(El día que) mataron a Alberto Fernández

Por Claudio Posse.

Una y dos mil veces escuchamos decir que el presidente de la nación no tiene el suficiente poder para realizar tal o cual acción, no tiene la relación de fuerzas para administrar tal o cual gestión de la administración pública o, simplemente, es un títere de una mujer o de un grupo empresarial.

Es que a Alberto Fernández lo intentaron matar con una velocidad nunca antes vista en un presidente en ejercicio en nuestro país.

El título de ésta editorial se inspira en la novela de Dalmiro Sáenz y Sergio Joselovsky, “El día que mataron a Alfonsín”, una ficción que trabaja narrativamente sobre el magnicidio del presidente surgido del Partido Radical en pleno ejercicio de sus funciones, en 1985, y cuando su nivel de popularidad estaba en su pico más alto. Lo más interesante de la novela es la descripción de un sector de la sociedad al verse desposeída de su líder coyuntural.

Pero lo que me hizo llegar a una intersección entre la Novela de Dalmiro Sáenz y el Presidente Fernández fue la repetición permanente que existe en nuestro país de intentar limitar las posibilidades del presidente en funciones de generar una política independiente de los intereses cada vez más ambiciosos del establishment, clase dominante, dueños de las grandes fortunas o como ustedes gusten llamarlos (a mí me gusta describirlos como el “Poder Real”).

Veamos cómo funciona este esquema de reducción del poder de los líderes surgidos de la voluntad popular y de la construcción política, pero para esto debemos ponernos en la piel de ese “Poder Real” y entender que son argentinos sin ninguna clase de amor a su Patria (quizás se le caiga algún nacionalismo chauvinista a alguno), menos aún algún atisbo de amor al Pueblo (alguno quizás haga alguna donación o caridad para quedar bien socialmente o para ganarse su porción de “cielo) y menos aún el amor al prójimo (ni siquiera profesan ese cariño casi lógico con el que conviven cotidianamente). No será fácil la tarea porque para ser del “Poder Real” tenemos que desprendernos de todos nuestros afectos y creencias, debemos desprendernos de la construcción cultural histórica que nos forja como seres con derechos y ambiciones colectivas. Porque en el Poder Real no existe la construcción colectiva, todo lo que se obtiene es individual y esa acumulación es parte de la especulación que les permite sobrevivir. Ustedes me dirán que mi posición es un tanto absolutista o extrema, pues no mis amigos y amigas, es sencillamente así, los integrantes de esa casta son tan individualista que deben ter problemas hasta con su propio ombligo.

Entonces, ya con la piel de ellos en nuestro cuerpo, pensemos como ellos. Imaginaban una reelección de Mauricio Macri. No se le dio. Cuando Cristina Fernández se corrió de la pelea presidencial y eligió a Alberto como su candidato, respiraron aliviados porque pensaron que habían matado a Cristina, inmediatamente se preocuparon… no les gusta mucho matar metafóricamente (los hace sentir inseguros). Asume Alberto y se viene, casi inmediatamente, el Covid 19 y la Pandemia y con ella la cuarentena. Todo era Unidad Nacional (¿se acuerdan?, pasó solo hace 100 días), Alberto en el centro, Kicillof a la izquierda y Larreta a la derecha. Ideal para el “Poder Real”. El centro tan deseado. Pero, amigos y amigas, el centro no existe: o concentras la forma de extraer la riqueza y su distribución o… Revolución, para todxs todo.  Bien, acá amerita alguna aclaración con respecto a las palabras elegidas. No estoy dispuesto a relegar expresiones o terminologías porque parecen “pasadas de moda”, a mí me entender es necesario una revolución, la formas, los medios y el objetivo de la misma es una discusión permanente y constante. Pero es parte del juego del “Poder Real” eliminar palabras de nuestro vocabulario, a saber: Revolución, Oligarquía, Pueblo, etc. Si nosotrxs estamos dispuestos a dar la batalla por las palabras estaremos dando un paso fundamental en la construcción de una identidad colectiva que nos haga avanzar como Pueblo y como comunidad.

Sigamos con “la muerte de Alberto Fernández”, luego de esa luna de miel entre todos los sectores políticos durante la primera etapa de la pandemia emergió la realidad cruda: Necesitamos dólares para, como país, sobrevivir a un mundo hostil producto de la una circunstancia un tanto casual, la paralización de la economía mundial y la restricción de la tranza de las mercancías que imposibilitan proveer como seguirá funcionando loa sociedad global. En tanto, en nuestra aldea el Frente de Todos, que detenta el poder político, sugirió la posibilidad de mandar un proyecto de ley para gravar a 12 mil personas una especie de impuesto por única vez que permitiría recaudar unos 2500 millones de dólares. Y en ese instante empezaron las operaciones del indignado “Poder Real”.

Alberto Fernández dejó de ser un hombre de consensos y se transformó en un títere de Cristina. Se corrió del centro a la izquierda para ellos es inaceptable. Y luego vino la intervención a Vicentín y la idea de la Ley de expropiación y ahí ya estábamos cerca de ser Cuba en 1959, claro… para el “Poder Real”. Ninguna de las dos leyes aún salió a la luz. El Estado argentino (es decir, todxs nosotrxs) no dispone (mos) de los 2500 millones de dólares y no controla (mos) una empresa que nos permitiría tener algún control sobre la agroindustria.

Entonces, está todo listo para atentar contra la vida del Presidente. Ya lo hicieron en varias oportunidades. Lo intentaron con Perón. Allá por 1945, Juan Perón recibió al embajador de USA, Spruille Braden, quien le llevó una suerte de «pliego de condiciones», terminando su ofrecimiento le dijo: “Créame señor presidente, que si usted hace todo esto será muy bien considerado en mi país”, Juan Perón le contestó: “Vea señor Embajador, a mí no me interesa ser muy bien considerado en su país al costo de ser un hijo de puta en el mío”. Ahí tienen un atentado contra la vida del general. Matar las ideas y el compromiso de administrar la cosa pública en función de un país justo libre y soberano. Como no pudieron intentaron matarlo físicamente bombardeando la plaza de mayo. Como no pudieron intentaron matarlo con el destierro. Como no pudieron esperaron su muerte natural para matar el movimiento que había construido y desapareciendo a 30000 compatriotas. Muerte, tortura, fusilamientos y todas las aberraciones que nos imaginemos. Todo utilizó el poder real guiado por la avaricia de sus intereses individuales.

Luego, en 1983 llegó un NO peronista al gobierno elegido por el Pueblo, Raúl Alfonsín. Y al principio el Poder real estaba contento, se había acabado el peronismo. Pero Alfonsín no era de ellos, ¿Grinspun en el ministerio de economía? Y el Poder Real comenzó con los atentados. Y utilizó todas las herramientas que tenía en sus manos, la iglesia, el poder económico concentrado y… Clarín. Ojo, el campo Popular también convive con sus contradicciones y, es muy probable, tendría que haber entendido el contexto que se vivía en la época. Dalmiro Saenz escribió “El día que mataron a Alfonsín” en 1985. Lo mataron en 1989 luego de un “golpe de Mercado” que dejó a la Argentina devastada.

Después llegó Menem. El miedo que tenía el Poder Real con la estética del patilludo, no soportaban ver a un provinciano, a un hombre del interior, subido en un auto con sus largas patillas y su pelo largo, emponchado andando por Av. Callao ante la mirada atónita de las señoras de barrio norte. Asumió, aplicó las políticas económicas del Consenso de Washington, se sentó con el Poder real y les entregó la Argentina, hasta una marcha a favor le hicieron y llenaron la plaza de mayo. Una bendición para ellos. Pero antes de cumplir con su primer mandato, el riojano empezó a ser fustigado. A punto tal que cuando triunfó electoralmente y consiguió la reelección, Menem en su discurso dijo: “Le ganamos a los medios”. Él mismo se los había entregado con la privatización de los medios públicos allá por 1989. Y acá detengámonos un momento, ¿por qué estarían en contra de un hombre que les dio todo? se suele decir que la burguesía argentina atenta contra sus propios intereses.

Sin querer entrar en la discusión dialéctica de si existe o no una verdadera burguesía en nuestro país, queda claro que el sueño de José Ber Gelbard de una Burguesía Nacional que defienda los intereses de nuestro país quedó truncado por… sí, adivinaron, por acción del Poder Real (lean por favor el libro de María Seoane, EL BURGUÉS MALDITO).

Lo cierto es que los empresarios y la oligarquía en nuestro país no se mueve como un grupo corporativo, son individualidades que acumulan ganancias personales sin importarles absolutamente nada más que su bienestar personal, se juntan con el solo propósito de seguir reproduciendo un sistema que los hace cada vez más ricos sin tener ninguna conciencia de clase. Es ambición por la ambición misma. Lo que si valoran es su condición de dominación cultural, ahí si funcionan como grupo casi automáticamente. Menem para ellos siempre fue un negrito del interior.

Y después llegaron Néstor y Cristina. La Argentina creció después de quedar en la ruina. Y el poder real se vio muy beneficiado, pero no pueden con su genio. Odian al Pueblo. No pueden ver y sentir que se distribuye un poco mejor. Y atentaron una y otra vez contra Néstor y Cristina.

Después llegó Macri e hizo un desastre, no lo voy a enumerar porque es harto conocido, lo cierto es que muchos de los que forman parte del Poder Real perdieron mucho en los cuatro años del macrismo, los escuchaba ilegalmente y hasta preso los quiso meter, sin embargo, van corriendo a conspirar con el ex presidente para atentar contra Alberto y su gobierno.

Los del Pueblo aprendemos de la historia, quizás más lento de lo que muchos de nosotros quisiéramos, pero así es la construcción colectiva, permanente y prolongada. Lo importante es saber que tenemos que sostener este gobierno sin miramientos, sin dudas y sin obsecuencias. Porque cuando cae un presidente de los nuestros caen millones de argentinos en la indigencia y en la pobreza y el Poder real siempre ganará y se fortalecerá.

La muerte suele tener diferentes caras, una de ellas es la muerte biológica pero la peor de todas es la muerte ideológica. Confío que nuestro presidente siga vivo y que la muerte de las ideas nunca le llegue, aunque el Poder Real siempre, todos los días, intentará algún atentado.