El hombre que quería conocer el infinito

Por Liliana Etlis.

En el cuarto entraba la luz del día junto al aroma del tilo frente a la ventana.

La luminosidad hacía cambiar su estado de ánimo meciendo la armonía, contrarrestando la incertidumbre sobre la eternidad, tema que insistía desde el inicio de la pandemia y que modificaba el humor.

Imaginó un objeto, escribió detalles combinados con vivencias y fragmentos de fantasías en un papel satinado.

Luego caminó hacia una tienda de antigüedades y buscó lo más semejante a lo imaginado, un objeto similar a una copa envuelta en una especie de protector con hilos de seda color ocre, arena, blanco y un tenue verde esperanza.

Entró al comercio tratando de encontrar algo semejante a lo soñado y allí estaba: una copa envuelta en un fino macramé de algodón brillante bordado con sabiduría. Decidió que la acunaría en su cuarto. La señora que atendía el negocio lo colocó en una caja de madera y la envolvió con cuidado.

Llegó a su casa con la sonrisa del futuro, estaba viviendo los deseos de ver el infinito.

Entró al cuarto y colocó la copa sobre una mesa pequeña entre dos espejos enfrentados, de esta forma podría ver la infinitud del objeto y observar cada parte en forma minuciosa hasta perderse en ese andar. La multiplicidad de la imagen daría cierta sensación de seguridad.

Pasaron los tiempos y se fueron deshaciendo los hilos de macramé que cubrían la copa. Uno a uno fueron modificando lugares por el desplazamiento en la superficie cristalina, cediendo al abrigo cuando descendían. Las diferentes temperaturas afectaron posiciones del entramado; la humedad, la presión y la densidad del aire achataron algunos nudos hasta dejar la copa desnuda y virgen.

Algunas veces los espejos se opacaban con el rocío que entraba por la ventana del cuarto y distorsionaba las representaciones. La infinitud relativa fue metamorfoseándose en una fina lámina de imágenes posibles, una nueva observación de la existencia: descubrir el objeto imperfecto reflejado lo llenaba de júbilo.

Un día, mientras limpiaba la mesa donde creía en la seguridad de la superficie, se deslizó uno de los espejos. Estalló, los fragmentos en el piso mostraban, además, las manchas de aluminio gris por el paso del tiempo.

Esa mañana comenzó la finitud. Lxs poetas cantaron una canción y llegaron nuevos amaneceres.

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