El silencio no es mi idioma: Feliz Día

Por Lucía Braggio.

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Hace más de 12 años, un guardia de seguridad me abría, por primera vez, la puerta de un lugar con muchas rejas donde estaba la escuela en la que iba a trabajar. Ese día, ese señor me abría una puerta… y se me abría, también, un mundo, y yo no lo sabía.

Imposible calcular la cantidad de preguntas que tenía antes de entrar, las que tuve al salir y las que fueron apareciendo con el correr del tiempo, los años y los encuentros en las escuelas. Capaz eso es lo más difícil y, al mismo tiempo, lo que más me gusta de mi trabajo: que permanentemente me convoca a preguntarme y pensar.

Ya he dicho algún domingo que, de a poco, fui construyendo respuestas: algunas devenidas en convicciones; otras descartadas; varias que cambiaron; y muchas que, todavía hoy, siguen siendo tema de largos debates… Bienvenida sea la reflexión permanente sobre lo que hacemos.

Las preguntas, las posibles respuestas y las nuevas preguntas, las certezas, “lo que no nos termina de convencer”, los intercambios, las reflexiones, siempre vienen de la mano de otres: de leer y escuchar a otres; de hacer, pensar, discutir y construir con otres. Eminencias, expertes, colegas, compañeres, estudiantes… tantes otres sin les que yo no sería, parafrasendo a Nina Ferrari.

Aún a riesgo de parecer naif, debo decir que yo no concibo mi profesión, mi responsabilidad, mi deber, mi trabajo que, supuestamente, es Enseñar sin Aprender, sin Otres, y sin Preguntas. Si no es todo eso, no es. 

Se supone que en la escuela hay unes que saben y enseñan y otres que no saben y deben aprender. Varies mestres (probablemente no todes) pensamos que la escuela no es eso y creemos, firmemente, que la escuela ES, fundamentalmente, un encuentro entre personas, que es en ese encuentro donde están los aprendizajes más importantes y valiosos, y que, por eso, la construcción de conocimientos, necesariamente, es colectiva. Ya lo dijo el maestro Freire: “Todos sabemos algo, todos ignoramos algo. Por eso aprendemos siempre”.

En ese encuentro, aprendemos todes y aprendemos siempre, porque nos encontramos y compartimos personas con experiencias, vidas y saberes; personas con historias, presentes y futuros, con desilusiones y esperanzas, con alegrías y tristezas, con buenas y malas noticias; personas que sufrimos y celebramos; personas con pensamientos, opiniones e ideas diferentes; personas con miedos y fortalezas, errores y aciertos, dificultades y logros; personas con sueños, deseos y proyectos… Todo eso es (o debería ser) la escuela, todo eso pasa (o debería pasar) en la escuela. En cualquiera, en todas, sin importar de qué lado de la reja estén. Todo eso pasaba en la nuestra y por eso la extraño tanto…  y porque es imposible reemplazar la potencia de la presencialidad con un cuadernillo impreso y un llamado telefónico.

Creo haber expresado la contradicción que me genera construir escuela con personas privadas de su libertad, porque esa escuela que hacemos juntes está en un lugar que provoca dolor y sufrimiento en ellos y sus familias. No podemos modificar las circunstancias de nuestro encuentro; pero sí podemos (debemos) insistir obstinadamente en procesos de resistencia, (de)construcción y transformación. Y, por supuesto, tenemos el derecho a desear que “si la vida y el tiempo han de volver cruzarnos, sea en un lugar más sano y, por sobre todo, libre”.

Hace más de 12 años, empezaba a ejercer mi profesión en escuelas de lugares con muchas rejas y ya no puedo (ni quiero) imaginarme en otras. Porque cuando me abrieron aquella puerta, se me abrió un mundo, y la vida me cambiaba por completo… y ya no puedo (ni quiero) otra escuela que no sea la mía, la nuestra.

Gracias por los mensajitos y saludos que recibí el viernes. Pero me faltaron los abrazos: los de ellos, mis estudiantes… aunque no sea correcto usar pronombres posesivos.