Deuda externa y proyecto de saqueo

Por Alberto Lettieri.

El endeudamiento externo ha sido la clave esencial para el proyecto de concentración de la riqueza, exclusión social y enajenación de nuestros recursos, prácticamente desde los inicios de nuestra vida como sociedad formalmente independiente. Unitarios, conservadores-liberales, conservadores-neoliberales y socialdemócratas, en el curso de dos siglos, insistieron en la misma estrategia. Algunos por beneficio de clase o corporativo. Otros por debilidad. Pero, en la práctica, no puede analizarse el tema del endeudamiento como estrictamente económico-financiero o sedicioso, ya que ha sido el condicionante del modelo de país colonial y empobrecido.

A partir de 1810 y hasta 1824, con sus idas y vueltas, la independencia del Río de la Plata siempre estuvo comprometida y sujeta a los equilibrios inestables que se sucedían en Europa. Así naufragó la Asamblea del Año XIII y, ante la inminencia de una nueva ofensiva colonizadora española tras la caída de Napoleón, la dirigencia porteña elucubró la alternativa de una monarquía parlamentaria con un monarca europeo a la cabeza. La razón era sencilla: convencidos de su debilidad militar para enfrentar a un ejército transatlántico, sólo quedaba la alternativa de un reconocimiento diplomático que colocara al Río de la Plata bajo la protección de una potencia extranjera.

Por esta razón la timidez de los congresistas de 1816, al sancionar la Independencia «de España», el 9 de julio, que sólo se ampliaría a «y de toda otra dominación extranjera», cuando las negociaciones con las casas reinantes en Europa terminaron de derrapar. Pero aún existía la convicción de la precariedad de lo proclamado, por lo que simultáneamente el Director Supremo Pueyrredón seguía negociando la opción de la monarquía parlamentaria con la corona portuguesa radicada en el Brasil.

Para los unitarios, la protección extranjera tenía una ventaja adicional. Siendo un partido excluyente y aristocratizante, su relación con los sectores populares era decididamente deplorable. Esas clases propietarias que se denominaban a sí mismas como «gente decente», asignando la condición de «indecentes» a quienes no formaban parte de su selecto círculo y asociando la pobreza con la delincuencia y la inmoralidad, temían que se reprodujeran aquí los sucesos de Haití, que habían concluido con el exterminio de la población blanca colonial por parte de los afrodescendientes hastiados de torturas, saqueos y vejaciones constantes, en 1801.

A falta de respaldo popular, ese unitarismo aristocratizante necesitaba un reaseguro del que no podía proveerse en el territorio nacional. Primero buscó el resguardo de una monarquía constitucional. Después, del endeudamiento externo.

Por esta razón es que, frente al avance del federalismo y la continuidad de las pretensiones españolas, el Ministro de Gobierno porteño, Bernardino Rivadavia, impulsó el Empréstito Baring Brothers, por un valor nominal de 1 millón de libras esterlinas. Su finalidad de construir pueblos, establecer una red de agua potable y modernizar la arquitectura porteña nunca fue sólo una excusa, tal como las que se argumentarían para los siguientes hasta el presente. Las condiciones fueron humillantes. El Estado de Buenos Aires quedó gravemente endeudado prácticamente sin recibir nada a cambio y con su tierra pública hipotecada como garantía de pago. Para la Baring fue un excelente negocio. Para los intermediarios también.  Pero los unitarios se aseguraron la firma del «Tratado de Amistad, Comercio y Navegación celebrado entre las Provincias Unidas del Río de la Plata y Su Majestad Británica» que implicó el reconocimiento definitivo de la independencia política a costa de resignar la independencia económica.

A partir de entonces, el endeudamiento -acompañado de la amenaza de intervención de la potencia extranjera en caso de impagos- se convirtió en un factor condicionante y disciplinador de la economía y de la sociedad argentina, excepto en los momentos en que los partidos populares detentaron el poder institucional. Tal como lo formularía con claridad el Presidente Nicolás Avellaneda cuando, en plena crisis internacional, y cuando todas los Estados habían postergado el pago de sus compromisos externos, afirmó en el Discurso de Apertura de Sesiones de 1876 que «Honraremos la deuda sobre el hambre y la sed de nuestro pueblo». Y no le tembló la mano en hacerlo.

Unos años antes, el Presidente Domingo Faustino Sarmiento supo afirmar, para justificar el inédito endeudamiento contraído para intervenir en la Guerra de la Triple Alianza, a fines de destruir al Estado Paraguayo: “Calle Esparta su virtud, calle Roma su grandeza; silencio que al mundo asoma la gran deudora del sur”. El endeudamiento del Estado Argentino llegó a ser por entonces de 9 millones de libras esterlinas, 9 veces el contraído con la Baring. Para Sarmiento el endeudamiento tenía un aspecto virtuoso: obligaba a un pueblo holgazán como el argentino a trabajar para afrontar sus compromisos. Claro está que unos trabajaban y otros se repartían los créditos, entre ellos el propio Sarmiento y sus allegados, que hicieron desaparecer mágicamente un empréstito sin molestarse a responder las exigencias de revelar su destino. “Cada argentino nace debiendo más de lo que pesa en plata”-aseguraba el sanjuanino en el periódico El Censor, en 1885.

En adelante las cosas no variaron. El endeudamiento sistemático, a menudo ilegítimo y sin documentación respaldatoria ha sido la clave de los gobiernos y dictaduras anti-populares. Los argumentos para justificarlos han sido a menudo similares, así como también la escasa o nula predisposición para investigar seriamente y castigar a quienes estafaron a nuestra sociedad. El enriquecimiento y la impunidad han sido la recompensa de sus promotores y beneficiarios.

Los pueblos que olvidan sus tradiciones pierden la conciencia de su destino, mientras que los que se apoyan sobre tumbas gloriosas son los que mejor preparan su porvenir»

Aseguraba el propio Nicolás Avellaneda, en una frase que ha sido muy mal interpretada. La primera parte describe la conducta de las grandes mayorías populares argentinas. La segunda, a los privilegios hereditarios de los que siempre disfrutó la oligarquía.

En pleno proceso de renegociación de una deuda de dudosa legitimidad, que condicionará decisivamente el destino de estas y las próximas generaciones de argentinos, resulta suicida ignorar las enseñanzas de la Historia.