El desclasado

Por Sebastián Ruiz.

El que nunca fue un desclasado, que tire la primera piedra.

Recuerdo el día que cobré mi primer sueldo, a los 15 años. Era un joven metalúrgico con buena proyección, jugaba carreras conmigo mismo para superar mi marca de producción. Igual, ya pensaba en el cambio de rubro: quería entrar a trabajar en Mc Donalds. ¿El motivo? Que podías entrar a los 16 años y, siempre en un marco de precarización laboral, te ponían «en blanco». Al menos esa era la bola que se corría, nunca lo comprobé porque mi destino sería otro. Sigo vivo, aclaro por si le entra la duda.

Cuestión que apenas cobré, crucé al almacén de enfrente y me compré una Cindor de litro. Cobraba tan poco que creo que me fiaron unos pesos.

Podría haberme comprado una lata de cerveza, dos panes y 100 de salchichón primavera, pero lo urgente es prioridad. Debía marcar la diferencia y hacer algo que hace la gente de plata.

Dirá usted: «la gente de plata hace otras cosas«. Bueno, me alcanzaba hasta ahí. No olvide que conocí el mar a los 24 años, fue muy de a poco la cosa. Cuento esta porque, creo, fue mi primer desclasada.

Tomar una Cindor para alguien que toda su vida tomó chocolatada a base de SuperKao, era un acto de rebeldía tremendo. Una patada voladora en la nuca a la pobreza.

No me venga con eso de «ah, sí, como el Zucoa, ¿no?», porque no tiene nada que ver con el Zucoa. El SuperKao salía mucho menos, se notaba en la calidad. Estoy seguro que tenía más azúcar que cacao. Le tenías que poner 7 cucharadas más o menos para que tenga gusto a algo. ¿El color? Quedaba gris la chocolatada. Pero la frente re en alto, eh. Mi desayuno, merienda y algunos días cena. Reivindico y banco a las trompadas el SuperKao, porque cuando no había nada, estuvo ahí.

Me jugué e hice la adquisición. Salí de cayetano caminando para casa, escondiendo el cartón de chocolatada para que ninguno de mis compas me manguee. Ellos estaban re en otra empinando unos fernanditos. Pero igual, mirá si a alguno de esos negros de mierda le pintaba pedirme un trago. Que se lo compren con su guita, a mí que no me jodan.

Llegué a mi casa y mis hermanos me carancharon en el camino. Dos tragos le pegué a la Cindor antes de que me la arrebaten. «¡Respeten la propiedad privada!«, les grité mientras forcejeábamos. Les dí la mano y me agarraron del hombro. Así son.

Qué ganas de tomar una Cindor. La próxima, me la tomo en la puerta del almacén.