Fascismo al desnudo

Por Liliana Etlis.

Estaba durmiendo en la calle, seguramente tenía un nombre y un apellido, una identidad, y dormía en la calle. Se podría haber llamado Ramona o María o Julia o Florencia o Teresa, o mi nombre o el tuyo. No sé ni nunca lo sabré. Lo único real es que vivía en la calle debajo de la autopista. Una mujer en situación de calle dice la noticia, fue prendida fuego mientras dormía, agregan, en Virrey Ceballos al 1200, bajo la autopista 25 de Mayo, en el barrio porteño de Constitución.

Ramona de los naranjales perfumados o María de los Milagros o Julia de los bellos cantares o Florencia de enormes camelias perfumadas o Teresa cansada de guerra fue quemada mientras dormía. No sé si calmaba su angustia con llanto en el alma o si verdaderamente dormitaba. Tal vez posó un duende sobre sus pies desnudos y callosos y quedó en un diálogo interno entre el mañana y el silencio, o escuchaba somnolienta, el ruido tremebundo de los coches pasar casi al costado izquierdo de su cuerpo. Pero nadie la vio porque tal vez la hacían invisible, nadie cruzó una mirada hacia el mugriento cemento lateral como tampoco ese colchón maloliente, quizá pulgoso. El hecho ocurrió un sábado frío, y la noticia fue dada a conocer por la Asamblea Popular por los Derechos de las Personas en Situación de Calle.

Presente y pasado se juntaban en mis emociones al leer las palabras en la computadora. Imaginaba su nombre y una de las tantas historias.

Aquella escena me llevó al barrio donde nací. Había naranjales a los costados de las calles, alumbradas con lamparitas que con el tiempo y las luchas se transformaron en otras iluminaciones. Estas últimas me permitieron fenómenos como la traslación, aumentando la mirada hacia esa atmósfera singular de las personas como Ramona.

Ella tenía un andar privilegiado desplazando aires tormentosos, una de esas madres que eligen por necesidad estar en una práctica de vida social y colectiva, modelo muy común en las migrantes que venían del norte hacia zonas fabriles del conurbano bonaerense.

En épocas de dictaduras, donde la unión vecinal, el sindicato, el club del barrio, eran lugares que torcían el destino de las violencias (creando un pasaporte hacia formas intensas), la solidaridad germinaba como una práctica cotidiana, formando redes de acompañamiento hacia sufrientes.

Las discrepancias eran como ese eclipse lunar que Ramona miraba hacia la intemperie nublada y luminosa como las iluminaciones pretéritas, en disonante momento de felicidad. Las estrellas estaban en el nido del pluriverso y brillaban sus ojos y el cielo al mismo tiempo con diferente intensidad. Aquellos tenían la propiedad de separar los sueños de la realidad, en cambio el celestial tenía en sus entrañas la energía de todas las personas que habitaban este mundo.

Así fueron anudándose las palabras de Ramona entre lo ilusorio y lo real, formando una trama en el paraíso de sus pasiones. Del entramado nacieron los colores plegados en un lenguaje íntimo y de los colores las fibras adherida a sus huesos ancestrales.

Ramona escuchaba por las noches la melodía que acunaban las cuerdas vocales de un tierno maternaje, que susurrándole a sus oídos aquella canción de cuna, dormitaba la añoranza anterior al sueño.

Así pasaron los años entre mudanzas hacia la capital, pensiones estrechas y multitudinarias, junto a las fronteras con el mal vivir de la calle viviendo además la falta de laburo en los años donde el peregrinaje por comida y techo cada vez recorría las ideas de lo poco posible.

Un hombre, un fuego, el alerta de los vecinos, la policía, los bomberos.

Desprotección, falta de derechos humanos, indigencia, pandemia.

Podemos sentipensar esa realidad como estas condenas sociales de un sector de la sociedad donde niega realidades, no se las afronta, sin embargo, Ramona era un claro indicador de que la pobreza llega a extremos aumentando peligrosidades junto a la sobrevivencia, naturalizando por otro lado lamentablemente, significaciones en torno al acceso al buen vivir.

 Así el odio y la muerte comienzan a edificar discursos e imágenes descendiendo hacia los márgenes de la humanidad, hacia los confines de la cultura. Ramona fue una de esas tantas anónimas que atravesó el fascismo al desnudo.

Entre pieles abrazadas y corazones latientes ella recorrió el mundo entre mares y cuentos en plazas con bancos de cemento gris, veredas debajo de autopistas y naranjales como los del barrio donde nací.