El malabarista que sostiene las utopías

Por Liliana Etlis.

La contemplación matinal me llevaba hacia un afuera saliendo tal vez de algunos nubarrones, tenía esperanza de ver ternura en el mundo. Muy a menudo ocurren esos estados sin explicación. El apocalipsis torrencial de otras épocas y posteriormente la encendida calma atraviesan actualmente imágenes incomunicadas, detrás de los espejos, en mi historia entramada a la del país. Una nube tenía una rara forma que me recordaba a un estado de incertidumbre. Eso me llevó nuevamente a vivir lo pretérito y el presente simultáneamente, además de sentipensar el futuro que soñamos. El jazz, la llegada del avión con las vacunas, haber visto anoche la película portuguesa Sostiene Pereira, el florecimiento de una planta por segunda vez en medio año, una mariposa, Anacleta, que vino durante tres días seguidos a mostrar su soberanía espacial… esos estados tranquilos relacionados al buen vivir son los que me acercan a la felicidad.

Por otro lado, desencadenó en mí la angustia por la fecha desde alguna parte del cuerpo, como si el día determinara un ánimo diferente al del despertar, cuando brotaba serenidad. La simultaneidad acompañaba generalmente interrogantes que me surgían cuando es imposible descifrar la estupidez humana envuelta en un tul de progresismo mediocre, confuso, hipócrita. Cuando pasan estas cosas acudo inmediatamente a la opinión de mis sentidos. Y ellos dicen que el tema Malvinas sigue sin resolverse desde la memoria. No se necesita un 2 de abril para enviar eternos videos sobre las islas.

Hoy es una fecha complicada. Vino a desarmarme y a golpear el rostro con recuerdos mientras respiraba. En la Facultad de Farmacia y Bioquímica estábamos con los petitorios, juntábamos firmas entre lxs estudiantes de Medicina y no recuerdo qué otras facultades. Queríamos que terminara la guerra y que volvieran vivos nuestrxs compañerxs, esto hizo también que circulara una solidaridad poco conocida, no fueron solo las joyas que un sector donaba en plaza Houssay, sino que además muchxs nos enlistamos para realizar trabajos sanitarios, curaciones y otras yerbas aún sin tener título universitario e ir a Malvinas. Así los cuidados básicos relacionados al cuerpo de los que estaban combatiendo eran tenidos en cuenta por lxs que queríamos el diálogo y la paz, consigna muy difundida en esos momentos. Pero la guerra terminó a los pocos días de anotarnos para viajar al sur, desarmando la planificación del viaje.

Estas ideas seguían circulando cuando hallé una cajita de recuerdos de esa época, una foto de Chaplin en la película El Pibe, una foto de mis abuelos cuando no tenían el cabello blanco, otra de Wilfredo Lam, seguía en un singular ordenamiento de uno sobre otro “El Marinero” de Fernando Pessoa, una tarjeta de felicitación por un cumpleaños firmada por mis viejos durante el 73, una tarjeta publicitando a “El Mariachi que canta y encanta”, un señalador que titula “La buena lectura que ilumina”, un sobre vacío con letras a máquina (seguramente una Olivetti antigua) y una publicidad de “El ombligo en la Luna”.

En la esquina seguía el malabarista de los mil y un días amaneciendo milagros en la historia de San Cristóbal. Sólo estaba frente a los autos de la calle frente a un semáforo en rojo y su fascinante exposición que me recordaba a las movilizaciones en la Plaza. Lo desconocido y factible era cómo equilibraba su cuerpo con tantos elementos al mismo tiempo. Semana Santa, Malvinas, virus negacionistas y el del Covid con varios números según las cepas, temores ante tantas imágenes apocalípticas y la sensación de que saldremos con avances significativos si encontramos otras formas de “normalidades” al igual que el malabarista, su equilibrio en no dejarse caer.

La guerra terminó con sabor amargo, usurparon nuestra soberanía, no solo por un litigio diplomático sino por su símbolo, un problema colonial no resuelto y además despojaron saberes genuinos en las islas sumando la distorsión de nuestra historia.

Comenzaba otro momento en el país. La construcción de la posverdad no era otra cosa que la justificación de la apropiación política, cultural y económica entre otras.

Pegadas a los huesos, las consignas de soberanía, libertad y justicia, continuarían un camino zigzagueante contra la colonialidad del Poder, del Saber y la evaporación de las amenazas.

El control de nuestro destino nacional seguirá siendo nuestra identidad y las huellas de ternura germinando en la arena de la historia.