El retiro

Por Sebastián Ruiz.

Hace unos días volví al barrio a visitar y a desear que este año sea realmente mejor que el que pasó. En realidad fui porque mi vieja me prometió papas fritas y cumplió. Noté a mi hermana un poco celosa, porque a ella no le hace papas fritas a pedido. Pero bueno, cuando uno es el hijo favorito, es el hijo favorito. Y eso que competimos 8.

¿No es parámetro para considerarme el más querido por mi madre? Puede ser, pero bueno, en esta los parámetros los voy a poner yo.

No entraré en detalles de los reencuentros familiares luego de tanto tiempo porque no me es fácil tal vez describirlo. A usted tal vez le pasó algo similar y lo va a entender, aún así, no se lo deseo a nadie. Sí, los sentimientos del reencuentro son muy buenos, pero es mejor no extrañar.

Juntarse con la banda de amigos es lo que cuenta en este texto. Como siempre, todo partió de la desorganización. Yo hice mal la tarea y ya estaba algo picado, tomé unas latas con mi cuñado Carlos antes de tiempo. Siempre después del horario pactado, comenzó a caer la gente. De a uno, porque la impuntualidad es cultura.

¿A qué viene todo esto? Técnicamente, se imaginará usted, que no esperamos tener al menos unas 3/4 partes de los comensales para descorchar, al primero que cayó arrancamos con fuerza y así hasta que completamos el equipo. De 5, la mesa chica.

Entre latas y reproches, vemos que en la fábrica abandonada donde solíamos jugar nosotros, un grupo de guachines estaba peloteando.

“¿Qué onda con estos?”, tiró uno de los pibes. No sé cuál, yo ya estaba en otra sintonía. Es más, uno de los nuestros se había ido y ya éramos 4. “¡Eh, amigo! ¿Quieren jugá?“, agitó y preguntó mi hermano Pachorra. Ahí me rescaté rápido, ni en mis mejores condiciones estoy para no pasar vergüenza, imagínese en ese momento que me mantiene parado una pared. El más animado de ellos gritó que sí, que juguemos. Otros dos de su grupo se fueron corriendo. Sólo quedaron para el picadito el animado y su amigo José, que es el único nombre que recuerdo.

Yo la verdad es que no quería jugar pero me arrimé a las negociaciones y escuché que uno preguntó: “¿este juega?“. La verdad es que no, pero ya que preguntó, lo voy a tener que hacer. Ni un paso atrás. Estaba en chanclas, bermuda, piluso y con un escabio encima que si me quedaba al sol 10 minutos me prendía fuego, pero con el orgullo no, capo.

Al toque armamos los equipos. Yo, José y el agrandado contra Juan, Conde y Pachorra. Mis fichas estaban puestas todas en José. Arrancamos y por momentos hubo agresiones, yo tiraba mis chanclas para detener al rival y nos dimos algunas patadas un poco criminales.

Tuvo más epicidad que fútbol, imagínese ese encuentro entre los que se fueron y los que están llegando. La vieja escuela contra la nueva, aunque me gusta decir que nosotros somos los directores de la vieja. Con esa frase puedo sacar 3 temas de trap. Se supone que ganó mi equipo, pero en realidad no lo sé, siempre hago trampa en el juego.

Se supone que apostamos “el arco”. Si ganaban los guachines, les dejábamos por siempre la ranchada para que jueguen ahí hasta su retiro, como lo fue el nuestro. No hacía falta un partido o apuestas para definirlo, ya era de ellos. Nosotros nos quedamos con la esquina, mejor, que para tomar cerveza alcanza y sobra.

La cuestión es que al tiempo, no hay con qué darle.