El legado del 10 y el debate judicial

Por Maximiliano Rusconi.

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No digo nada nuevo ni sorprendente si subrayo la profunda tristeza que todas y todos hemos sentido estos días con la partida de Diego Maradona.

Lloré tanto que llegué a preguntarme el porqué. La auto respuesta que más me hizo pensar fue que no era en gran medida mi dolor, o no solo era mi tristeza, sino que me afectaba el dolor que podía imaginar en aquellos que desde hace décadas la tienen bien difícil. Los que nada tienen, o muy poco, y que siempre atesoraron con la fuerza de las últimas batallas los regalos recibidos de Diego. Esos regalos que podían disimular el hambre, maquillar el frío, que quedaban en la retina o el corazón y que podían ser traídos a cuento siempre y en todo lugar, que pintaban el futuro de un optimismo difícil de construir sin la mano de Dios, los que ven la vida y el fútbol de modo binario, de River o de Boca, y que ni siquiera esa grieta les iba a impedir sentir que Diego les hablaba a ellos, a cada uno de ellos, por su nombre y los invitaba a asociarse en los desafíos planetarios que él encaraba y que, casi siempre, ganaba. A ellos Diego los invitaba a subirse al podio y, para colmo de felicidades, invitaba a bajarse de ese podio y hacer lugar al humilde, a quienes representaban las estructuras de poder. Él jugaba para la gente, no para el poder. El poder en la filosofía maradoniana no necesitaba de sus gambetas, ni de su pecho inflado, ni de sus ángulos imposibles. El poder que se arregle solo, fierita.

Estos días los argentinos hemos asistido en forma paralela a un debate sobre la reforma de la justicia que me hizo pensar en la posibilidad de que el camino de Maradona nos brinde alguna luz.

Diego fue mucho más que lo que imaginamos. Lejos de acercarse al poder Diego lo cuestionaba, lo interpelaba, acompañaba sus desafíos con su cuerpo y siempre significó un ejemplo de valentía personal y grupal.

Diego se animaba a enfrentar el destino asumiendo los riesgos de su propia creatividad.

Diego no hacía fraude de etiquetas, no era cínico, decía la verdad, aunque esa verdad fuera la herramienta mediática para destruirlo, no maquillaba sus defectos, no se ocultaba.

Diego no soportaba la desigualdad, era solidario.

Algo debemos aprender.