El silencio no es mi idioma: “Donde hay derechos vulnerados, hay derechos vulnerados”

Por Lucía Braggio.

Lucas era hincha de Boca y le gustaba mucho cantar. Al salir o volver de los recreos solíamos “entonar” juntos “¿Quién es? Soy yo” imitando (penosamente en mi caso) a Los Pimpinela. Siempre andaba con una sonrisa, hermosa. Lo conocimos en 2016, cuando llegó al lugar de muchas rejas y al tiempo salió en libertad y al tiempo volvió. Celebramos su cumpleaños número 17 y, a pesar de las interrupciones, Lucas logró terminar la primaria a fin de año. En 2017, cursando el nivel secundario, recuperó su libertad y al tiempo volvió a volver. “¿Otra vez, Lucas?”, le pregunté. “¿Y qué quiere que haga profe?”, me respondió.

Axel tenía 16 años. Era serio y distante. Muy pocas veces lo vimos sonreír y nunca nos permitió un abrazo. Axel sólo sabía leer y escribir su nombre. Arrancaba la mañana con algo de entusiasmo pero al volver del primer recreo ya se quería ir y había que remarla mucho. “Esta escuela no me gusta” decía. Tuvimos algunas charlas para intentar conocer cómo era la que sí le gustaba para ensayar una en la que quisiera quedarse. Resulta que, al igual que varios pibes que conocí, Axel no había ido nunca a una escuela. A ninguna. Nunca.

Adrián también estaba aprendiendo a leer y escribir. Era ansioso, inquieto, divertido, curioso. Intensidad nivel un millón.

Hacia fines de noviembre de 2016, tuvimos en la escuela de las muchas rejas una Jornada especial, en la que personas de no recuerdo qué Organismo venía a contarles a los pibes sobre las «Reglas Mandela» (las cuales, aclaro muy resumidamente, «dicen por escrito” acerca de derechos y mejores condiciones de vida para las personas privadas de su libertad y qué hacer cuando no se respetan o cumplen). Aquella mañana Adrián llegó, nuevamente, rengueando. Días antes yo ya lo había visto “caminar” de ese modo, lo había escuchado quejarse del dolor en su rodilla izquierda e, incluso, comuniqué la situación -por si acaso no era evidente-. Le pregunté cómo estaba y, literalmente, con lágrimas en los ojos, me respondió «ya fue, no te pasan cabida acá» mientras me mostraba esa rodilla cada vez más hinchada.

Como cuando venían, en ocasiones especiales, “autoridades» (para la foto) había un “pan y circo” de café con leche y medialunas. Le acerqué algo de eso y una silla para que se sentara y otra para que pudiera estirar y apoyar su pierna dolorida. Para eso, tuve que correr algunos asientos y desordenar las filas prolijamente dispuestas para el evento. Capaz hice un poco de lío. En fin, Adrián se sentó, acomodó su pierna y quedó como medio recostado. (¿Se lo imaginan, no?). Yo me senté a su lado, lo abracé con mi brazo derecho y lxs especialistas comenzaron la exposición.

Observando que ninguno de los adolescentes se animaba a participar, levanté la mano y pregunté si para denunciar alguna situación irregular o de vulneración de derechos durante la privación de la libertad era imprescindible declarar identidad, sabiendo del miedo a las represalias que pudieran tener los pibes al hacerlo. Después de escuchar la respuesta, Adrián me preguntó por qué había preguntado eso y le puse como ejemplo su dolor y su derecho a la atención médica. «Yo no la voy a patear«, me dijo, que quiere decir, más o menos, que no iba a «mandar en cana a nadie» y que no va iba denunciar su desatención. Entonces, comencé a explicarle por qué llamar a ese Organismo y contar su situación, no era «patearla» sino hacer uso de “sus derechos” que estaban (supuestamente) garantizados en esas Reglas Mandela sobre las que versaba el Encuentro del día.

Mientras le explicaba -en voz bajita porque el monólogo seguía- la importancia de llamar y contar, se acercó «LA AUTORIDAD», lo miró y le preguntó: «¿A vos te duele la pierna?». “Sí”, respondió Adrián. Y mientras yo le hacía señas para que se levantara la bermuda y le mostrara la rodilla hinchada, aprovechando esa oportunidad ¡única! en la que alguien importante venía a ocuparse de su derecho a la salud, «LA AUTORIDAD» le contestó: “SI TE DUELE TANTO, SENTATE BIEN».

Lucas, Axel, Adrián. Los nombres cambian; las historias se parecen, se reproducen, se multiplican. Y duelen. Porque duele que a los 16 o 17 años, a estos pibes (legalmente niños), les haya tocado vivir estas experiencias.

Es perverso que un Estado que no les garantizó el acceso a derechos previo a encerrarlos, recién en ese momento pretenda “garantizarlos”; que los reconozca como sujetos activos de derechos, que nunca ejercieron, recién cuando caen bajo el circuito penal; que vuelva a desentenderse de ellos y de sus derechos cuando decide liberarlos y que vuelva a abandonarlos y olvidarlos como si las “posibilidades” de hacer algo distinto dependiera de ellos, de su propia voluntad o decisión o de sus ganas. Es perverso que llegue primero (y únicamente) un Estado que los castiga antes que uno que los cuide y proteja. Y ojo que el Estado somos todxs…

Ni más presencia de más fuerzas de “seguridad” en las calles, ni más cárcel por más tiempo y a edades cada vez más tempranas. No es por ahí. Ah, ¿Ya lo dije? Perdón por la insistencia.