Evita y Cristina, legados eternos

Por Silvina Caputo.

Pasaron 68 años de la muerte de Evita y sin embargo nada ha cambiado. El odio sigue intacto, la difamación, la mentira, la fábula. Y, por si fuera poco, por si a la historia no le alcanzará con las miles de páginas que ha escrito el peronismo, vino otro fenómeno, otro movimiento, a revivir a la muerta. A reimplantar sus políticas, a promover y a recordar su discurso.

Vino otra que volvió a atreverse a hablar de justicia social, de derechos, de igualdad. Otra que encima tuvo el tupé de no ser pobre, de no ser hija extramatrimonial, de no ser tan cabecita negra ni tan prostituta.  Aunque fue igual de yegua y le agregaron el montonera –porque en el medio pasó que en el intento de destruir al peronismo hubo alguno que se reveló, y eso no se hace-.

Después, las igualó la ´corrupción´: Mientras una escondía joyas, otra sepultaba dólares (poco importa que ninguna de las dos cosas se haya encontrado).

Del mismo modo las igualó el estilo, las dos con vestidos de grandes modistos, con carteras y zapatos no perdonables para la clase media meritócrata que trabaja tanto y nunca lo logra porque ´nadie le regala nada´.

Las dos, esposas de ex presidentes. Las dos, cercanas al poder para tejer y destejer, como monstruos, desde las sombras. Las dos con la voz imperativa, con la mano en alto, diciendo lo que va y lo que no, sin aceptar presiones de los sectores concentrados, sin temer represalias, sin pedir permiso.

Cosas que no se perdonan (aunque hayan pasado décadas), y menos cuando se trata de distribuir una riqueza que necesita seguir siendo concentrada para que los de siempre, puedan decidir sobre la vida de todos y todas, bajo la impunidad del anonimato.

Con las dos se vanaglorió al cáncer. Con Eva lo vivaron, escribiéndolo en las paredes, felices de que al menos la muerte pudiera llevársela. Con Cristina, el deseo infundado se convirtió en una frase más, de esas repudiables que hablan del que las vierte y no del destinatario.  La calificaron como “El cáncer de la República”, porque, aunque quieran, no pueden siquiera buscar otros sinónimos. Las similitudes los trascienden, el odio también.

Y no es casual. No es casual la comparación porque quienes no vivimos la presencia, la política, las acciones directas de la abanderada de los humildes pudimos encontrar en esa otra, que habla igual de lindo, pero con un tono más concheto cuando le viene en gana, una presencia donde encontrarla.

Pudimos llorar con sus palabras, con su despedida –por suerte sólo del gobierno-. Pudimos desearla, entender que éramos afortunados de tenerla y rogar porque no se muera nunca. Nosotros, los jóvenes como nos llama –aunque no lo seamos tanto- pudimos decodificar aquel fenómeno maldito del que hablan los que se refieren ´al mal de la Argentina desde hace 70 años´, en referencia al peronismo. Y pudimos amar como pueblo y sentirnos amados.

La muerte de Evita, lejos de ser un abandono, se tradujo en lo que había soñado:

Y aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”

Su nombre se hizo bandera, se hizo canción junto a Cristina, se hizo consigna, se hizo lucha y se volvió victoria, algunas veces.  Pero las conquistas se defienden, con Evita, sin Evita, con Cristina, sin Cristina. Y esos legados, esos despertares que sólo ellas han sabido conseguir serán eternos. Le guste a quien le guste y le pese a quien le pese.