El señor de la casa y el hijo del diariero

de Pablo Rizzi

El señor de la casa había llamado por teléfono al diariero, para pedirle que le compre en la ferretería unas pilas para la radio. No le pidió un diario ni una revista, sino que comprara unas pilas al ferretero y se las llevara.

Hace treinta años que esta ese kiosco en esa esquina de Munro. Todos conocen al diariero y el diariero conoce a todos. Su mujer había atendido con él unos años el kiosco, su hijo estudiaba para la facultad mientras vendía revistas. En estos 30 años vió abrir y cerrar comercios, fábricas, talleres. En sólo una manzana el menemismo se había llevado la fábrica de galletitas Pradymar, la autopartista Junkers, las canchitas de tenis de Alem, la inyectora de plásticos Herrero.

En esa misma manzana el kirchnerismo trajo la textil Mimo&Co, nuevas matricerías, depósitos…

La pandemia de coronavirus mantuvo los kioscos de revistas abiertos como actividad esencial, y aunque el hijo del diariero no quiere que su padre salga, el kiosco mantiene activo y sano a su padre, y tras los primeros quince días suplantandolo, el viejo ya no quiso quedarse en su casa.

Entonces el  señor de la casa había llamado por teléfono al diariero. No le pidió un diario ni una revista, sino que comprara unas pilas al ferretero y se las llevara.

«Yo se las llevo», dijo el hijo del diariero.

El hijo del diariero tocó el timbre y escuchó los pasos del señor de la casa venir por la cochera, que tenía una ventanita.

«Hola! Cómo está mi amigo José?» dijo sin mirar hacia afuera de la ventanita y entonces «Ah, no sos José. Pensé que era tu papá»

«No. Soy yo» dijo el hijo del diariero.

«Bueno, te pago las pilas, Tomá, decile muchas gracias por traérmelas. Así no tengo que ir al kiosco» dijo.

«De nada. Lo que te voy a pedir yo es que me llames a mí cuando necesites las pilas. Porque me cuesta bastante hacer que mi viejo no salga con esta pandemia. Ya estuvo quince días en su casa al principio, pero el kiosco es su vida, lo mantiene activo, así que trato de que al menos no salga del kiosco porque ya tiene 80 años…»

«Ah, y sabes cuántos años tengo yo?» dijo el señor automáticamente. No pensó en lo que decía, le salió espontáneamente, como un karma, una respuesta sedimentada. A veces la gente tiene eso de que parece que apretás un botón y les sale una respuesta programada. Cómo esa cuerda que traían algunos muñecos, umturabas de ella y decían «mamá».

Al hijo del diariero le cae muy bien la gente mayor, salvo cuando la gente mayor cree que basta con acumular años para ganar jerarquías. Y lo peor que podía decirle el señor de la casa ya lo había dicho.

«Me importa tres pitos cuántos años tenés vos. A mí me importa que mi viejo tiene 80 años y no está para ser el mayordomo tuyo ni de ninguna otra persona que no quiera caminar tres cuadras hasta el kiosco»

La cara del señor de la casa se desdibujó (los señores de la casa, programados para dar respuestas automáticas cuando uno tira de un piolín, carecen de piolines opcionales con otras respuestas).

No tiene hijos este tipo para llamar en vez de a mi viejo? pensó el hijo del diariero. Los tiene, pero no los quiere molestar. Los hijos trabajan, tienen su vida y lo más probable es que el viejo no quiera molestar a sus hijos porque se siente una molestia, un rehén del afecto de unos hijos que tampoco creen que la edad te da privilegios.

El señor de la casa es un viejo de mierda y el hijo del diariero sintió pena. «Si necesitas algo me llamas a mi» dijo y agregó imperativo «tenés mi número? te lo anotas ahora porque a mí me gusta ayudar pero a mí viejo no lo jodás más. Tenés el celular ahí?»

«Si» dijo bajito el hombre de la casa titubeando.

«Anotá porque me voy a enojar si no me llamás! Buscá. Contactos»

«Ya está…eh cómo te llamas?»

«Luis me llamo, hace 30 años que me conocés y no te sabes mi nombre..Luis Kiosco poné» y comenzó a dictarle los numeros «Once… cuarenta y uno, el bombardeo de Pearl Harbor… noventa y cinco, la reelección del hijo de puta de Menem… sesenta y cuatro, quien gobernaba en el sesenta y cuatro?» preguntó el hijo del diariero.

«No sé» respondió el señor de la casa.

«Hace memoria, vos no viviste al pedo»

«Onganía…»

«Illia» corrigió el hijo del diariero.

«Ah, ese fue un buen presidente» dijo sonriente el señor de la casa.

«Tan bueno no fue porque mantuvo la prohibición del peronismo, así que en democracia se sacó un cero. Y veintiséis, quien gobernaba en el veintiséis?»

«Y sería algún militar, Uriburu?»

«Marcelo Torcuato de Alvear gobernaba, Uriburu le hizo el golpe a Yrigoyen en el treinta. Sólo presidentes militares te acordás vos? Listo, tenés mi número. La próxima llámame a mí y dejá tranquilo a mí papá» dijo el hijo del diariero.

«Gracias, igual no te voy a molestar.»

«Hacé lo que quieras»