El silencio no es mi idioma: Todavía no sé…

Por Lucía Braggio.

Si el primer renglón no convoca, es probable que se abandone la lectura. Por eso, queridxs lectorxs, pasen al segundo párrafo y sólo vuelvan aquí si lo necesitan. En 2008 empecé a trabajar con adolescentes en la escuela de un lugar con muchas rejas. Seis años después (2014), comencé a ejercer (también) en la escuela de otro lugar con rejas, esta vez con jóvenes y adultos. Si menciono (o reitero) esta información, como si se tratara de un CV, no es porque me interese perder renglones en eso, sino para que se entienda lo que sigue, que es -en verdad-, lo importante.

Los pibitos que en 2008 tenían 16 o 17 años, para 2014 tenían 22 o 23, respectivamente. Entonces sucedió lo que yo no había pensado que podía pasar: empecé a cruzarme con muchos de aquellos adolescentes que habían sido mis estudiantes, ya “grandes”, “jóvenes” que se habían vuelto “adultos”. Golpe bajísimo, inesperado, que no pude anticipar. Enormes contradicciones, yendo y viniendo entre el ‘qué lindo volver a verlos’ y el ‘qué garrón reencontrarlos’ (porque otra vez presos) pasando por la escalofriante ‘tranquilidad’ de saberlos -como sea- vivos.

Uno de los tantos que volví a cruzar fue Mati: lo había conocido en 2011, a sus 16 años. De aquél tiempo, no tengo muchos recuerdos, a decir verdad. Capaz, por eso, siento que –en realidad– lo conocí (o nos conocimos) el año pasado.

A este lo conozco, pensé cuando lo vi. (Capaz la memoria no me ayuda con los nombres, pero los rostros, las voces, los gestos no se olvidan). Volví a casa, busqué en todas las tantas carpetas de fotos que tengo en la compu y lo encontré: abrazando a su mamá y mostrando, orgulloso, su carpeta de la escuela. Obvio que la imprimí y se la di. Y al lunes siguiente me dijo que le había regalado la foto a su mamá: ayer en la visita porque fue su cumpleaños y yo lo reté un poco porque: cómo no me dijiste y le armábamos una tarjetita con una hoja de color y él: Bueno, Luz, ya fue…. Creo que es el único que me dice Luz.

Con todo lo que hay para contar de Mati, casi no vale la pena detenerme en que una de las cosas que me llamó la atención fue que los millones de su número de documento eran muchos para su edad: me lo hicieron hace poco porque nunca tuve… (Se entiende, ¿no?: Pibe nacido en 1992 que obtiene su documento nacional de identidad entrado el siglo XXI. No hay remate).  

Retomo: nos reencontramos en marzo del año pasado y, con el correr de los días y las charlas, pudimos prepararnos para su libertad, que llegó en agosto. Aunque me tuvo preocupada unos días, por fin llegó su mensajito: Hola Luz, soy Mati. Yo ya estaba en contacto con una compañera que, a su vez, nos contactó con una Cooperativa de liberadxs, en donde, a su vez, lo estaban esperando para darle algún laburo y, por sobre todo, una mano en eso de recuperar la libertad que tan difícil se vuelve cuando los antecedentes sólo te cierran puertas y oportunidades.

Mati vivía (y vive) en Lanús Este, en un barrio ¿vulnerable se dice ahora?, donde el domicilio se escribe con número de casa y de manzana. La Coope estaba en Lanús Oeste. Buenísimo, en el mismo municipio (ese en el que hace poco cerraron la Unidad de Terapia Intensiva de un Hospital público por falta de personal de salud -ya de por sí finito- porque la mayoría se contagió de coronavirus por falta de elementos e insumos de protección). Sin embargo, la distancia era mucha: dos bondis de ida y dos de vuelta representaban un gasto que Mati, sin un peso, no podía afrontar. Hasta eso tan “simple” que parece un detalle representa un (otro) obstáculo: cargar la SUBE para poder ir a trabajar se vuelve difícil para muchxs como Mati.  

El tiempo fue pasando y en la Coope estaban re contentxs con su incorporación. Y él me mandaba fotos abrazado a sus compañerxs, con una sonrisa hermosa y la remera de la organización puesta. No voy a decir que todo fue siempre bien: durante un tiempo, Mati dejó de ir; se fue, incluso, enojado. Pero volvió. Y se quedó. Y sigue.

Al inicio del ASPO, le tramité el permiso de circulación para que pudiera seguir yendo a trabajar y costó muchísimo que pudiera cobrar el IFE, pero lo logramos. Es infinita la lista de –otra vez– obstáculos que padecen PARA TODO lxs olvidadxs de siempre…  

Cada tanto intercambiamos mensajes y a veces me dice Luz pero ya desde hace un tiempo, muchas veces me dice COMPA y el corazón me estalla y pienso pero todavía no sé si “qué bueno” o “qué mierda” haberlo conocido y reencontrado… en lugares con muchas rejas.