El primer 1 de mayo del cambio de época: Toma de posición entre principios ideales y conflicto principal

Emilce Cuda – Dra. en Teología. Universidad Nacional Arturo Jauretche de Argentina. Reflexión a partir del libro de
Gianni Vattimo, Essere e Dintorni, La Nave de Teseo, Milán, 2019; y del magisterio social pontificio del Papa Francisco.

El discernimiento social comunitario de los trabajadores descartados no parte de la idea de justicia sino de la realidad de injusticia. ¡No es la tecnología, es el desempleo!

A partir de la situación de injusticia generada por un sistema de relaciones sociales productivas que devino destructivo de las personas y del planeta a causa de un paradigma tecnocrático, desde los distintos credos se pone en cuestión la idea de justicia vigente y se toma posición en el conflicto principal, a un lado y al otro de la grieta laboral. Los trabajadores descartados saben que la causa del sufrimiento no es la tecnología que elimina puestos de trabajo, sino el desempleo por falta de nuevas instituciones que impulsen la transición justa de una época a otra. En la desesperación, unos optan por ideales universales abstractos de justicia, otros por principios sociales concretos de justicia. Mientras unos piden “derecho a”, otros se movilizan para “participar de”. Como resultado, la sociedad se torna postsecular, y el discurso se vuelve oración. En el medio, la guerra se hace horizontal, esta vez entre trabajadores con derechos y trabajadores sin derechos.

En esa caótica situación, puede observarse que, aquello que mueve a los descartados a la unidad para la acción -conocido como Movimientos Populares-, no es la “idea” de justicia, sino la “fe” entendida como toma de posición “en memoria de”. La unidad, finalmente, es un acto de fe. A la comunidad de los descartados no la mueve otra razón que la decisión de unirse, y esta nunca es neutral, siempre es un “si, creo”. El credo no es la respuesta a un proyecto mensurable, es un símbolo constituyente de identidad a partir de la distinción.

Cuando digo credo, digo acá está la verdad, buena y bella; y digo quiero.

Las demandas por justicia que articulan la unidad política de la comunidad descartada, no son ideas o principios abstractos creados en laboratorios académicos, balconeando la vida -como dijo el Papa Francisco a los jóvenes en Christus Vivit-, son pedidos de ayuda concreta que emergen de la exclusión que genera la tecnocracia. Luego, mediante el diálogo social se lucha por institucionalizar principios sociales que emergen de la indignación y la memoria comunitaria.

Mientras la posición ética liberal parte de principios universales y proyecta un futuro ideal, la posición ética social, en memoria de las víctimas, identifica el conflicto principal y lucha por la justicia con decisiones de acción concretas. En ese sentido, lo que se conoce como Doctrina Social de la Iglesia, en la práctica social de los trabajadores descartados, se torna testimonio de eso que han “visto, oído y tocado” (1 Jn, 1), es decir del clamor por ayuda concreta de generaciones de trabajadores excluidos, para actuar en memoria suya.

La conclusión de un discernimiento social, situado, nunca son principios éticos universales, sino decisiones concretas para la acción, a veces para conservar las formas existentes, otras para trans-formar. Aunque esto ocurre en la práctica, y los Movimientos Populares de impronta cristiana son un ejemplo de eso, decirlo y reconocerlo puede resultar escandaloso para algunos y locura para otros. Mientras los incluidos piden signos, los excluidos dan testimonio fe y salen a curar el mundo.

La posición liberal entiende la justicia en términos económicos. Por un lado, piensan la justicia social concreta en términos de distribución equitativa de la renta: regulaciones fiscales y financieras, buenas prácticas, reingeniería. Por otro lado, piensan que la injusticia es producto de la ineficacia y la corrupción de los gobiernos de turno. Por el contrario, las comunidades organizadas de trabajadores descartados, es decir los Movimientos Populares, luchan por condiciones reales de justicia; condiciones carnales, no ideales. No luchan sólo por derechos sociales, sino también por participación paritaria, en sentido político y económico. Se movilizan por su parte.

No piden sólo un impuesto progresivo a la renta que garantice un salario social universal complementario; piden también un cambio cultural estructural que desarticule los mecanismo de acumulación obscena y garantice un desarrollo sustentable de la vida en el planeta. Quizás por esto el Papa Francisco diga en Fratelli Tutti que el cambio vendrá del “subsuelo del planeta”. La lucha por derechos, propia de las épocas liberales, es distinta a la lucha por participación, propia del cambio de época.

A los cuatro principios sociales de la Doctrina Social de la Iglesia, el magisterio episcopal latinoamericano suma otro principio: “opción preferencial por los pobres”. El actual magisterio pontificio suma a eso una precisión no menor, “opción preferencial con los pobres”. Según mi modo de verlo, refleja la distinción entre dos posiciones éticas: una desde principios universales con pretensiones de neutralidad, y otra como toma de posición a partir del discernimiento del conflicto principal. No se trata de balconear la situación de los pobres sino de pararse del lado de los trabajadores en un escenario que se ha vuelto una guerra por el trabajo y la protección social entre pobres.

La común-unidad creyente de los trabajadores se conforma en el relato un ethos mítico histórico, constituida por el sufrimiento y la esperanza en la victoria que garantiza la resurrección. El credo es una toma de posición, una decisión de ‘en qué’ creer, de cómo interpretar el texto, de fijar la interpretación, y de repetirlo. En ese sentido el discurso político se vuelve oración, y el pueblo comunidad orante. Dice la comunidad de creyentes: es esto. Lo repite, es su credo, allende de la ciencia. Fija el sentido cuando toma una decisión como acto fundante de la unidad popular. ‘Son 30.000’, dicen en Argentina al referirse a los desaparecidos por la última dictadura militar. Desde la memoria de las víctimas deciden que son 30.000 como fundamento de unidad política, y repiten sus nombres en letanía. La fraternidad no es sinónimo de tolerancia liberal, es rezar juntos, repetir, afirmar un sentido.

“Los pobres siempre estarán con nosotros” (Mt 26,11), dice Jesús; y ellos tienen “hambre y sed de justicia” (Mt 5,6), no de bienes y capital. No los mueve el proyecto, los mueve la fe.

Las religiones verdaderas no hacen guerra santa, hacen política como forma más alta de caridad, son misioneras, son hospital de campaña. Sus intelectuales no “balconean” la vida, se meten en la realidad, toman posición, identifican el conflicto principal y dicen: No es la tecnología, es el desempleo! A partir de allí se toma la decisión de qué hacer; se decide la acción justa en función del sufrimiento constitutivo de la memoria comunitaria. No los mueve el futuro, sino el pasado. No hablan de bien y mal, ni de amigo y enemigo; hablan de justo e injusto.

Dicho de otro modo, este primer 1 de Mayo del cambio de época se trata de pararse una vez más del lado del pueblo-pobre-trabajador-descartado, no porque dicen la verdad, sino porque ahí está la verdad, ya que ellos son los que padecen la injusticia, se trata de hacer una opción preferencial “con” los pobres.