Dialoguitos telefónicos

Por Gustavo Morato.

Entre las infinitas cosas que me llegan al celular me llamó la atención un video enviado por un amigo.

Era una especie de conferencia donde la disertante se explayaba acerca del placer de hablar, compartir e, incluso, pensar distinto. Nos regalaba desde un prolijo césped, puesto a modo de escenario, un menú de sugerencias para poder debatir con quienes no piensen igual que nosotros.

Enfatizaba ella que este tipo de diálogo con los que tienen distintas ideas era particularmente enriquecedor y sostenía que era muy importante tener una actitud moderada y no agresiva.

Aconsejaba, por ejemplo, no levantar la voz.

Hay que salirse de la tribu”, recomendaba y también decía algo así como no tener miedo de expresar nuestras opiniones, aunque fueran contrarias a la mayoría o al gobierno de turno.

Me repetí esa receta en circunspecto soliloquio: salir de la «tribu», ser moderado, y respetar al otro a fin de lograr un diálogo fecundo.

Munido de tan importante arsenal de consejos decidí entonces llamar a mi amigo Carlos, que vive en Rauch, que tiene un campo de 600 hectáreas y se lo alquila a un pool agrícola.

Pensé que con la hoja de ruta bien estudiada que me había ofrecido la prestigiosa disertante, podría retomar el diálogo y no sería como la última vez que habíamos hablado, que terminó en pelea.

Ahora sí sería posible.

Transcribo a continuación la conversación que mantuvimos.

– Hola Carlos ¿cómo andás? te llamo porque la última vez que hablamos terminamos sin ponernos de acuerdo y quedamos medio enojados, ¿no?

– Bien -me contestó- si no recuerdo mal, habíamos hablado de las retenciones ¿no?

-Sí, Carlos, hablamos de las retenciones y yo decía que si bien no era el mejor de los impuestos, eran necesarias para regular el precio local de los alimentos y para que el Estado pudiera recaudar y atender la situación de los sectores más vulnerables.

-Lo que vos llamás sectores más vulnerables son planeros, esos son los que se gastan la plata del Estado en el juego y el alcohol. Son unos vagos que no quieren trabajar- me dijo un poquito más fuerte.

– Bueno, Carlos- le contesté yo, casi en un susurro- vos tampoco trabajás el campo, lo tenés alquilado, además cuando te reunís con tus amigos en el Club Social, juegan al póker y toman whisky, y cuando se podía, te venías varias veces por mes a la ciudad.

-Sí, claro- me respondió- pero lo mío es diferente, yo tengo un capital de 600 hectáreas que pongo a trabajar.

– Eso es cierto Carlos, pero ese campo lo heredaste, no es producto del esfuerzo tuyo.

-Ah, -me dijo subiendo el tono- ¿ahora vos vas a ponerte en contra de la herencia?, sabé que la herencia es la base. Mi abuelo se mató trabajando para que yo pudiera tener esto. Así pudimos tener lo que tenemos. Si no existiera la herencia nadie querría generar una gran riqueza. ¿O acaso vos pretendés eliminarla?  – me preguntó, un poquitito ofuscado.

-No, Carlos, de ninguna manera-contesté con un hilo de voz recordando la receta recientemente adquirida- lo que digo es que en una sociedad meritocrática, como la que vos pretendés, la herencia tendría que ser menos importante. Fijate que el punto de partida de quien hereda es mejor, tiene mejores condiciones para la educación, la salud, la vivienda, además de lo que recibe.

– Cuando hablas de estas cosas, ya te veo venir la intención. Ustedes, los populistas y comunistas seguro que quieren terminar con la propiedad privada.

A esta altura la voz de Carlos era más bien un vozarrón.

-No Carlos, te juro que no- le dije, siempre en voz baja recordando los consejos de la disertante- solo queremos que los trabajadores puedan estar mejor, por ejemplo, que participen de las ganancias de la empresa y también puedan controlar la producción y colaborar en la dirección.

– Qué decís! – gritó – vos querés que esos negros decidan qué tengo que producir y que además del sueldo les tenga que participar de mi ganancia? ¡Por eso ustedes quieren cambiar la Constitución para que venga el comunismo en la Argentina!

-No, Carlos. no se trata de cambiar la Constitución-yo seguía con mi voz en calma- ya está en la actual, está en el artículo 14 bis, y esa Constitución no fue hecha ni por populistas ni por comunistas, la hicieron los que derrocaron a Perón.

En ese momento me pareció que las recomendaciones de la Consejera habían dado sus frutos porque escuché un gran silencio.

-Te das cuenta como son las cosas?, la Constitución ya no sirve para nada, es solo un papel, tendría que volver la mano dura para poner orden.

– ¡No, Carlos -me apresure a contestar- mano dura, no. Acordate de la última dictadura que tuvimos 30,000 desaparecidos!!

-Eso es un mito, son todas mentiras. Y volvió a vociferar: -esos guerrilleros en realidad se fueron del país!!!….

Y clic, me cortó.

Me quedé anonadado y aturdido. Yo había hecho todos mis deberes y, sin embargo, los consejos de la conferencista no habían dado el resultado prometido. Con Carlos terminamos igual que la vez anterior.

Estuve a punto de escribirle, a quien me había regalado sus sabias directrices para contarle lo que me había pasado…

Pero después pensé que no valía la pena, que mi esfuerzo tenía que ponerlo más bien en tender puentes con quienes, aunque no pensemos igual, tenemos las mismas dimensiones éticas para lograr la Unidad en la diversidad y construir un país más justo.

Con los Carlos, el diálogo sigue imposible.