EI silencio no es mi idioma: “Todo lo otro…”

Por Lucía Braggio.

“¡Esto es una mierda!” soltó Gustavo para terminar de una buena vez con una pregunta estrambótica que yo intentaba formularle.

Después de cursar todos los sábados durante dos años, tuve que hacer y presentar un trabajo de investigación (o “de campo”) para aprobar la Especialización Superior en Educación en Contextos de Encierro (un montón de palabras importantes con mayúscula que de nada me sirvieron porque los aprendizajes “de verdad” fueron y son junto a tantes otres en el pensar y hacer cotidianos… en fin, en una sociedad burócrata y meritocrática el “papelito” sigue siendo importante). Por aquel entonces, elegí un tema (que hoy me cuestiono) y, durante algunas tardes, entrevisté a los mismos adolescentes que a la mañana eran mis estudiantes, como si el “cambio de turno” transformara los roles y los vínculos. Sí, ya sé, pero bueno, lo hecho, hecho está.

“la cárcel, el instituto, el encierro, es lo que las personas detenidas dicen que es. Siempre creemos y creeremos en su palabra. Nunca dudamos ni dudaremos de que esa palabra es la verdad sobre la que construimos nuestra intervención. Que duden los indiferentes, los necios, los injustos”, escribió Roberto Cipriano García para el libro “Sujeto de castigos”.

Salvo en lo de las personas “detenidas” (que yo prefiero/elijo/decido nombrar como privadas de su libertad e incluso le agregaría antes el adverbio circunstancialmente), todo lo otro es una verdad incuestionable que tengo grabada desde que la escuché en la presentación del libro en el que está escrita. Nunca más pude sacarla de mi cabeza: está todo el tiempo ahí,  a modo de alarma, preguntándome permanentemente quién soy yo para hablar (o escribir) sobre la cárcel, sobre lo que ahí sucede, sobre lo que padecen quienes la viven, desde adentro o desde afuera.

A veces intento disculparme argumentando que yo, en realidad, pienso y escribo sobre “la escuela” o “la educación” en los lugares de muchas rejas, o sea, mi trabajo… pero sé bien (y quienes me hayan leído también saben) que eso no es del todo cierto, porque no es sólo de eso sobre lo que he escrito, porque a veces sirvió de “excusa” para dar debates y sentar postura.

Hace 20 domingos que, gentilmente, Identidad Colectiva me presta espacio. Un espacio que comenzó con un sentido que con el tiempo se fue transformando: desmentir titulares, reponer ignorancia, deconstruir ficciones, doler en palabras una escuela que me faltaba (y me falta), visibilizar historias que nunca se cuentan, hacer preguntas, inscribir dudas, cuestionar certezas, discutir discursos, convocar a la reflexión crítica, invitar al debate.  

Ni cerca está la escuela que quiero que sea, pero la escuela que hoy es posible, me viene demandando más tiempo, cabeza y energía que al principio de estos 20 domingos. No es un Adiós porque siempre (si Identidad Colectiva lo permite) estaré volviendo para decir lo que muches quieran silenciar y visibilizar lo que se prefiera ocultar.  No para ser ni darles voz a quienes padecen el encierro que yo no. Estaré volviendo cada vez que sea necesario porque es una responsabilidad ética, profesional, ciudadana, política. Es un compromiso. Es una obligación. Es militancia.    

“¡Esto es una mierda!” interrumpió mientras yo intentaba proponerle comparar la escuela “del lugar con muchas rejas” con las otras que había transitado.

“La escuela no… ¿Qué tiene que ver? Vienen a enseñar, nada más…” Estoy convencida que dijo esto como una manera de pedirle disculpas a una maestra que le hacía preguntas y que, al día de hoy, piensa que un lugar, adentro de otro que es horrible, puede estar bueno o ser sano…

Y agregó: “Después todo lo otro es una mierda…”