El silencio no es mi idioma: “Más plazas”, qué pena…

Por Lucia Braggio.

Qué pena que no nos demos cuenta que es una bestialidad encerrar seres humanos para castigarlxs.

Qué pena que no entendamos que no se puede enseñar a vivir en libertad encerrando y que no se enseñar a respetar derechos vulnerándolos, antes, durante y después de encerrar.

Qué pena que no se revise, como primera medida, quiénes habitan las cárceles y que se piense que allí están (únicamente) quienes delinquen (como si, además, estuvieran todxs lxs que delinquen).

Qué pena que a la desigualdad se la quiera resolver con más encierro (que lo único que hace es profundizarla y agravarla) – incluso con “mano dura” y “venganza por mano propia” – porque otra cosa no se sabe, no se quiere, no se piensa.

Qué pena que para deshacinar se construyan más lugares para seguir hacinando.

Qué pena que se sigan repitiendo palabras que empiezan con “re” a la hora de pensar el para qué de las cárceles y que se siga creyendo en fines absurdos sin cuestionarlos.

Qué pena que se ponga a la educación al servicio de una institución tan espantosa como violenta, y que se insista en pensarla simplemente como un medio para alcanzar los (des)propósitos carcelarios, reducir la reincidencia o incluso “combatir” el delito. (¿No hay profesionales con títulos universitarios diversos que cometieron delitos, incluso en nombre del Estado, – y reincidieron – que están impunemente en sus casas?).

No soy abogada y no sé de derecho penal (aunque leo, escucho y aprendo de muchos y muchas que sí lo son y saben). Soy, simplemente, una maestra que trabaja hace muchos años en escuelas que funcionan en lugares de muchas rejas. Y sé lo mucho que los estudiantes tienen que renegar e insistir (aun habiendo una escuela) para que les abran la reja para poder estudiar, que muchas veces llegan más de una hora tarde y que perdemos tiempo valiosísimo por esas demoras arbitrarias; sé que los trasladan intempestivamente – más aún a fin de año – y pierden lo que cursaron hasta el momento; sé que sus constancias de estudios tardan eternidades en llegar de una unidad a otra y en el mientras tanto no les queda otra que volver a cursar materias o niveles que ya habían aprobado. Sé de lo mucho que tienen que insistir para que los atienda un médico, que están meses pidiendo que les hagan un análisis, un estudio o les den un par de anteojos; sé que para cualquiera de sus dolores reciben ibuprofeno; y sé que muchos murieron y (mueren) porque su derecho a la salud no fue garantizado… aun habiendo un hospital adentro de la cárcel. Sé que en un lugar para 4 viven 8 y en uno para 50 hay 80; sé que, cuando no les llega en mal estado, tienen que hervir por horas la carne que reciben para que sea masticable, que más de una vez la comida no alcanza y que el agua tiene una potabilidad dudosa. Sé que salen al patio 1 o 2 horas por semana y que la requisa muchas veces les destruye sus pertenencias o les roba la mercadería que con mucho esfuerzo les envían sus familias. Sé que ni siquiera pueden decidir cómo, cuándo y dónde ver a sus seres queridxs.

No es cierto que el único derecho que se les suspende a las personas encerradas es el de la libertad. La cárcel anormaliza y altera completamente la vida de quienes encierra (y la de sus familiares) y todos sus derechos son vulnerados sistemáticamente. La cárcel, estructuralmente violenta y deteriorante, provoca sufrimiento en quienes pasan por ella y si todo esto no es castigo, dolor y daño agregado (extra) a la pena de encierro, no sé qué es.

Qué pena que se construyan e inauguren más “plazas” como éstas.