El silencio no es mi idioma: El protocolo no permite abrazos

Por Lucía Braggio.

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El protocolo no permite abrazos”, nos dijo a mi hermana y a mí un señor que pedía monedas en la esquina donde, emocionadas, nos despedimos con el primer abrazo que decidimos darnos, el 7 de junio de esta pandemia, a 84 días de necesitarlo como al aire. 

Tengo contados los abrazos y las personas que abracé desde que empezó todo lo raro y difícil que es esto. 5 personas, 16 abrazos: 1 con sobrino, 1 con sobrina y 12 con mi hermana. Los 2 que faltan son del viernes.

Ese día dí y recibí dos importantes, de los que salen sin pensarlo ni preguntarlo.

Uno fue con un amigo que me alcanzó algunos productos que compré de su local de alimentos naturistas. Además de las tantas complicaciones económicas que vienen afrontando, hace poco, él y su familia superaron el COVID-19. Y eso merece mucho más que un “codito” para celebrarlo.   

El otro fue con Gabi. Con la moto que logró comprarse hace un tiempo, trabaja en mensajería y (sin saberlo) me trajo un montón de cuadernillos con tareas que los próximos días voy a enviar a los estudiantes que están en el lugar de muchas rejas… justamente, el mismo en donde nos conocimos en marzo de 2017.

Desde el comienzo, entablamos muy buen vínculo, a pesar de las diferencias futbolísticas: él tan de Atlanta y yo tan del Bicho. Entre bromas y cargadas, también compartimos charlas serias en las que me contaba lo mucho que extrañaba a su hija, que pronto cumplirá 5 años.

Gabi, claramente, tenía la primaria terminada, pero lo que no tenía era un papel firmado y sellado que lo comprobara, motivo por el cual no aceptaban su inscripción en el nivel secundario. (Lo mismo que les pasa, permanentemente, a muchos otros estudiantes, que tienen que volver a cursar y/o acreditar un nivel educativo que ya tienen aprobado.)  

No voy a enumerar la cantidad de dificultades y trabas y demoras y cosas ilógicas que atentan contra la continuidad educativa de los estudiantes… ni siquiera voy a intentar explicar que ‘de un lado de la General Paz tienen la primaria terminada y de este lado no’ porque es inexplicable semejante absurdo. En fin, cosas que (no) piensan y deciden personas desde sus escritorios tan lejanos…

Aunque Gabi asistió a clase regularmente, hacia el final del cuatrimestre se ausentó durante dos semanas por un problema de salud, que parecía complicado. Nos hizo pegar un gran susto, pero afortunadamente se recuperó, volvió a la escuela, rindió los exámenes y aprobó.

En julio de 2017, realizamos, por primera vez, un Acto de Egresados, aún con todas las limitaciones que tuvo. Fue inédito, como fueron inéditas otras tantas cosas que como escuela primaria fuimos logrando hacer desde entonces.

Ese día despedí a Gabi y a todos los estudiantes que pasaban a la secundaria (y me acuerdo de todos y cada uno). Al tiempo lo trasladaron a una cárcel del norte del país y no supe más nada hasta que me lo topé en el pasillo de la escuela el año pasado… Otra vez. Nos abrazamos (todavía era común) y charlamos. Y no volví a verlo ni a saber de él hasta el 7 de abril de este 2020 con pandemia, cuando recibí un mensaje suyo en el que me contaba que estaba en libertad, desde hacía un mes, haciendo cuarentena con su mamá. Y yo me puse recontenta de leerlo y saberlo bien.

Siempre me pregunté (y me pregunto) qué recuerdo se llevan, los estudiantes, de la escuela que compartimos, la que está en un lugar horrible de muchas rejas que vuelve completamente horrible la vida… ¿la recordarán? o ¿preferirán olvidarla y borrar de la memoria todo lo que tenga que ver con las rejas, incluyendo la escuela?

En uno de los mensajes que intercambiamos en ese reencuentro virtual Gabi escribió: “De las cosas uno se acuerda… no importa el lugar o la circunstancia, sino poder ver lo bueno en el peor momento o lugar. Siempre algo bueno hay”.

Y yo sigo sin entender si qué bueno o qué garrón habernos conocido; sin saber si celebrarlo o lamentarlo…

El viernes, cuando me trajo los cuadernillos que irán pronto al lugar de muchas rejas donde nos conocimos, me contó que pasa los fines de semana con su hija que crece y que su mamá está contenta de tenerlo con ella. Que ya fue, que ya está, que ‘nunca digas nunca porque nunca sabés’ pero no quiero más, estoy tranquilo, trabajando y estoy bien

Qué diferente, qué raro, qué lindo verte “afuera” y no en ese lugar feo, me dijo también.

Conversamos y nos reímos (con bronca) de les que todavía piensan que la cuarentena y estar en casa es lo mismo que estar preso: es imposible comparar, si supieran, si entendieran… Ni al kiosco, ni al comercio de cercanía, ni al esencial ni al no esencial. ¿Ver a la familia? Las personas privadas de su libertad llevan 161 días -y contando- sin ver a sus seres querides: ni a dos metros ni a diez cuadras.

En aquel primer Acto de Egresados, tan especial, les dije a los estudiantes que despedíamos: “Si la vida y el tiempo nos vuelven a encontrar, deseo que sea en un lugar más sano y por sobre todo libre”. Lo de sano, por estos tiempos, resulta polémico. En lo de Libre, no hay dudas. El viernes ví a Gabi. Nos vimos. La vida nos volvió a encontrar por fin “afuera”. Y nos dimos un abrazo tan inevitable y necesario como el de Alborto y Guzmán, aunque el protocolo no lo permita.

Aún me faltan muchos abrazos que necesito. Hay uno imprescindible que se hace esperar y ya imagino lo largo y fuerte que va a ser…