El periodismo sin vergüenza

Por Silvina Caputo.

El periodismo está en riesgo. No nos referimos aquí al panelismo de salón de una Yanina Latorre, ni siquiera al intento de las ex reporteras de farándula devenidas en operadoras políticas como Viviana Canosa. Nos referimos a esa profesión donde en la primera bolilla te enseñan, ponele, que no se editorializa. Ya no hablemos siquiera de vertir opinión. No pedimos tampoco que no se juzgue en una pregunta, ni que deje de gritársele al entrevistado. En este contexto, eso sería mucho.

Ni hablar del tuteo vulgar instalado en la época de Cambiemos donde funcionarios y entrevistados parecen más primos, amigos y familiares, que dos lugares complementarios que buscan acercar a la sociedad algún grado de seriedad informativa.

Desde la semana pasada, tras las detenciones por el espionaje ilegal de la AFI macrista, y frente a la posibilidad de que Luis Majul fuera citado a prestar declaración indagatoria, desde los medios dominantes se lanzó una campaña para advertir a todos y a todas, que los comunicadores sociales íbamos a ser detenidos.

Las corporaciones como FOPEA se pusieron a la cabeza de la defensa de libertad de expresión de los mismos de siempre y agigantaron una vez más los temores propios de una vida en dictadura, como esa que defendieron muchos de sus integrantes, cuando no había que callar.

A las pocas horas, una vez más la realidad se encargó de desmentir a las supuestas víctimas, cuando ellas, excitadas por una nueva noticia que pudo ser operada, la muerte de Fabián Gutiérrez, volvieron a sus andadas utilizando un asesinato con fines políticos.

Todo vale en el periodismo, parece. Cometer delitos, ejercer mala praxis. En el medio, como un bálsamo, surgió una solicitada de otros colegas, de esos que suelen ser más anónimos porque no cuentan con un aparato corporativo que los instale para luego usarlos, que vino a poner blanco sobre negro, y vino a diferenciar. A diferenciarnos.

No somos todos lo mismo. Por eso no tenemos los mismos temores. La, sin vergüenza de una “periodista” que intenta intimidar a un Presidente en una entrevista, con todos los vicios propios de un oficio que tiene reglas claras, no nos representa.

No nos representa esa señora con cara seria frente a un Alberto Fernández, que no resiste un mínimo archivo de cuatro años, donde se deshace en sonrisas frente a un Mauricio Macri preguntándole cómo se distrae de su tarea gobernante. Aunque conduzca un noticiero y se llene de crema en publicidades.

Tampoco nos representa un señor que increpa desde su cámara a un jefe de Gabinete diciéndole que en la causa de Fabián Gutiérrez dice que lo mataron por buscar el dinero K y cuando el funcionario le advierte que está usando el mismo título del fin de semana que no consta en la causa, el hijo de periodista, periodista supuestamente también, termina escapándose por la tangente.

Sin vergüenzas son, porque dan vergüenza. Da vergüenza y una profunda tristeza que todas las canalladas posibles y todas las malas praxis estén ahí, tan al alcance que se naturalizan una y otra vez.

Será por eso que ya no se puede pedir un mínimo de seriedad a la hora de escuchar a un comunicador en la tele, será por eso que los oídos ya no resisten las radios, será por eso que sube Netflix al tiempo que baja la audiencia de los canales de aire.

La pregunta es hasta cuándo y hasta dónde podrán seguir denigrando un oficio que tantos amamos, y abrazamos con más seriedad, cuantos más horrores vemos.

Y aquí sí debo coincidir con ellos. El periodismo no sólo está en riesgo, sino que, en algunos lugares, definitivamente, ya ha muerto.