El discreto encanto del Coronavirus

Por Luis «Lule» Padín

El planeta baila al compás de un virus desconocido, cuyo origen, alcance y desenlace todavía resultan una incógnita. El presente se tiñe de incertidumbre, y el futuro, más que nunca, lleva el sello de lo impredecible.

La re-configuración del mundo que, inevitablemente, sobrevendrá una vez que pase la tempestad, tiene final abierto, y su conformación definitiva dependerá de múltiples factores, entre los que el accionar de los pueblos, sin duda, ocupará un rol destacado. La profundidad del cambio solo podrá dimensionarse en perspectiva histórica; sin embargo, algunas de las batallas por venir empiezan a asomar en nuestros días.

Una de las variantes posibles es que la crisis sanitaria a la que asistimos, que conjuga sistemas de salud colapsados, fronteras cerradas, economías devastadas y, fundamentalmente, temor y desconsuelo a lo largo y ancho de toda la superficie terrestre, cargue también consigo, como efecto colateral anhelado, la singular virtud del desengaño.

Así como los golpes duros de la vida derriban a pedradas la placidez de la inocencia temprana, y obligan a iniciar el duro tránsito hacia el crecimiento, sería esperable, y ciertamente deseable, que el drama cotidiano en que hoy se encuentran inmersas las distintas sociedades, que  viaja en tiempo real y se multiplica por millones al ritmo frenético de la revolución de las pantallas, permita, superada la parálisis inicial, desgarrar el velo que posibilita la pervivencia de un sistema económico que, como condición de existencia, y a ritmo vertiginoso, devora vidas humanas y recursos naturales.

El COVID 19 ha dejado en total descubierto, a los ojos del gran público, la insensibilidad y fragilidad de un modelo de acumulación que, impuesto a sangre y fuego en prácticamente todo el concierto de naciones, encuentra su única razón de ser en la obtención de ganancias, sin más lógica que la que impone la maximización de la tasa de beneficio.

La economía de mercado, relegando los derechos fundamentales al texto frío y lejano de los grandes tratados y declaraciones, niega al hombre y su centralidad, fomentando la explotación de miles de millones de seres humanos por parte de unos pocos, cuyos rostros se ocultan tras los muros de las casas matrices de las corporaciones que se han alzado con el dominio de la tierra.

El capitalismo, que acudiendo a una fenomenal maquinaria comunicacional ha logrado adormecer la capacidad de reacción de millones de seres humanos, en su búsqueda incesante por mayor rentabilidad no vacila en depredar la naturaleza y en condenar a la miseria a continentes enteros, sea mediante la asfixia económica, sea mediante la incursión armada que, generalmente, culmina con el alejamiento de las potencias invasoras una vez impuesta una minoría autóctona que garantiza la provisión de los recursos estratégicos que, pese a la justificación brindada, constituyeron la causa real del conflicto.

La responsabilidad del gran capital se diluye con el auxilio del aparato propagandístico, y el saldo de vidas devoradas, infancias desgarradas, y pueblos sumergidos en la pobreza más extrema, es atribuido a la mala administración de los explotados que, para su desgracia, contarán con el asistencia de los organismos de crédito internacional, que barrerán cualquier intento de desarrollo autónomo a través de la imposición de medidas económicas y fiscales diseñadas a la medida de los intereses de las potencias hegemónicas.

Bajo los escombros del muro yacen los textos que analizaron y cuestionaron agudamente el sistema de acumulación basado en la más brutal explotación del hombre por el hombre, y que desde el mismo momento de su nacimiento derrocha sangre, muerte y desolación.

Tal como describiese el genio de Karl Marx en el capítulo XXIV del libro primero del Capital, el exterminio de los pueblos de ultramar y el despojo de sus riquezas mediante la violencia más atroz, el saqueo de las Indias Orientales, la conversión del continente africano en cazadero de esclavos negros, tanto como la disociación entre el productor directo (obrero) y los medios de producción, operaron como puntapié inicial para la aparición y desarrollo del capitalismo. Ambos sucesos posibilitaron el nacimiento del sistema desde las entrañas mismas de la sociedad feudal, ya en abierta descomposición, en tanto permitieron la disposición de fabulosos ingresos provenientes de la conquista, cuyo saldo en vidas humanas se cuenta por millones, y la captación de una gran masa de trabajadores que, despojados de toda propiedad, sin ataduras territoriales, y desprovistos de las precarias garantías que la sociedad feudal les aseguraba, solo contaban con la fuerza de sus brazos para ofrecer en el mercado.

En este escenario, el obrero libre concurre al mercado a ofrecer su fuerza vital como único bien disponible, y el poseedor del capital la adquiere mediante el pago del salario, destinado a la subsistencia del trabajador y de su grupo familiar. La utilización de la fuerza de trabajo (su consumo), posee la peculiaridad de generar mercancías cuyo valor es superior al precio del salario abonado por el capitalista, es decir, que el trabajador no recibe la totalidad del producto de su trabajo, de sus beneficios.

El salario no retribuido, constituye la ganancia del capitalista y permite la reproducción del sistema, cuya lógica de funcionamiento determina, a su vez, la imposibilidad del obrero, individualmente considerado, de pactar condiciones dignas y equitativas de labor, pues mientras que para el dueño del capital la necesidad de contar con fuerza de trabajo se limita a la cobertura de requerimientos de producción, para el trabajador lo que está en juego es la propia existencia, dado que para sobrevivir deberá necesariamente integrarse en una organización empresaria total o parcialmente ajena. De ahí, justamente, el hecho de que los trabajadores se encuentren disponibles en masa en el mercado, implorando por un empleo en las puertas de las fábricas y/o comercios. La aceptación de determinadas imposiciones patronales, aun ilegales, siempre es preferible al drama del desempleo, que conduce, sin escalas, a la muerte social. No hay trabajador que desconozca esto.

Sobre el punto, cabe resaltar que la forma en que se ha legitimado la apropiación del trabajo humano a lo largo de la historia dista de constituir un proceso lineal o exento de contradicciones, y su desarrollo adecuado excede el objetivo del presente trabajo. Por tal motivo, en una entrega posterior se analizarán con mayor detenimiento sus características salientes, como así también se abordarán los distintos mecanismos implementados para poner un freno a la sobre- explotación de la mano de obra, con especial mención a la lucha encarnizada que los trabajadores han protagonizado, para llegar a la consagración de los derechos de los que hoy gozamos.

Volviendo al tema que nos convoca, una vez desarrollada la industria a gran escala en los países centrales, las metrópolis retornarán a la periferia para la colocación de los productos manufacturados, como así también para la captación de materias primas baratas, necesarias como insumo para la actividad industrial y para la alimentación de la mano de obra intensificada.

Dicho mecanismo ahogó toda posibilidad de desarrollo industrial autónomo de las –según el caso- colonias, semi-colonias, o ex-colonias, condenándolas a la primarización de su economía, orquestada conforme las necesidades de la metrópoli. Su extensión el tiempo, por otra parte, inexorablemente condujo al deterioro de términos del intercambio, donde las economías dependientes cada vez debieron destinar mayores esfuerzos para acceder a igual volumen de productos extranjeros.

El ciclo se cierra con la colocación del excedente financiero en los países emergentes, de modo tal que la sangría de divisas de la periferia al centro se perpetúa, y la deuda externa aparece como una compañera de ruta constante de las economías pobres del mundo, que se ven obligadas a destinar importantes recursos al pago de intereses y vencimientos de los distintos compromisos asumidos, las más de las veces, por una dirigencia corrompida.

La colocación de bonos de deuda pública termina convirtiéndose en un mecanismo habitual de financiamiento de los estados empobrecidos, y en reiteradas ocasiones no pasan de constituir meras operaciones contables, en las que el dinero ingresa al país y parte prácticamente en el mismo acto, contado a tal efecto con una poderosa ingeniería jurídico-financiera que, como es de prever, proporciona suculentas ganancias a los representantes locales que participan en la entrega y a los bancos intervinientes.

A su vez, adquieren relevancia estelar en la materia los organismos internacionales de crédito (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, etc.), que obligan al país tomador del préstamo a la adopción de políticas de ajuste y contracción del gasto público que, sin excepción, condenan a importantes sectores de la población a la pobreza e indigencia.

En este complejo escenario, la cesación de pagos está a la vuelta de la esquina, y aquellas administraciones locales que, con sentido patriótico, lleven adelante procesos de re-estructuración de deuda, serán ferozmente atacadas por los sectores concentrados de la economía, al tiempo que deberán lidiar con la presión y avidez de los grupos que, habiendo adquirido a valor de remate títulos de deuda en default, en momentos en que el país comienza a dar muestras de recuperación económica, precisamente por haberse librado del yugo de la deuda, exigirán en sede judicial extranjera una suma que excede con creces el capital invertido en la adquisición.

Vale destacar que, aun cuando las distintas realidades nacionales imprimen sus particularidades al mecanismo del saqueo que, en apretada y simplificada síntesis, fue anteriormente descripto, los rasgos salientes son compartidos.

En el caso argentino, un mínimo repaso por los hechos que han surcado nuestra historia, desde el manejo británico de los principales resortes de la economía y la implementación del modelo agro-exportador, hasta la dilapidación del patrimonito público en el proceso de privatizaciones, y el ciclo de endeudamiento, fuga de capitales y sometimiento a los dictados del FMI, son prueba palpable de lo expuesto, y permiten constatar, dramáticamente, sus devastadores efectos sobre el tejido social, especialmente sobre los sectores más vulnerados de la población.

Por lo demás, la economía de mercado promueve el individualismo y exacerba abiertamente el egoísmo de los pueblos. Devenidos en consumidores, y descreyendo de los proyectos colectivos y de la política como herramienta de transformación y cambio, los integrantes de la comunidad, especialmente los sectores medios urbanos -más permeables a la batería propagandística impuesta por los hacedores y/o beneficiarios del saqueo- asumen como verdad inobjetable que la realización económica y la concreción de sus proyectos, encuentra directa y excluyente vinculación con el propio accionar.

En un mundo libre y rebosante de oportunidades, el éxito o el fracaso solo puede medirse en clave individual, y en función del esfuerzo realizado para alcanzar el cometido.

La promoción de la cultura del mérito propio como llave de bóveda para la obtención de los beneficios del sistema, la imagen complaciente del que logró pertenecer y acaricia las mieles del desarrollo, oculta el rostro de los millones que jamás accederán a nada más que a la marginación, que cargarán toda su existencia, generalmente corta, con el estigma de no pertenecer o, mejor dicho, no haber sabido pertenecer.

Los destellos de la televisión aíslan al ser humano del dolor de la vida, y posibilitan la subsistencia gris alejando todo asomo de lectura crítica, que pueda llegar enturbiar el disfrute del calor hogareño.

La infamia se naturaliza, y las grandes tragedias de los desamparados pasan a integrar la trama diaria. Una niña estuvo tres días perdida en el bosque, con sólo cuatro años logró sobrevivir gracias a la ingesta de raíces de un árbol tropical. Ternura. Triunfo de la vida. El mar embravecido devora las almas de los saqueados, las olas arrastran hasta la orilla dos cuerpitos infantiles que tendrán cristiana sepultura en la Europa rica. Espanto. Indignación. Un obrero desempleado encuentra una valija con más dinero del que verá a lo largo de su sacrificada existencia, la devuelve sin dudarlo a su legítimo dueño, que lo recompensa con un trabajo en su constructora. Honestidad. Valores. Ojos suplicantes de los niños desnutridos. Desazón. Abatimiento. Pero hay más, porque el mundo gira y la noche de TV es inagotable. Dos figuras del espectáculo unen su camino en sagrado matrimonio, todavía hay gente que cree en el amor. Los fuegos de artificio de su fiesta de etiqueta se asemejan a las luces que surcan la noche en el oriente medio, las finas burbujas del Champagne premium se mueven a toda prisa, tal como seguramente harán, en el mismo instante, quienes huyen de su casa dejando tras de sí los restos de lo que, hace apenas unos instantes, supo ser alguna parte del cuerpo del ser amado.

El COVID 19 trastoca la indiferencia reinante. Diciembre de 2019 y el extraño virus en la lejanísima China quedó atrás. El riesgo se materializó, traspasó la pantalla Led y golpea la puerta. El virus perfora fronteras, no distingue clase social ni paisaje, viaja en primera o en turista, en furgones pestilentes o en camisas de seda. Da igual, porque la humanidad es su víctima potencial, aunque con un ingrediente adicional, esta vez la mira también apunta al occidente próspero.

El flagelo de moda no detiene su avance frente a la suficiencia de los pudientes, y siquiera tiene la deferencia de sus primos pobres -paludismo, cólera, dengue, afecciones diarreicas, intoxicaciones alimentarias, malnutrición, tuberculosis, sida, infecciones por falta de salubridad, muertes en parto por afecciones prevenibles, etc., etc.-, que anualmente devoran millones de vidas, pero moran allí donde el sol no alumbra.

Su avance impiadoso no se reconoce límites. La Europa culta y la imponente Nueva York también caen a su paso, y nuestra América sufriente, tantas veces mancillada, espera en alerta máxima el despliegue de toda su ferocidad.

Para complejizar aún más el panorama, la vida en sociedad, aún con su segmentación social y racismo a cuestas, conlleva a la interdependencia y a la colaboración entre sus miembros. La cooperación social entre los diferentes integrantes de la comunidad, es requisito para la subsistencia misma. Y la peste baila con todos.

La reclusión eterna es económica y socialmente inviable, y siquiera alcanza para permanecer inmune a la amenaza, pues la necesidad de consumo de productos básicos imposibilita la falta de interacción con el exterior.

El COVID 19, viene, entonces, a desempolvar una verdad olvidada, extensible a todos los ámbitos en los que el ser humano se desenvuelve: la salvación es colectiva, y el sendero de la solidaridad es la única vía transitable.

Las acciones individuales de cuidado repercuten tanto en la propia persona como en la comunidad, mientras que la indiferencia y/o falta de conciencia sobre las consecuencias de las propias acciones, por el contrario, comprometen no solo la supervivencia individual, sino también la de los restantes miembros de la comunidad, poniendo en riesgo, inclusive, al grupo afectivo del apático.

Y si como lo antedicho no bastara para mover del lugar del confort en que se encuentran quienes no forman parte de los 1.300 millones de pobres que habitan la superficie terrestre, de los cuales la mitad son niños, o la de quienes no pertenecen al 50 % de la población mundial que no tiene acceso a los servicios de salud esenciales, la forma de propagación del virus viene a demostrar que la desgracia ajena, del otro ignorado y empobrecido, de aquel que sin dudas cargará con la peor parte en esta historia, esta vez tiene directa incidencia en el destino personal.

El Estado y sus trabajadores, defenestrados por un discurso que ha bregado hasta el cansancio por una Administración únicamente limitada a garantir el libre juego de las fuerzas del mercado y, en lo que hoy nos atañe, por servicios sanitarios disponibles sólo para quienes pueden pagarlos, emergen como la figura destacada en la pandemia.

Y, para convencer suspicaces, las abrumadoras cifras de los muertos de los países en donde el neoliberalismo caló más profundo, en donde el sistema privatista se enraizó con mayor ahínco, contrastan con las de aquellos que han luchado, con mayor o menor éxito, por el mantenimiento de un sistema de salud público que cubra a todos los habitantes.

Así es como, por imperio de una realidad acuciante, que esta vez llega vestida de catástrofe, los pueblos del mundo comprueban el valor prioritario e insustituible del Estado, único capaz de garantizar planes de salud integrales para la totalidad del pueblo, tanto como de articular políticas que, superando la lógica de la mera especulación rentística, aseguren condiciones dignas de existencia para el conjunto.

La urgencia de la hora impuso una disyuntiva no exenta de complejidad, expuesta con meridiana claridad por el presidente argentino en la reunión virtual del Grupo de los 20: o se prioriza la vida o se prioriza el mercado.

Sería aventurado afirmar, en el momento actual, que la pandemia dejará tras de sí un mundo en el que el amor y la igualdad predomine en las relaciones entre ciudadanos y naciones. Tal como destacásemos al inicio, comienzan a librarse algunas batallas, y el final es incierto.

En nuestro terruño, de hecho, no han sido pocos los intentos para invertir el orden trazado por el titular del Poder Ejecutivo, que no casualmente se enrola en la corriente política que ha luchado con mayor intensidad por la erradicación de las injusticias sociales del suelo patrio. En esta oportunidad, la provocación vino de la mano del grupo Techint, que, haciendo gala de la más cruda indiferencia por la situación de sus trabajadores, procedió a despedir a más de un millar de obreros aduciendo la paralización de obras.

Frente a la reacción presidencial, que tildó de miserable el proceder del dueño de la mayor fortuna nacional e instó a los sectores de privilegio a ganar un poco menos en la coyuntura de la emergencia, prestamente vieron la luz operaciones de diverso tipo y color, orquestadas por grupos de interés perfectamente definidos, y que contó con la  activa participación de quienes destruyeron la economía y esperanza del pueblo argentino en solo cuatro años de robo y despilfarro obsceno, y con la entusiasta colaboración de los sectores medios urbanos, siempre dispuestos a identificar sus intereses con los de sus verdugos.

En este marco, circularon panfletos digitales convocando a la desobediencia impositiva, con el objeto de desfinanciar al Estado en momentos en que su necesidad se hace más evidente que nunca, y se escuchó el sonoro retumbar de cacerolas, reclamando la reducción del salario de la clase política, precisamente cuando, la acción coordinada de funcionarios nacionales, provinciales y aun municipales, bajo la conducción firme del Presidente de la Nación, ha permitido hacer frente a la tragedia en forma diligente y responsable.

La reacción a las políticas públicas desplegadas en estas semanas vertiginosas, no es sino una muestra superficial de la lucha subterránea que está teniendo lugar en virtud de la opción planteada por Alberto Fernández, y que, presumiblemente, se irá agudizando en las jornadas venideras, por cuanto lo que está en disputa, cuanto menos en esta instancia preliminar, es sobre qué espaldas debe recaer el peso de esta crisis fenomenal, que tiene en vilo al mundo.

El Decreto de Necesidad y Urgencia que dispuso el aislamiento obligatorio de la mayoría de los trabajadores y trabajadoras de la Argentina, dejó absolutamente en claro el derecho de los mismos al goce íntegro de sus ingresos habituales.

A su turno, el DNU 329/2020 prohibió a los empleadores, por el término de 60 días, despedir sin motivo, y despedir o suspender trabajadores y trabajadoras por razones económicas o de fuerza mayor.

Ambas normas reposan en un estricto sentido de justicia y solidaridad. La pérdida del empleo o del salario, supone una auténtica calamidad para quienes solo pueden acceder a los bienes y servicios producidos por la sociedad mediante la venta de su fuerza de trabajo. Y lo es más aun en un contexto como el actual, en donde el aislamiento obligatorio, dispuesto por estrictos motivos de salubridad, imposibilita la reinserción laboral o, cuanto menos, la realización de actividades de subsistencia, que posibiliten llevar un plato de comida a la mesa familiar.

La medida gubernamental, vale insistir, es de extrema justicia, y pone de relieve que, a diferencia de lo que aconteció durante el desgobierno del PRO, que rendía culto al sacrificio popular, esta vez el mayor esfuerzo ha de requerirse a los sectores que, gozando de una situación económica más holgada, tienen mejores posibilidades de afrontarlo, aunque ello suponga resignar ganancias.

Ahora bien, con independencia de las cuestiones atinentes al escenario puramente doméstico, lo cierto es que las acciones que los distintos gobiernos lleven adelante en estos tiempos complejos, tendrán directa injerencia en la conformación del mundo por venir.

Los tiempos que se avecinan, prometen complejidad, pujas de interés, acuerdos y discordancias, y el auténtico desafío radicará en que las políticas a adoptar, no releguen los valores y principios que la pandemia obligó a reeditar.

El mundo actual se ha convertido en un lugar inhóspito para buena parte de los seres vivos que lo habitan, y requiere su urgente re-configuración. Un primer paso, necesariamente, consiste en sumar a la infamia que marca la existencia millones de seres humanos, la toma de conciencia de la misma, indagando sus causas, y trabajando mancomunadamente para la erradicación de las múltiples privaciones que condicionan el desarrollo pleno de individuos y países.

La emergencia humanitaria que transitamos ha venido a demostrar la incapacidad de la economía de mercado para dar respuesta a una crisis que la tiene como principal responsable, como así también que no hay salida que no pase por la igualdad y la solidaridad entre pueblos y naciones.

La disyuntiva que se presenta al mundo augura un horizonte de esperanza y lucha: entre la economía de mercado y la vida, la vida. Digna y para todxs.