Dime de quién es Crimea y te diré quién eres (última parte)

Por Christian Lamesa.

Durante el mes de abril de 2014, ciudadanos de las regiones de Járkov, Lugansk y Donetsk formaron cuerpos de autodefensa para proteger a los habitantes de estas regiones de los ataques de las milicias paramilitares ucranianas que habían comenzado a atacar las poblaciones de la parte oriental del país, por oponerse al golpe de estado que había derrocado al presidente Yanukóvich, donde se produjeron bombardeos sobre complejos de viviendas residenciales y todo tipo de crímenes de guerra.

Al mismo tiempo en Kiev, grupos de neonazis apaleaban en las calles a quienes escuchaban hablar en idioma ruso. Muchos ucranianos se resistían a permitir que los fascistas atropellaran su país y así fue como en la ciudad de Odessa, ubicada en la costa del mar Negro, se reunió un gran número de manifestantes antifascistas el 2 de mayo en la Plaza de Grecia, para expresar su oposición acerca de lo que estaba sucediendo en el país. Los neonazis de Pravy Sektor, armados con  armas de fuego, palos, hachas y cocteles molotov entre otras cosas, atacaron a los manifestantes opositores al golpe de estado. Tras varias horas de enfrentamientos, una parte de los manifestantes se refugiaron en la Casa de los Sindicatos, mientras eran perseguidos por sus atacantes, los cuales comenzaron a arrojar bombas incendiarias a través de las ventanas, provocando que el edificio ardiera en llamas. Según cifras oficiales fueron cuarenta y ocho los muertos durante la masacre, mientras que para los manifestantes los asesinados ascenderían a casi ciento veinte. Hay videos que muestran la crueldad y ensañamiento de los extremistas de derecha que disparaban con pistolas a los que trataban de huir del fuego por las cornisas del edificio y a los que caían sobre el pavimento, sí aún estaban con vida, los remataban aplastándoles la cabeza con mazos al grito de “¡Gloria a Ucrania!”.

El 25 de mayo, apenas unos días después de esta matanza, se celebraron las elecciones presidenciales. El país se encontraba profundamente dividido, una guerra civil ya se desarrollaba en el este, donde los grupos paramilitares amparados por el gobierno de Kiev, cometían y aun cometen todo tipo de atrocidades, limpiezas étnicas, violaciones y robos; todo esto con la complicidad de la Unión Europea y EEUU, que amenazaban con sanciones a Yanukóvich si reprimía a los extremistas del Maidán, mientras que el gobierno del oligarca Petró Poroshenko, ganador de las elecciones de 2014, bombardeaba ciudades enteras para doblegar a los ciudadanos ucranianos que se negaban y aun se niegan a que su cultura y sus tradiciones hermanadas a Rusia sean pisoteadas. El flamante presidente ucraniano llegó incluso a mantener sitiada en agosto de 2014, durante veintiún días a la ciudad de Lugansk, cortando el suministro de agua y electricidad a los civiles, provocando una auténtica catástrofe humanitaria. Resulta difícil pensar cómo es posible que todo un pueblo sometido a estas políticas genocidas, pueda desear estar bajo la soberanía del gobierno de Kiev, que los trata como a enemigos y los cataloga de terroristas, siendo que lo único que desean es vivir en paz y ser respetados. Por otro lado, para entender el nivel de anarquía en la que se halla inmersa Ucrania, basta con señalar que el gobierno pro occidental de Petró Poroshenko y del sucesor de éste, Volodímir Zelenski, quien es el presidente actual del país, permiten la existencia y la operación de milicias paramilitares y ejércitos privados, junto a las tropas regulares de las fuerzas armadas. Algunos de estos grupos irregulares, amparados por Kiev son: el Batallón Aidar, fuerza paramilitar integrada por voluntarios, la cual fue denunciada en septiembre de 2014, por la ONG Amnistía Internacional por casos de tortura, violaciones, robos y ejecuciones contra la población civil, entre otros crímenes. El Batallón Azov, compuesto por militantes del Pravy Sektor, del Partido Svoboda y también por mercenarios extranjeros. Esta unidad irregular tiene en su escudo un símbolo que era usado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, llamado “Wolfsangel”. El listado sigue con el Regimiento Dnipro-1, el cual es un verdadero ejército privado, financiado por el oligarca ucraniano Igor Kolomoisky. Amnistía Internacional también denuncio a esta organización por bloquear el paso de ayuda humanitaria a la región del Donbáss y robarla para su propio beneficio. El último grupo paramilitar es el Batallón Donbáss, que yo no dudaría en calificarlo como organización terrorista, debido a los métodos que utiliza y esto quedó demostrado cuando una misión de la ONU logró documentar una gran cantidad de crímenes de lesa humanidad que cometieron, especialmente contra la población civil.    

También es importante conocer lo que expresaba a través de una declaración oficial el Parlamento Europeo en diciembre de 2012, acerca de ciertos sectores políticos ucranianos de extrema derecha: “Estamos preocupados por el creciente sentimiento nacionalista en Ucrania, expresado en el apoyo al Partido Libertad (Svoboda), que, como resultado, es uno de los dos partidos nuevos que entran en la Rada (Parlamento); reiteramos que los puntos de vista racistas, antisemitas y xenófobos van en contra de los valores y principios fundamentales de la Unión Europea, y en consecuencia apelamos a los partidos prodemocráticos que no se asocien o formen coaliciones con este partido.” Resulta obsceno confirmar cuan poco solidos son los principios de los líderes europeos y como la conveniencia los puede modificar tan radicalmente, como para hacer que tan solo dos años más tarde, los más altos representantes de Bruselas le brindaran su total apoyo a los dirigentes “racistas, antisemitas y xenófobos” de Svoboda, tal como los habían definido en el documento de finales de 2012.

Del mismo modo es interesante analizar los resultados de las elecciones posteriores al golpe de estado, los cuales revelan algunos datos importantes, como que aquellos políticos opositores, que el Departamento de Estado y la UE llamaban “representantes del pueblo ucraniano”, a quienes consideraban interlocutores válidos, en detrimento del presidente Yanukóvich, obtuvieron los siguientes porcentajes sobre tan solo un 55% de electores que votaron en el país; el Partido Patria de Yulia Timoshenko, 12,82%; los fascistas de Svoboda 1,16% y los neonazis de Pravy Sektor 0,7%.

Como resultado parcial de la injerencia de occidente en Ucrania, ya se cuentan decenas de miles de muertos en una guerra civil sangrienta, una economía con graves problemas, debido al tratado de libre comercio con la UE y al deterioro de las relaciones con Rusia, entre otros motivos.   

Para ir finalizando, es pertinente recordar una reflexión del presidente ruso Vladímir Putin, expresada el 4 de marzo de 2014, sobre estos sucesos:

“Sólo puede haber una valoración: ha sido un golpe anticonstitucional, una toma del poder con las armas […] siempre hemos considerado a Ucrania no sólo un vecino, sino una república hermana […] a veces parece que los estadounidenses están en un laboratorio y llevan a cabo todo tipo de experimentos con ratas, sin entender las consecuencias de lo que están haciendo”. Con estas palabras, el jefe del Kremlin describía de una manera muy adecuada la histórica geopolítica de Washington, la cual, curiosamente tuvo un breve intervalo durante la administración Trump, pero que desde enero pasado, volvió con nuevos bríos guerreristas, como en los mejores tiempos de Bill Clinton y Barack Obama.

Esta forma de actuar de los Estados Unidos y sus socios, o mejor dicho, adláteres europeos, tiene un largo historial de intervenciones que van desde golpes de estado, invasiones o ataques militares violatorios del derecho internacional, como ocurrió en Serbia en 1999; hasta la vulneración de la autodeterminación de los pueblos y un descarado doble estándar, con posturas políticas muy distintas, ante situaciones aparentemente similares. Por otro lado, estas intervenciones no toman en cuenta la historia, la idiosincrasia o las tradiciones de los países, despreciando estos aspectos fundamentales y desembocando en no pocas ocasiones, en sangrientos conflictos interétnicos o guerras entre pueblos que hasta ese momento habían convivido en paz.  

En la actualidad, las tensiones provocadas por este accionar no han hecho otra cosa que incrementarse, debido a la oposición que plantea Moscú a que prosiga este estado de cosas; las políticas de acoso hacia la Federación de Rusia, y en menor medida y por motivos económicos, hacia la República Popular de China, no hace más que desnudar las ambiciones de los países de la alianza atlántica, de retornar al escenario de las primeras dos décadas inmediatamente posteriores al desmembramiento de la Unión Soviética, en el cual había un mundo con un solo polo de poder y cuyas decisiones eran inapelables; donde los demás países no eran más que servidores genuflexos, en el mejor de los casos y los díscolos podían correr la suerte de los pueblos serbio, iraquí o libio, solo por citar algunos ejemplos.

Para terminar, creo que ante esta situación geopolítica, en la cual hay una fuerte disputa entre dos maneras muy diferentes de entender la coexistencia mundial, cuyas partes parecerían estar dispuestas a dirimirla en el terreno que sea necesario, y el triunfo de la postura de Washington y Bruselas nos garantiza a todo el resto de los países, la indefensión ante la expoliación de los recursos naturales que pudieran resultar “estratégicos para su seguridad nacional”; y por el otro lado, que prevalezcan los principios reivindicados por Pekín y más enfáticamente por Moscú, no significará otra cosa más que el respeto mutuo entre la comunidad internacional y la abolición del derecho de las bestias, el cual parece regir en gran medida en la actualidad, cuando se ven sanciones unilaterales, guerras económicas e incursiones militares a espaldas del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Ante esta realidad, no hay lugar para la neutralidad, para los países de nuestra región en general y para la Argentina en particular, las opciones son claras y sin duda es suicida no entenderlo, ya que dentro de no más de veinte años, seremos nosotros los que estaremos siendo saqueados, más de lo que lo fuimos hasta ahora; y seremos golpeados fuertemente si nos resistimos.

No queda tiempo para la tibieza y hay que decidir de qué lado se está, ya que, como escribió el poeta irlandés Edmund Burke, “Para que triunfe el mal, basta con que los hombres de bien no hagan nada.