El duro oficio de periodista en tiempos difíciles

Por Jorge Pardés.

Ecucha a Jorge Pardes Parte I
Escucha a Jorge Pardes Parte II

Comienza la transmisión

Ezequiel Guazzora le indicó a Javier Villalba, el camarógrafo, que encendiera la cámara. Las amenazas e insultos que recibiera por la mañana y el día anterior de la movilización de protesta a la Plaza de la República, en un nuevo aniversario de la declaración de la independencia, le indicaban que sería mejor hacer un “vivo”. Eso quería decir que solo tenía para protegerse, la transmisión en directo de la cobertura periodística, como un modo de calmar a las fieras, cosa que no habría de lograr.

– ¿Estamos en vivo? –  Se lo escucha preguntar a su compañero antes de comenzar el relato de situación que daría el marco a las entrevistas que realizó aquella tarde de invierno fría, gris, hostil. Acababan de expulsar al móvil de C5N.

Vestido con su buzo azul en el que se lee la inscripción que los identifica: Quien quiera oír que oiga, el nombre de la agencia de noticias productora de la que es la cara visible;  comienza la rueda de preguntas a los manifestantes que sostienen improvisados carteles o esmerados cruza calles de esos que se ofrecen a tres mil pesos en la Mercado Libre o que la mística militante genera con un marco de alegría, choripanes y cumbia por Spotify con unos buenos parlantes en algún garaje o patio del fondo, local barrial o plaza de barrio.

Se muestra calmo y hasta amable pero marca la distancia necesaria para no dar lugar a la hostilidad que  aparece cuando empieza a ser reconocido. El siente el clima de odio que genera su presencia en esa plaza. Sabe que no es bienvenido pero no puede hacerse el desentendido, siente que tiene un pacto tácito con sus televidentes, el de mostrar otra mirada, y ese pacto puede cumplirse sólo porque la creencia de que si él no está para mostrarlo no habrá nadie que lo haga.

En la protesta porteña en medio de la pandemia que se concentró en el obelisco, participaron unos cientos de personas con consignas anticuarentena y en general contra el gobierno.

Rescata las declaraciones de todo aquel que no le da vuelta la cara, con estoicismo y cuidado. Su brazo se aleja con el micrófono lo más posible para dejar hablar a los entrevistados  evitando al extremo la cercanía con quienes  sin importarles la posibilidad del contagio con el Covid 19 salen a expresar su odio desmedido, su bronca incomprendida o quizá su profunda confusión. Lo hace como queriendo no ser presa de ese odio, bronca o confusión.

Agresión al notero Ezequiel Guazzora

Algunos distraídos intentan un planteo ideológico o buscan justificar alguna explicación en esa torre de Babel devenida en el mayor símbolo de la porteñidad, el obelisco, que mira al horizonte con nostálgico recuerdo de tiempos mejores.

Ezequiel Guazzora, un pibe del interior de la provincia de Buenos Aires, inmutable, continúa dando la palabra a quien quiera hablar.

Tras cada repetición de la pregunta de por qué se ha autoconvocado, va creciendo el odio y el clima ambiente se va haciendo más difícil, más agresivo, más violento.

Ese perfil de movilizado distraído va mutando a indignado y ya ni siquiera  importa porqué se ha autoconvocado, porque todo indica que la furia puede ser descargada, la horda se convulsiona, la suerte ya está echada.

Periodismo de Guerra

Desde la Antigüedad clásica, la guerra ha sido contada y representada de mil modos. Jenofonte realiza un espléndido reportaje de guerra en su Anábasis de Ciro cuando incursiona en Persia o Julio César que hacía escribir la Guerra de las Galias y la iba enviando por entregas a Roma para acrecentase su prestigio en la Urbe.

Siempre hubo un periodismo de guerra con vínculos con el poder y una íntima relación entre guerra y medios. Los periódicos han sabido multiplicar sus tiradas y consolidarse durante las guerras.  En el negocio siempre fueron parte los medios de comunicación, constituyéndose en un componente estratégico.

Queda afuera de estas reflexiones la vida los sueños los temores de los que en los diversos campos de batalla hacían su trabajo periodístico y defendían una idea.

Comienza el día

Se despertó solo mucho antes de que sonara  la alarma del celular con una sensación extraña. Presentía que su jornada laboral no iba a ser sencilla aunque su trabajo es lo que más le gusta en la vida.

Se dispuso a cumplir sin apuro ni preocupación los ritos habituales de su cotidiana existencia en el minimalista y tecnologizado departamento ubicado en una de las más lindas zonas del porteño barrio de Caballito.

No iba a permitir que un mensaje anónimo en su celular lo sacara de su eje si no lo sacaban las innumerables situaciones en las que se había visto involucrado el último año por el devenir del reconocimiento profesional del que estaba siendo objeto. Y sujeto.

Le clavó la mirada al caniche maltés y la sostuvo, impertérrito hasta que, luego de varios minutos -cada día son más- Juan Domingo  con un aullido cargado de emoción, reconoce la derrota y le pasa la lengua por la cara a su amo que protesta y lo abraza mientas él ladra de alegría. 

Tomó el mate entre sus manos, lo preparó meticulosamente, con sumo cuidado de que ni un solo palito de yerba mate caiga fuera de la cavidad. La profunda concentración en el rito matutino podría indicar que ningún otro pensamiento anidaba en su conciencia, pero en la mecanicidad del acto su mente volaba a su tierra natal a su infancia en los campos linderos a la ciudad pueblo de Tres Arroyos que lo viera nacer, allí en el  centro de la provincia de Buenos Aires, tercera zona cerealera del país.  

Sus abuelos y su padre con quienes vivía en el campo, la casa de la madre en el pueblo, sus idas y venidas. El tiempo de vida de soltero con su hermano en la casa de su otra abuela, los amores, el futbol, los amigos de toda la vida que no pueden creer que esté convirtiéndose en…

No se atreve ni siquiera a decirse a sí mismo lo que siente que está sucediéndole, su realidad, autopercibida, reflejo de las decenas de miles de visualizaciones de sus transmisiones en la red, de la gente que lo para en la calle para sacarse fotos, del reconocimiento que vino a buscar a la ciudad de la furia hace casi 20 años y que parece haber encontrado.

Su mano sobre la pava a punto de hervir, que retira del fuego en el momento justo. Un mensaje de WhatsApp que llega a su teléfono y lo saca de su recorrido mental y energético de casi toda su vida en menos de dos minutos, Es Lautaro Maislin, el notero de C5N que le dice que no sabe si va a ir a la marcha anticuarentena, que lo decide el canal, que no tiene ganas, que…

Vuelve al rito matutino, los diarios nacionales, el boletín oficial, pero  es feriado. Tiene tiempo. Se despertó muy temprano.

Deja correr el agua de la ducha. Se sumerge nuevamente en sus pensamientos y descubre la sintonía entre el placer del agua recorriendo su cuerpo y los sueños cumplidos.  Su paso por la primera división del Club Quilmes y por la pantalla de Crónica TV.

Y empiezan a sucederse los recuerdos más recientes que le fueron marcando la dirección de sus acciones, lo que está generando en la gente.

Él sabe que todo eso nació con los años de militancia y la tristeza que le produjo aquellos resultados electorales definitivos esa noche del 22 de noviembre del 2015 en el bunker del Frente para la Victoria con una remera naranja que tiró de bronca a la basura. Se dio cuenta lo que se venía y decidió contarle al mundo lo que otros no iban a contar. Aunque tuviera que hacer periodismo de guerra.

Y no paró. Pasaron los días de radio con cientos de llamados. Las encuestas callejeras y los pibes peleándose para que los entreviste. La explosión de las redes. Los viajes de una punta a la otra del país, en cada elección en cada momento en todos lados, a toda hora. Cada vez que Cristina presentara su libro Sinceramente, el 10 de diciembre en la Plaza de Mayo.  Los miles de autógrafos y fotos que le fueron pedidos.

Se siente jugando en las grandes ligas  y se recarga con la fuerza suficiente como para salir al mundo a hacer su trabajo, aunque algo le dice que hoy no será un gran día como esos que su memoria emotiva hacía presente en ese momento. Lo reconoce casi como un mecanismo involuntario de su conciencia para acumular carga y  direccionar la energía hacia planos superiores, registrarse a sí mismo y enfrentar el camino. Y transitarlo.

Prepara los equipos, se viste, hace frío, se abriga, recoge la ropa para dejar en el lavadero. Barbijos, alcohol en gel, hasta guantes de látex que nunca usa, pero por las dudas. Deja la ropa en el lavadero y sube al subterráneo, en la estación Avenida La Plata para bajar en Lima y caminar hasta el Obelisco. Todo con extrema normalidad. Ahí es donde se pregunta por primera vez qué está haciendo en ese momento en ese lugar.

Lautaro Maslín le avisa que un grupo de inadaptados está agrediendo a los que están en el móvil de C5N. Empieza a corroborar su sensación,  la mano viene pesada.

Robert Capa

Corría el año 1936 y en el Madrid de la penuria, la aviación enemiga bombardea indiscriminadamente la capital de España. Las miradas de estremecimiento a un cielo nada prometedor, son el preludio de unas carreras con rumbo fijo: los refugios bajo tierra, el Metro de la ciudad.

Robert Capa, un reportero gráfico que supo retratar como nadie las heridas y los avatares de la contienda que destrozó España hace más de ochenta años, manejando una pequeña cámara con instantáneas difíciles de olvidar, consideradas el mejor testimonio de la guerra civil española, elucubraba acerca del motivo por el que se encontraba en esa situación, en medio de la Gran Vía con las bombas rozándole los talones.

La búsqueda de aventuras que lo había traído desde su Budapest natal se entremezcló con la llegada del amor y el compromiso profesional y social. Él era un idealista que siempre estuvo al lado del oprimido y con su arte mostraba el verdadero sufrimiento del ser humano. Con la creencia de que si él no lo hacía, nadie lo haría. Tal es así que su trabajo tuvo una repercusión mundial que permitió conocer lo que sucedía en aquella España, antesala de la gran Guerra en Europa. Su obsesión era mostrar la huida de un pueblo que veía como las esperanzas de victoria se diluían.                             

Rober Capa

Robert Capa en el campo de batalla con su cámara en mano

El ensordecedor sonido de las sirenas que avisaban el inminente ataque, lo empujaba a resguardarse. En medio de la pregunta que poblaba sus pensamientos acerca del porqué de su estancia en Madrid en ese preciso momento; el llanto de una niña viendo a su madre con la rodilla sangrando por una caída, lo sacó a la fuerza de su ensimismamiento y le frenó la huida. Tiró hacia atrás de su espalda la cámara que colgaba de su cuello, con un brazo tomó a la niña, con el otro levantó a la madre y las condujo a refugiarse en la boca del Metro, para desplomarse abatidos, recibiendo el agradecimiento de los ojos de esa madre que mientras acariciaba a su niña le transmitía a quien había salvado su vida; sin saber ni darse cuenta siquiera que él había salvado así su conciencia.

El periodismo de guerra  en Argentina

Después de la muerte de Juan Domingo Perón la situación del periodismo en Argentina comenzó a complicarse Con el golpe militar del 24 de marzo de 1976 todo empeoró. Una descomunal campaña de censura y represión fue desplegada desde el Estado, cierre masivo de publicaciones en todo el país, secuestros, desapariciones y torturas contra periodistas.

No había seguridad en ninguna parte, ingresaban a las redacciones, a los bares, a las casas, hasta a los cines, para llevarse a los comunicadores, que luego eran torturados y en la mayoría de los casos nunca aparecieron.

Rodolfo Walsh dirigía la Agencia de Noticias Clandestinas (ANCLA), que fue un medio fundamental para la ruptura del cerco informativo que la represión había instaurado, llegando a todo el país y al mundo entero. El 25 de marzo de 1977, un día después del primer aniversario del golpe militar, luego de repartir las copias de la Carta abierta de un escritor a la Junta Militar en buzones de la Ciudad de Buenos Aires y cuando se dirigía a una cita con un compañero, fue emboscado, atacado y acribillado a balazos por un grupo de tareas, el cual se llevó su cuerpo moribundo y lo secuestró ilegalmente. Pasó a integrar la lista de desaparecidos.

Cientos de historias de muerte, exilio y resistencia quedaron registradas en la memoria de los periodistas de aquellos tiempos. Historias que evocan el compromiso de quienes recrearon lo que hacía pocos años se conocía como periodismo de guerra,  a los que  como expresó Walsh en su inmortal Carta Abierta a la Junta Militar, les tocó “dar testimonio en momento difíciles”.

Durante la última dictadura militar la presión ejercida sobre los medios de prensa fue la más terrible, con un nivel de violencia inédito. El desempeño de los medios de prensa durante este oscuro período de la historia argentina ha estado signado por silencios obligados y voluntarios, medios cómplices o tibiamente críticos, censura y autocensura, listas negras y adláteres del Proceso, y muy pocas resistencias dignas. El legítimo silencio provocado por el miedo se mezcló con actitudes parciales y justificadoras de las acciones de la Junta Militar. Todos actos que también recrean ese concepto del periodismo de guerra.

“Hicimos periodismo de guerra. Eso es mal periodismo. Fuimos buenos haciendo guerra, estamos vivos, llegamos vivos al final, al último día. Periodismo eso no es… Como yo lo entiendo, no es el que me gusta hacer. Y yo lo hice, no le echo la culpa a nadie, yo lo hice. Eran las circunstancias e hice cosas que en circunstancias normales por ahí no hubiese hecho, en términos de qué posición tomar o de cierta cosa terminante».

Con estas declaraciones el editor jefe del diario Clarín, Julio Blanck, en julio del 2016  reconoció el proceder de su medio periodístico para enfrentar al gobierno de Cristina Kirchner durante y después de la sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual.

Toma el concepto de periodismo de guerra para describir la guerra mediática que lleva a un medio de comunicación o grupos de medios a enfrentar a un gobierno. Hay otro periodismo de guerra, el que protagonizan esos reporteros, fotógrafos, noteros que ponen en riesgo sus vidas, expresan sus sueños, conectan con sus temores en esos campos de batalla para hacer su trabajo periodístico y dar testimonio en tiempos difíciles.

El desenlace esperado

Todo empieza a enrarecerse. Quienes daban vuelta la cara para no ser entrevistados comienzan a gritar pidiendo que se vaya. Los que como distraídos argumentaban alguna explicación casi sin sentido de porqué estaban ahí, tratando de cuidar alguna forma, comienzan a propinar insultos.

Cuando el pibe de Rappi lo insulta fuerte, se da vuelta y comienza a caminar hacia Avenida Corrientes. Javier con la cámara lo sigue. Saben ambos que sólo la transmisión en vivo puede disuadir a los agresores, aunque ya están dudando.

La distancia al otro lado de la calle parece infinita. Ya es demasiado tarde, lo empiezan a golpear, es un linchamiento y disfrutan de lo que está sucediendo, hasta conceden que sea filmado y transmitido en vivo para que aprendan y no lo vuelvan a intentar.

Le pegan porque defienden la libertad de expresión, pero solo para los que están de su lado.

Se siente Rodolfo Walsh o aquel reportero gráfico esquivando las bombas en las calles de Madrid en medio de la guerra civil española. ¿Cómo se llamaba? Robert Capa.

Siente la forma del pié de su agresor en las costillas, sabe que la adrenalina está impidiendo que registre el dolor en toda su dimensión, no suelta el micrófono. Todavía debe dos cuotas de la tarjeta y no lo va a perder antes de terminar de pagarlo.

Se cae dos veces, se incorpora no quiere terminar como Fernando Báez Sosa con los Rugbiers en Villa Gesell. Le causa hasta gracia su propia ocurrencia. ¿Cómo puede causarle gracia en medio de esa situación? ¿Cómo puede compararse con ese pobre pibe que lo terminó matando una patota?, ¿Cómo puede acordarse del aquel fotógrafo en Madrid hace casi un siglo?

Algunos lo defienden, otros tratan de desarmar la golpiza, los menos. Ezequiel sólo atina a esconder la cabeza entre los brazos, mirar hacia algún destino seguro y soportar los golpes en las costillas, las patadas, los insultos. No hay un solo policía. Tierra liberada.

Divisa la puerta de un drugstore, un kiosco de esos importantes con autoservicio y mucha mercadería donde no van a atreverse a seguir golpeándolo y persiguiendo. Ya está adentro cuando se da cuenta que también funciona al fondo un sex shop. Podría haber una librería especializada en cualquier cosa pero justo hay un sex shop.

Sus presunciones de razonabilidad en cuanto al cese de hostilidades por encontrarse dentro de un comercio privado son absolutamente erróneas. Continúan los golpes e insultos aún adentro del negocio hasta que un empleado de seguridad privada logra sacar a los agresores del negocio y bajan la persiana.

Todo lo que sigue es onírico. La horda continúa la guardia fuera del comercio, golpeando la persiana y reclamando la cabeza del periodista. Nada tiene sentido todo parece impostado desde la furia de esa treintena de manifestantes dispuestos a todos, mientras unos pocos cientos de personas continúan celebrando la gesta independentista con un incomprensible sentido destituyente del otro lado de la calle; hasta la llegada tardía de la policía de la ciudad a la que se le dificulta entrar al negocio por los manifestantes; hasta el rol  de Ezequiel Guazzora que no sabe que cuando baje la adrenalina, no podrá moverse del dolor de todo el cuerpo y sigue transmitiendo por streaming su propio linchamiento, a modo de reality.

Lo único real es el sustrato de violencia que tiñe todo.