El partido de la pandemia o el campeonato institucional: ¿Y si apuntamos a los dos?

Por Maximiliano Rusconi.

Muy de vez en cuando, cuando uno se referencia en los frios números y en las polares estadísticas, un Gobierno, una gestión, puede demostrar cierto nivel de éxito, aún cuando esas ventajas comparativas nunca puedan ocultar que entre tanto se nos ha ido un amigo, un tío, un novio, el amigo del amigo, el hijo de alguien, o el papá de aquél.

Es decir, hablar de éxito cuando en el proceso la llamada pandemia ha decretado anticipadamente el fin de un conjunto de historias individuales es un poco más que arriesgado.

En este sentido, y con estos límites, es posible decir que el Gobierno ha sido muy solvente en la conducción de esta tragedia humanitaria.

La cantidad de contagiados, la relación cada 100.000 habitantes, el índice de recuperados y el bajo número de lamentables decesos, invita a una evaluación positiva de la gestión de nuestra comunidad atravesando la crisis pandémica.

También es cierto que el Gobierno ha logrado la suficiente autoridad como para discutir en voz alta la redefinición (reperfilamiento me suena a épocas tristes) de la deuda (aunque no tengo tan claro si hemos discutido con la misma energía su legitimidad) y lo hace con impacto indudable.

Sin embargo, ya pasaron más de cuatro meses de gobierno y del “nunca más” de la reconstrucción del Estado de Derecho al cual aludió el Presidente en sus primeros segundos de gestión.

Ese “nunca más”, que nos emocionó a varios, nos llenó de espereranzas, nos redignificó y elevó al máximo nivel institucional una preocupación que hasta ese momento estaba en la piel de cada uno de los que habían sufrido un persecusión infame, pero también instalaba e instaló un estándar.

Un estándar exigente, pero amigable.

Si el presidente remoloneaba, sólo iba a recibir el reclamo de quienes pensamos como él: lo que se denomina “fuego amigo”.

Solo reclamaríamos quienes lo apoyamos, quienes luchamos por el cambio, todos aquellos que tenemos la sensibilidad de ver las desigualdades sociales y las destrucciones del Estado de Derecho, ámbitos ni siquiera registrables por el gobierno anterior.

Pero hoy nos levantamos a la mañana, cada uno en nuestras casas, salimos al balcón y vimos que la misma Corte Suprema, que acompañó sin decir “esta boca es mía”, el desastre institucional sigue ahí, con la misma altanera y vergonzoza inexpresividad institucional, allí también están, con riesgo serio de morir, miles de personas detenidas que ingresaron al cautiverio en el macro de un crecimiento exponencial de las tasas de encarcelamiento del gobierno anterior, están los jueces que en plena crisis penitenciaria negaron y siguen negando insensiblemente los arrestos domiciliarios, está el lamentablemente famoso señor de la “Doctrina Irurzun”, él esta acompañado por magistrados de todo rango que accedieron de modo irregular a sus cargos y que formaron parte de la “justicia a la carta”.

Uno hace un paneo y encuentra a jueces (para peor considerados progresistas) que han cometido privaciones ilegítimas de la libertad y con el apoyo del tsunami Irurzun y los oleajes consecuentes, sigue negando la libertad a quienes nunca debieron ser detenidos, sigue ahí un fuero federal penal en la Ciudad de Buenos Aires que ostenta los mismos excesos y deformaciones institucionales que motivaron al “nunca más”.

Frente al despertar ilusionado del 11 de diciembre, hay una serie de preguntas cuyas eventuales respuestas me generan un sabor agridulce. ¿Podemos identificar un plan político criminal en el Gobierno?, ¿cuál es el plan con la Corte Suprema?, ¿Haremos algo con el espantoso papel del Consejo de la Magistratura?, ¿Investigaremos o no los ilícitos cometidos en la función por los jueces?, ¿haremos algo con el fuero federal?, ¿Cómo mínimo, iremos a una unificación?, ¿Cómo haremos para culminar en todo el país con el encierro injustificado de personas?, ¿Haremos algo con las personas que hoy siguen ilegitimamente detenidas y cuya detención ha sido motivada por fines políticos y de exterminio de un sector ideológico en nuestro país (¿no es más fácil hablar de presos políticos?)? ¿Qué haremos con la necesaria reorganizcion de los Ministerios Públicos de la Nación y de la Provincia de Buenos Aires?, ¿De que modo vamos a aseguranos que en las crisis comunitarias de todo tipo, en las cuales por definición las fuerzas de seguridad y policiales tienen tendencia a aumentar su protagonismo, los Fiscales van a controlar la legalidad de ese desempeño y que no se pongan en riesgo las garantias constitucionales de la comunidad?

¿Cuál será el nuevo rol de la Oficina Anticorrupción? ¿Quién hoy ocupa con muy buenas razones el rol de la no abogada Laura Alonso, no tiene nada que decir sobre el espanto que heredó?

¿Cuál será el nuevo rol de la Unidad de Información Financiera? ¿Quién hoy ocupa esa responsabilidad, no tiene nada que decirnos a los ciudadanos de a pié?

¿Cuándo empezamos el campeonato institucional?

No podemos perder.