Estop de discriminar

Por Sebastián Ruiz.

El día que nací, ya era negro (y, qué querééé). Seguro lo era de antes, pero nadie lo veía (¿hace ruido el árbol que cae cuando no hay nadie para escucharlo? Waa re filósofo). Un día, ya con casi 18 años, entendí que así era y que, salvo me convirtiera en el Micol Jacson de La Matanza, sería negro para siempre.

Fue todo un proceso, la vida me iba tirando indicios. Al principio, yo pensaba que mi hermano Fatiga era el negro de la familia. Corte lo habían sacado tarde del horno. Cuando empecé la primaria algo intuí, en los actos escolares siempre hacía de negrito candombero. “Te sale re bien, Sebastián, ni maquillaje necesitas”, me decía la seño.

No es que no lo “sabía”, corte que mis viejos no querían que lo sepa y me escondían los espejos para que no me pueda ver (espejos no había, pero de pobres no más). Me fui acostumbrando a que el seguridá de todos los lugares me siga con la mirada. “¡Pará Estiven Sigal, me vas a ojiar!”. O que, si una búsqueda laboral dice “buena presencia”, significa blanquito promedio que use camisa. A esas ya ni me postulo, no tengo ni camisa y ¿querés que tenga buena presencia? “Enviar CV con foto”. Andá, ni quería laburar.

La cosa fue más o menos así: una vuelta vi una película de la que no recuerdo el nombre. El protagonista era un negro que había muerto, luego revivía en el cuerpo de un blanco y, finalmente, volvía a morir y revivir en su cuerpo originalmente negro. Para corroborarlo, intentó parar un taxi. El primer taxista, siguió de largo; y luego otro; y luego otro; y así unos cuantos. Ninguno frenó. El protagonista, entonces, dio un salto de alegría porque, claro, era lo que él quería que pasara.

No entendí el chiste en ese momento y pensaba “qué onda, se vio por el espejito”. Dale, chango, sos lento eh.

Una madrugada hace unos años, estaba en capital esperando uno de esos bondi que no viene nunca. Tenía unos pe y estaba ahí pensando “¿me compro un pancho o me tomo un taxi hasta la parada del otro bondi?” ¡Qué difícil decisión! Opté por lo segundo, rogando me sobraran algunos pe pa la correspondiente tortilla antes de llegar a casa.

Me arrimé a la calle, levanté la mano y el primer taxi que pasó, siguió de largo. “Bue capaz que ya terminó el turno”, pensé. Después pasó lo mismo con otro: “bue… capaz que no me vio por la oscuridad”. Así, pasaron como cuatro más. Cansado y con hambre, me miré por el espejito y grité “¡Soy negro!”. Y a continuación “¡Soy lento, eh!”.

Me compré un pancho y fui pateando hasta la otra parada.

Recordé todo eso porque ahora es trendin topic el tema. Pero el asunto que veo, entre líneas, es otro. Una cruzada épica para ver quién es más progre 2.0. Por un lado, están quienes repudian con todas las energías y herramientas a mano (un post en sus redes sociales) el violento accionar de la policía de Estados Unidos contra un negro. Por otro, quienes repudian a los que repudian el accionar de la policía de EEUU pero que no repudian el accionar de la policía con los nuestros acá (con un post en sus redes sociales).
Finalmente, el punto es el mismo, tiene que suceder algo afuera para que de alguna forma se hable de discriminación. Y estarán quienes lean esto y piensen “eh, pero yo repudio hace banda, siempre comparto cosas y las mando a 6 grupo de wasap”. Sí, claro, no es con ustedes. Todo piola.

La discriminación, y todo lo que esto conlleva, no se frena con un posteo. Ni con esta nota.