El silencio no es mi idioma: “¿Por qué enseñás en… la cárcel?”

Por Lucia Braggio.

¿Por qué esa pregunta, dirigida a cualquierx docente, que arranca tan sencilla y genuina, se tensa hacia el final cuando aparece la palabra “cárcel”? ¿Por qué incomoda ese territorio como ningún otro? ¿Por qué más de una vez esa pregunta me vino precedida de una cara de asco mezclado con horror –como la que te sale cuando pensás en Trump, Bolsonaro y otrxs tantxs seres por el estilo juntxs?

¿Por qué debería explicar los motivos de mi elección? ¿Qué “cargas” y “sentidos” “distintos” se le atribuyen a esa escuela –en la que decido trabajar– que la vuelven “diferente” por (el sólo hecho de) estar adentro de una cárcel? ¿Qué prejuicios creados operan en esa distinción construida?

¿No es la cárcel (como la escuela) una institución social “necesaria”? ¿Acaso las cárceles (y quienes las habitan) no son parte y producto de nuestra sociedad? ¿Por qué, entones, las queremos lejos y buscamos ocultarlas? ¿Por vergüenza a esa cosa horrenda que creamos y “justificamos”? ¿Por miedo? ¿Miedo a qué? ¿A lxs que están adentro o a ese lugar espantoso e inhumano que sostenemos con indiferencia? ¿Por qué sentimos que la cárcel nos es ajena? ¿Por qué creemos que ahí hay otrxs que no son nosoxtrxs?

¿Es necesario explicar la existencia de las escuelas? ¿Alguien se atrevería a cuestionar el DERECHO HUMANO A LA EDUCACIÓN, a construirle límites, o a discriminar su ejercicio? ¿Las convicciones se nos desarman cuando hablamos de “lxs presxs”?

¿Qué imaginario se construye sobre esas personas? ¿Es posible creer que las cárceles están llenas de monstruxs? ¿Cuántxs seres tan o más horrendxs  que quienes, se supone, las habitan andan libremente (ex) gobernando? ¿Debería traer estadísticas para repetir y recordar que la mayoría de las personas presas están procesadas y eso significa que son “inocentes hasta que se demuestre lo contrario”? ¿En algún momento negué que “también hay personas efectivamente culpables”? ¿Alguna vez compartimos una charla con las personas –inocentes o culpables– que están privadas de su libertad? ¿Alguna vez nos tomamos un rato para escuchar sus historias y entender que la mayoría son perejilxs y víctimas de un Estado que -por acción y/o inacción– lxs abandona y condena?

¿Se entiende que el único derecho que se les suspende a esas personas que están presas, mientras lo estén, es el de la libertad ambulatoria y que deben (o deberían) ejercer el resto? ¿Sabemos que igualmente eso no sucede porque la cárcel, por su naturaleza violenta y degradante, provoca dolor y sufrimiento, vulnera derechos sistemáticamente y altera completamente la vida de quienes encierra y la de sus familiares? ¿Se entiende que defender los derechos de las personas privadas de su libertad no significa defender los delitos que presunta o efectivamente hayan cometido? ¿Cuesta comprender que el hecho de estar presxs no lxs priva de su condición de ciudadanxs ni lxs invalida como sujetxs de derechos?

¿Alguna vez nos daremos el tiempo para debatir “para qué” sirven las cárceles si es que sirven (para otra cosa que no sea reproducir violencias y profundizar desigualdades)? ¿Podremos también, ya que estamos, preguntarnos –mientras las cárceles existan– “qué” hacer con esas personas que elegimos encerrar? ¿Seremos capaces de admitir, como sociedad, que encerrar para castigar (y más aún en las condiciones en que se tramita ese encierro) es una respuesta espantosa e inútil que no resuelve un problema social tan complejo sino que lo agrava? ¿Nos importa pensar otros modos de abordarlo o preferimos la comodidad de seguir mirando para otro lado hasta que algún hecho mediático nos recuerde que esxs otrxs están ahí y entonces “mejor que sigan estando ahí”, “que no salgan” y “se pudran en la cárcel”?

¿Podemos darnos, de verdad, la chance de debatir estos temas? ¿Acaso no sería una obligación? ¿Saben la cantidad de preguntas para seguir pensando que me quedaron afuera?

¿Por qué enseñás en la cárcel?, me preguntó una de las pocas personas que sigue apostando a este espacio.

Contestarla puede ser tan sencillo como complejo.

Puede haber tantas respuestas como educadorxs que trabajen ahí. Las respuestas pueden ir cambiando y construyéndose con el tiempo y los aprendizajes (al menos las mías, indudablemente). Incluso, también pueden variar en función de la intención de quien formula la pregunta. Yo sé el sentido que tiene esta vuelta y la mayoría de las veces. Por eso, no le respondo al compañero que me invita, sino a lxs que (me) lo preguntan con cara de espanto, que todavía piensan que el “aislamiento social” es como “estar presxs” y no entienden, aún, que el “quedate en casa” no se le parece ni un poquito a la privación de la libertad.