comunidad.

En ese país todos ponían su esfuerzo, capacidad técnica y creatividad para pensar modelos organizativos del sistema judicial que restauraran la justicia como valor protagónico en la comunidad.

Unos y otros se colocaban alrededor de una mesa, una muy grande, de esta y aquella religión, de todos los orígenes, de todas las ideologías, de todos los partidos políticos y, antes que nada, comenzaban por coincidir en los problemas que observaban. Aquellos problemas que afectaban a todos.

En ese país un día quedó claro que la justicia no podía responder a coyunturas. En ese lugar era casi obvio que el sistema de administración de justicia constituía el oxígeno de la vida en comunidad.

Los adultos de ese país un día advirtieron que ellos serían evaluados desde el corazón de sus hijos y nietos por el grado de fortaleza de la república que le dejaron a sus descendientes.

Ese país creció en la diversidad, en la tolerancia, recuperó su dignidad, fue mucho más solidario, los funcionarios públicos se transformaron casi en héroes, fue cada vez menos desigual. Los fiscales, defensores, jueces y abogados comenzaron a sentirse orgullosos de ser protagonistas del sistema de justicia y las generaciones posteriores nunca más dejaron que el estado de derecho y el sistema democrático estuviera en riesgo.