En el peor de los escenarios, una luz

Por Claudio Romero. Legislador porteño.

La Argentina enfrenta, como el resto de los países del mundo, un futuro incierto, despojado de referencias concretas acerca de los cambios que traerá el fin de la pandemia, y más carente aún de nuevas ideas para imaginar siquiera el nuevo panorama.

Hasta febrero de este año nadie -políticos, estrategas, dueños del poder o simples habitantes del planeta- imaginó que el delicado equilibrio en el que vivíamos iba a trastocarse de esta manera, recluyendo a millones de personas en sus hogares, dejando las calles y las ciudades vacías, en una inmovilidad desesperante. El mundo se detuvo el mismo día en que comenzó el otoño en el hemisferio sur.

No sé si me equivoco en el cálculo, pero creo que estamos en el medio exacto de un proceso de incertidumbre provocado por un virus desconocido que, si bien pareciera no arrastrar muertes en cantidades devastadoras, sí trajo un desacomodamiento mundial sanitario, económico y político inesperado, más pronunciado que todos los conocidos. Todavía no hay registros de la caída estructural productiva, de los desfasajes políticos causados por líderes con dificultades para apreciar la verdadera magnitud de la crisis, de las pérdidas excesivas a raíz del ataque viral en materia de salud y de vidas que pudieron salvarse, de cómo quedará el sistema financiero mundial y el nivel de intercambio comercial entre las naciones. Quedó en suspenso la política en todas sus manifestaciones, y la democracia congelada a la espera de que se derrita la pared de hielo que levantó el COVID 19.

El primer impacto fue contra los sistemas de salud que, en la inmensa mayoría de las naciones, estaban desfinanciados, descuidados o abandonados, incluso teniendo conciencia de que el abrumador índice de pobreza se erigía como el indicio más certero de que los problemas de salud crecerían por doquier. Ese tercio de población empobrecida no sólo debió verse como una amenaza al restante setenta por ciento por la desigualdad y sus derivaciones, sino como una realidad preocupante en cuanto a su crecimiento inevitable.

El segundo impacto hizo volcar las economías, en particular las de América Latina, que son las que más nos interesan. La caída del precio de las materias primas y de los alimentos se sentirá en la región como nunca antes.

Ciertos datos proyectan bancarrotas en grandes empresas arrastrando desempleo. Si los países del continente -y por supuesto, Argentina misma- no preparan planes de emergencia y piden ayudas financieras, la productividad no se reactivará y, por ende, no habrá nada para vender y traer dólares al país, ni puestos de trabajo para ofrecer.

Pero la catástrofe latinoamericana depende de variables y decisiones que están en otras manos cuyo panorama no es mejor que el nuestro: China y Estados Unidos revelan sus respectivas caídas económicas, además de endilgarse mutuamente el origen de la aparición del COVID 19. Estas dos potencias -en medio del extraño mutismo ruso- vivieron paradójicamente la peor parte de la pandemia. China porque tuvo que aislar por la fuerza a 45 millones de habitantes, Estados Unidos porque se recostó en su omnipotencia y pagó como ninguna otra nación un precio altísimo en víctimas de contagio y muerte.

La baja en el precio de las materias primas, la caída de los precios de los minerales -como cobre y hierro-, la disminución del valor de los alimentos como la soja, el maíz, las carnes y los cereales, son una mala señal para la región. El declive se fortalece con la caída del precio del petróleo en el mundo por una disputa ajena al COVID 19: una repetida guerra de precios entre la OPEP, Arabia Saudita y Rusia.

Tal vez lo más grave sea la interrupción de la cadena de producción a nivel global por el cierre de fronteras en el mundo. Es decir que, efectivamente, la protección contra el virus actuó en desmedro de la producción. Esta improductividad tardará bastante en revertirse, como la demanda de los servicios turísticos de los que dependen incontables países. La actividad aeronáutica es la más afectada por estas horas y muchas líneas no saben si podrán recuperar sus rutas en el mediano plazo.

La fuga de capitales y la devaluación de las monedas es un verdadero problema, en especial para Argentina, aunque esos movimientos se aquietaron desde mediados del año 2019. El no pago de la deuda externa habilita el terreno para que nos corran el default, la inflación, la hiperinflación.

El mundo está en recesión, las bolsas se caen en todo el planeta, los inversores se sienten desorientados y no quieren correr riesgos. No hay que ser un genio para darse cuenta de que una catástrofe mayor se avecina, y es tan para todos como el coronavirus.

No obstante, creo que esta profunda crisis -la más grave desde la Segunda Guerra Mundial- se puede aprovechar para repensar esa reestructuración económica, política y tecnológica que teníamos pendiente desde hace décadas. El tremendo sacudón del COVID 19 y el “parate” mundial son propicios para imaginar nuevos modelos de desarrollos, generar estrategias inéditas de crecimiento, activar sectores postergados o dormidos, confiar más en las fuerzas propias de creatividad e imaginar la expansión en el mundo de los negocios en sentidos diferentes a los tradicionales.

Antes, debemos atravesar las vicisitudes de esta pandemia que nos ahoga.