Esopo

Por Jesús María “Tito” Plaza.

El genio que alimentó mis lecturas infantiles. El fabulero.

La cuarentena, además de encierro, tiene perlas.

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Vivimos en un edificio con un buen patio interno. En aislamiento somos tres, Mara, Pampita y yo. Ya llevamos cuarenta y tantos días. Nosotros nos las arreglamos bien, el tema era Pampita, sin su plaza, sin su cuadra, sin su arbolito. Le tocó patio.

Todas las mañanas a correr la pelotita y hacer sus cosas, mientras yo converso con el portero, obvio que a la distancia. Orlando, así se llama, también tiene una mascota pequeñita que le dicen Milo y sale a la misma hora que Pampi. Se hicieron amigos, corren, juegan, se huelen y después, hasta mañana. Son entre veinte minutos y media hora.

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Ayer se me apareció Esopo con sus fábulas.

El genio griego que le cedió la palabra a los animales y los cargó de filosofía.

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La pelotita de tenis se cayó en un agujero negro. Pampita la quería rescatar y nada, no podía. Iba y venía, olía y me miraba. Cuento corto, no pude agarrarla y nos fuimos a casa. Hasta el día siguiente nada.

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Ni bien le abrí la puerta del patio, salió disparada hacia el agujero inoportuno. Otra vez su drama. De golpe, apareció Milo, su amiguito mañanero, venía con otra pelotita en la boca. Corrió hacia Pampita, se le paró adelante y se la dejó entre las patitas delanteras, al instante se volvió y desapareció en la vivienda de Orlando. Pampi jugó mucho.

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Y ahí la cuarentena me trajo a Esopo. Me imaginé un diálogo canino, cargado de valores. Amistad y solidaridad, nada menos que en tiempos de aislamiento obligatorio.

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Milo: «No llores Pampita, acá tenés la mía, jugá y cuándo estos dos boludos recuperen la tuya, me la devolvés».

Pampita: «Gracias, gracias, pero no son boludos, están sufriendo el encierro de un final».

Milo: «Chau, nos vemos mañana».

Pampita: «Sí, amigo solidario, hasta mañana».

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Una historieta real.

Perlas de la cuarentena.

Esopo, crack.

La abuela Coca.

La tristeza te convoca siempre a buscar el porqué. La cuarentena me impidió abrazar y besar a Rodrigo en el día de su cumpleaños. Ahí me cayó la ficha de la retemplanza, me acordé de mi vieja.

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Mi casa era una Romería, éramos cinco hermanos y calculando a dos amigos por cada uno, sí, era una verdadera Romería. Coca vivía y disfrutaba ése su mundo.

Esa mamá de todos, en un año, perdió a mi viejo, le secuestraron un hijo y otros tres debieron exiliarse. De yapa tenía a su primer nieto, Rodrigo, a miles de kilómetros de distancia.

En 1976, mamá entró en cuarentena existencial. Dominó el tiempo, acortó la distancia y le puso amor a la esperanza. Dos años pasaron para el reencuentro, el beso y el abrazo. A Bocha lo buscó hasta el último día de su vida.

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El valor de la abuela Coca, me sopapeó la tristeza.