Dime de quién es Crimea y te diré quién eres (3ª parte)

Por Christian Lamesa.

Como ya vimos, la reunificación de la península de Crimea con Rusia tiene un sinnúmero de motivaciones que van desde lo histórico, étnico y cultural, hasta los intereses económicos y geopolíticos de las principales potencias mundiales, y siendo que el detonante de la decisión unánime de los crimeos de volver a ser ciudadanos rusos fue el golpe de estado de Ucrania en 2014, es necesario tratar de analizar mínimamente la complejidad de este país.

Durante la época zarista se solía decir: “San Petersburgo es la cabeza, Moscú el corazón, y Kiev el alma de Rusia”. Esta frase nos revela que no alcanza con decir que Rusia y Ucrania son pueblos hermanos, junto con Bielorrusia, sino que más bien, son una misma cosa y su origen común se remonta al siglo IX, con el nacimiento de la federación de tribus eslavas orientales llamada, Rus de Kiev. Tener esto en cuenta, tiene una importancia central a la hora de entender la relación y la importancia de los vínculos entre estos pueblos, cosa que la mayor parte del tiempo no es tomada en consideración por las potencias occidentales, a la hora de jugar al intervencionismo.

Ucrania es un país multiétnico al igual que Rusia, pero a diferencia de ésta, no es una federación, lo cual no favorece la convivencia entre diferentes grupos, ya que al carecer de gobiernos autonómicos locales, se ven dirigidos por una autoridad central y están a merced de la mejor o peor predisposición del gobierno de Kiev para con las minorías étnicas, como rusos, polacos y rumanos, entre otros. Del mismo modo, una historia turbulenta, especialmente en el siglo XX, ayudó a crear fuertes tensiones que llegaron a convertirse en un odio profundo entre algunos de estos grupos étnicos y se podría encontrar algunos hitos que marcaron lo que sería en gran medida, el caldo de cultivo del actual conflicto entre Moscú y Kiev y la violencia latente en una parte del pueblo ucraniano.

Al final de la Primera Guerra Mundial, cuando nace la Segunda República Polaca y según los términos del Tratado de Versalles se le otorga unas fronteras determinadas al joven país, las cuales no respeta e invade amplios territorios del occidente de Bielorrusia y Ucrania, aprovechando la sangrienta guerra civil de 1917 a 1922, que debilitó a la Rusia soviética. Durante el periodo de ocupación polaca del oeste de Ucrania, que se extendió hasta 1939, las autoridades de Varsovia permitieron o favorecieron la realización de numerosas matanzas de minorías como los judíos, así como de los propios ucranianos, a los cuales pretendían restringir sus derechos civiles, religiosos, inclusive la utilización de su lengua materna y favorecían a los colonos polacos con las mejores propiedades. Todo esto fue generando un gran resentimiento, especialmente entre los nacionalistas de derecha, que a su vez se habían enfrentado a los soviéticos (rusos y ucranianos) por motivos ideológicos en 1918.

Durante el breve periodo entre los años 1939 y 1941, en que la URSS recuperó el control de los territorios ocupados por Polonia, las autoridades soviéticas reprimieron fuertemente a los movimientos racistas y de extrema derecha, como la Organización de Nacionalistas Ucranianos, liderada por Stepán Bandera. Este era un grupo sumamente violento que expresaba el odio contra todas las minorías étnicas.

Una vez comenzada la invasión de la Unión Soviética por parte de Alemania, los nacionalistas ucranianos no dudaron en ponerse del lado de los nazis, perpetrando numerosas atrocidades contra los civiles, mostrando un especial ensañamiento contra los rusos, los polacos, los judíos y los ucranianos comunistas. Uno de los métodos más usado por los seguidores de Stepán Bandera para matar a sus víctimas era descuartizarlas con sierras para talar árboles, mientras aún estaban con vida. Éstos también tuvieron gran responsabilidad en los pogromos (incitación a matanzas masivas contra un grupo determinado de personas) de Lviv, donde la turba persiguió, golpeó y mató a unas siete mil personas, y Babi Yar, en la cual se calculan entre cien mil y ciento cincuenta mil víctimas, en 1941.           

Al finalizar la guerra con la victoria de la Unión Soviética sobre Alemania y sus aliados, muchos de estos criminales debieron pagar por sus acciones. Así Ucrania se ha movido en un vaivén trágico de violencia, justicia y retaliaciones. La división de su sociedad está fuertemente marcada hasta en la propia geografía del país, las regiones orientales y del sur son orgullosamente multiétnicas y con fuertes lazos culturales, históricos e idiomáticos con Rusia, mientras que las regiones del centro y oeste están más dominadas por una ideología pro occidental, nacionalista de derecha.

Hecha esta pequeña reseña para poder situarnos en el contexto, en las elecciones del año 2010, se consagró presidente de Ucrania, Viktor Yanukóvich, líder del Partido de las Regiones, con el cincuenta y dos por ciento de los votos. Este partido político es muy fuerte en las regiones del este y del sur del país, hasta la actualidad (llegando a cosechar el noventa por ciento de las preferencias en algunos de estos lugares, en esos comicios) y promueve una Ucrania unida que respete la diversidad étnica y las lenguas maternas junto al idioma ucraniano, esto será de suma importancia en los sucesos que se desarrollarían más adelante.

Desde 2009 que se negociaba un acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y Ucrania. Este proceso había sido iniciado bajo la presidencia de Víktor Yúshchenko, candidato pro occidental que había logrado hacer anular las elecciones de 2004, que Yanukovich ganó en segunda vuelta, denunciando fraude por parte de éste y siendo apoyado este reclamo por los manifestantes de la llamada “Revolución Naranja” y por los medios de comunicación europeos. En los nuevos comicios los resultados iban a ser favorables a Yúshchenko y los europeos destacarían la transparencia de las elecciones, repitiendo esa vieja fórmula de la derecha política mundial, mediante la cual “si gano, gano y si pierdo fue fraude”.

Se esperaba que el acuerdo económico entre la UE y Kiev se concretase formalmente durante la cumbre de la Unión Europea en Vilna, Lituania, en noviembre de 2013, lo cual no sucedió debido a la suspensión de la firma del mismo por parte del presidente Yanukovich. Como bien sabemos, este tipo de tratados de libre comercio son generalmente beneficiosos para los países más industrializados y esta no era la excepción. Los productos industriales europeos se libraban de aranceles al ingresar a Ucrania, poniendo en riesgo su propia industria nacional la cual seguiría teniendo algunas restricciones para su ingreso en la UE y simplemente se incrementaría de manera poco significativa las exportaciones ucranianas de productos agrícolas. Por otro lado, también se ponían en riesgo las relaciones comerciales con Rusia, su principal socio en este ámbito, ya que a través de Ucrania podrían ingresar a la Federación de Rusia los artículos europeos, beneficiándose de las condiciones arancelarias entre Moscú y Kiev. También exigían, las autoridades europeas, modificaciones en materia de política interna del país, tales como cuestiones electorales, judiciales e inclusive la liberación de Yulia Tymoshenko, ex primera ministra que se hallaba en prisión por delitos de corrupción y abuso de poder.    

Al conocerse la noticia de la decisión del presidente Yanukovich de suspender la firma del acuerdo, no se hizo esperar la respuesta por parte de occidente. Ésta comenzó con manifestaciones más o menos pacíficas el 21 de noviembre de 2013 en la Plaza de la Independencia (Maidán), compuestas mayoritariamente por grupos poco numerosos de jóvenes que habían creído las promesas europeístas de bienestar y prosperidad con las que los habían bombardeado los medios de comunicación y los políticos pro occidentales y mostraban su frustración ante la suspensión de la “entrada en Europa” de su país. Sin embargo, con el pasar de los días estas manifestaciones se fueron radicalizando, convirtiéndose en verdaderos campamentos de grupos paramilitares de derecha, compuestos por militantes fascistas y neonazis de grupos como Pravy Sektor (sector derecho) o del Partido Svoboda (Libertad), también ultranacionalistas de derecha, quienes se consideran los herederos políticos de criminal de guerra Stepán Bandera.

Los principales focos de los golpistas estaban en la zona de Maidán, en Kiev y en la ciudad de Lviv, corazón del ultranacionalismo ucraniano. Con el paso de los días, iba acentuándose el carácter anti ruso y violento de los manifestantes. Mientras tanto en el este y sur del país se multiplicaban las muestras de apoyo al gobierno de Viktor Yanukóvich, por ejemplo en la región de Donetsk, donde fue gobernador y más del noventa por ciento de la población lo había votado para la presidencia casi cuatro años antes, sin embargo las noticias en occidente solo mostraban lo que supuestamente estaba ocurriendo en la capital. El relato de las cadenas de noticias europeas narraban como los valientes y pacíficos manifestantes del “Euromaidán”, quienes solo luchaban por su derecho a la democracia y a ser parte de Europa, eran reprimidos por el régimen criminal de Yanukóvich, (régimen con el cual hacía tan solo unas semanas iban a firmar un acuerdo comercial) y la realidad eran algo distinta, ya que los jóvenes idealistas pro europeos usaban uniformes militares, chalecos antibalas y cascos; y atacaban a los policías del Berkut (grupo antidisturbios), con armas de fuego, barra de hierro y cocteles Molotov, entre otras cosas. Hubo decenas de muertos entre los policías, que no portaban armamento letal; y hubo un grupo de sesenta y siete miembros de esa misma unidad de policía que fue secuestrada por los “manifestantes”. Mientras todo esto pasaba, desde Bruselas amenazaban al gobierno ucraniano con sanciones sí se reprimía a los manifestantes, pero nunca les sugirió a los líderes del Maidán que no quemaran vivos a los jóvenes policías del Berkut.  

En el terreno político, la injerencia de EEUU y Europa en estos trágicos sucesos no podría haber sido más descarada. El secretario de Estado de la administración Obama-Biden, John Kerry, se reunió con la oposición ucraniana en Múnich, mientras la subsecretaria Victoria Nuland reconocía el aporte de Washington de cinco mil millones de dólares para conseguir un cambio político en Ucrania. El senador norteamericano John McCain visitó en persona a los manifestantes y sus líderes, notorios neonazis, para expresarles su apoyo.

A partir del 17 de febrero se desató la mayor violencia, los grupos de derecha atacaron e incendiaron locales del Partido de las Regiones; en algunas rutas los paramilitares detenían autobuses que iban a Kiev con partidarios de Yanukóvich para oponerse al golpe, los cuales eran atacados y llegaron a producirse fusilamientos a manos de los extremistas.

El día 20 de febrero entraron en acción unos misteriosos francotiradores en los alrededores del Maidán, en Kiev, los cuales nunca fueron identificados ni tampoco los golpistas mostrarían interés en hacerlo. Estos expertos tiradores disparaban con una precisión imposible de adquirir sin un avanzado entrenamiento militar; y lo hacían tanto en dirección a los manifestantes, como contra los efectivos policiales leales al gobierno legítimo. Este tipo de operaciones no son nuevas y a los latinoamericanos nos lleva al recuerdo del intento de golpe de estado contra el difunto presidente de Venezuela, Hugo Chávez, cuando francotiradores no identificados abrían fuego contra los manifestantes opositores y oficialistas para sembrar el caos y la confusión, como así también culpar al gobierno de ejecutar una masacre. Se desprende de informes de inteligencia que los francotiradores de Kiev, habrían sido mercenarios georgianos.

En un último intento de Yanukóvich para detener la violencia, el día 21 de febrero se reúne con miembros de la oposición política y con tres ministros de exteriores de la Unión Europea, con Radoslaw Sikorski, de Polonia, Laurent Fabius de Francia y Frank-Walter Steinmeier de Alemania; y ofrece la formación de un gobierno de coalición, el adelanto de las elecciones y la redacción de una nueva Constitución. La oposición acepta este acuerdo, pero al mismo tiempo los golpistas, o sea ellos mismos, estaban tomando los principales edificios gubernamentales de la capital y al día siguiente la seguridad personal y la vida del presidente no estaban garantizadas, debiendo pedir asilo en Rusia, lo cual fue concedido. El golpe de estado había triunfado, los intereses de EEUU se habían impuesto y Europa tendría su tratado de libre comercio con Ucrania, a la cual llevarían hacia su alianza anti rusa. Inmediatamente el Reino Unido, el FMI, la Unión Europea y el Departamento de Estado de la administración Obama-Biden reconocen al nuevo gobierno (golpista) y le manifiestan su apoyo y su deseo de que en un mediano plazo, Ucrania pueda ingresar en la UE; y con un cinismo difícil de superar, la consejera de seguridad nacional de EEUU, Susan Rice,  declara que sería un grave error si Moscú interviene en Ucrania.

Lo que parecían desconocer los intervencionistas norteamericanos y europeos, es que con el golpe de estado que habían instigado, abrieron una caja de Pandora con resultados difíciles de prever.

Tras el golpe, se forma un gobierno interino a cargo de Oleksandr Turchínov, integrante del espacio político liderado por Yulia Timoshenko, la ex primera ministra presa por corrupción y abuso de poder, que tras el golpe fue liberada.

El 22 de febrero se reúnen los gobernadores y diputados regionales del este y sur del país y acusan a la oposición de incumplir el acuerdo firmado con el presidente depuesto y exigen la federalización del país. Los golpistas les responden con la derogación de la Ley de Idiomas de 2012, que establecía que en la región donde una lengua fuera hablada por un diez por ciento o más de la población, este idioma sería cooficial junto con el ucraniano. Esta derogación no solo afectaba a la población ruso parlante (alrededor del cuarenta por ciento), sino también a las minorías húngaras, rumanas y polacas, entre otras. Del mismo modo pretendían prohibir todos los medios de comunicación en lengua rusa en el país. Esta actitud tornó la situación insostenible para todos aquellos que veían amenazada por los extremistas de derecha, no solo sus vidas, sino también su cultura, sus tradiciones y su historia como pueblo. Para situarnos, imaginemos que de repente en Canadá un sector determinado le quiere imponer al territorio de Quebec la prohibición de la lengua francesa. Seguramente Montreal tomaría las medidas necesarias para declarar su independencia ante ese atropello a su identidad cultural francesa. En el caso de Ucrania se sumaba la reivindicación, por parte de los grupos golpistas, de figuras como Stepán Bandera, que como ya dijimos, él junto a sus secuaces de la Organización de Nacionalistas Ucranianos, fueron cómplices y colaboradores de los nazis y ahora pretendían reescribir la historia declarándolos héroes nacionales y al mismo tiempo máncillan la memoria de los ucranianos y soviéticos en general que perdieron la vida combatiendo al nazismo, derribando monumentos en su honor y en su lugar erigiendo nuevos para conmemorar a los fascistas. Solo basta imaginar lo que debieron sentir ante esta situación los ciudadanos de Sebastopol, en Crimea, cuyos padres y abuelos resistieron durante doscientos cincuenta días los embates de los nazis y la ciudad cayó recién cuando no quedaba un solo defensor con vida.    

Por último, para terminar de completar una situación de extrema volatilidad, las regiones rusófonas que representan prácticamente la mitad del país, no estaban representadas en el gabinete del gobierno de transición y en cambio, estaba sobrerrepresentada la extrema derecha nacionalista del Pravy Sektor y Svoboda, con siete lugares clave, como el de viceprimer ministro, ministro de defensa, secretario de la seguridad nacional, fiscal general, segundo jefe del consejo de seguridad nacional y ministro de educación entre otros.

Ante este estado de cosas, el día 25 de febrero, las autoridades locales de la región autónoma de Crimea y Sebastopol formaron cuerpos de autodefensa para rechazar a grupos de extremistas que habían anunciado su intención de ir a la península a enfrentarse con la población que rechazaba el golpe de estado. El parlamento crimeo llamó a un referéndum para la reunificación con Rusia, el 30 de marzo, que habría de adelantarse catorce días, debido a lo extremadamente grave de la situación. Por su parte, el 1º de marzo, el presidente ruso Vladímir Putin, le pidió al Senado de su país, la autorización para usar la fuerza en Ucrania, en caso de tener que defender la seguridad de la población rusa en ese país o en la península, la cual le fue concedida y abalada por pedido del asilado presidente Yanukóvich. La respuesta del gobierno golpista fue llamar a la movilización de las fuerzas armadas y designar al almirante Denís Berezovsky como comandante de las fuerzas navales. Al día siguiente el jefe naval ucraniano renunció a este cargo y juró lealtad al pueblo de Crimea.

Como podemos ver, este conflicto no se origina por motivos étnicos, de parte de la población que rechaza el golpe, sino por el derecho de las minorías y que sea respetado el carácter multiétnico del estado Ucraniano, siendo esto de índole política, y es así a tal punto, que Kiev prohibió la actividad del Partido Comunista de Ucrania, siendo éste uno de los dos partidos más votados en las regiones del este y sur del país.

El 6 de marzo el Soviet Supremo de Crimea declaró la independencia y diez días después un 80% de los crimeos se acercaron a votar y el 96,77% de ellos eligieron la reunificación con la Federación de Rusia. Estos números también indican que siendo que la población étnicamente rusa es el 58% del total, la inmensa mayoría de ucranianos y tártaros de Crimea también eligieron esta opción.     

Desde el día 18 de marzo de 2014, la Federación de Rusia está integrada por dos nuevas entidades, la República de Crimea y Sebastopol con el estatus de ciudad federal, al igual que San Petersburgo y Moscú; tras la firma por parte de los presidentes de Rusia, de Crimea y del alcalde de Sebastopol, del Tratado de Reunificación. Cabe destacar que todo este proceso en la península, inclusive la evacuación de las unidades militares ucranianas que se hallaban en ese territorio, se produjo sin efectuar un solo disparo y durante los siete años que ya han transcurrido desde la vuelta de Crimea a Rusia, no ha habido ningún hecho de violencia política ni étnica. Desgraciadamente no se puede decir lo mismo sobre los ucranianos que hasta el día de hoy reclaman su derecho a la autodeterminación y luchan contra la limpieza étnica y el genocidio que Kiev viene llevando adelante contra los habitantes del Donbass.