El soñar del erizo

Por Liliana Etlis.

Estaba tratando de descifrar la ensoñación.

Por momentos aparecían púas de erizo hinchándose hasta explotar y otros donde surgía un secreto relacionado al paso del tiempo a través del color de una prenda de verano. 

Recordaba, además, escenas cinematográficas guionadas con el tema de sus estados casi delirantes cuando reflexionaba dudando sobre la condición humana. 

Se encontraba con personas que él denominaba “erizoides” por los instantes de gratificación, un estado que le anunciaba posibles caminos entre los vivientes que le despertaba otras sensibilidades. 

Los “erizoides” eran aquellxs que reaccionaban ante la realidad defendiendo el derecho a “ser” y “pertenecer”, tenían mecanismos como amucharse, celebrar la vida y escuchar atentamente el cantar de los cantares. 

Cree que esa era causa suficiente del picor corporal cuando se sentaba a charlar con ellos, en espacios donde circulaba la esperanza. 

Aquella idea común duró poco tiempo. Se enamoró, tuvo decepciones y amoríos diversos durante el vivir cotidiano hasta que sucedió lo inesperado. La transformación que muchxs “erizoides” anunciaban en su época temprana se hacía realidad: “si continuaba indiferente ante otras sensibilidades, su exterioridad se transformaría en un erizo de tierra y nadie acompañaría sus añosas ideas cercanas a lo banal”.

Y así fue, de tanta apatía su cuerpo comenzó a desarrollar espinas como sistema de defensa, se fueron encogiendo músculos hasta convertir su carne en erizo. Su piel arrugada se metamorfoseó en pelaje color marrón, sus sonidos eran palabras atragantadas. Solitario deambuló por los terrenos del olvido.

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Ante la desesperación emitió resoplidos, gruñidos y silbidos.

Ella lo abrazó tiernamente para calmar su despertar, él con una mirada en su sueño y la otra en el sentir, abrazó la realidad caótica.

Ser erizo también era pertenecer al mundo de los vivientes.