Denunciantes, querellantes y atorrantes

Por Gustavo Feldman.

El mamarracho presentado y publicitado por los “herederos de Carrió”, devenidos en denunciantes, sindicando como delito, al desistimiento del rol de querellante de la Oficina Anticorrupción respecto de algunas causas en trámite, resulta un indicador fehaciente del oportunismo barato, pero además de la absoluta falta de discurso del cardumen macrista ante la actual situación.

Pero para no caer en el mismo vicio o ramplonería que se critica veamos de que se trata esta actitud de Felix Crous al frente de la OA. Esta Oficina, se encuentra dentro de la órbita del Poder Ejecutivo Nacional, y es uno de los organismos destinados a la detección y combate de lo que “anchamente” se conoce como corrupción; o corrupción administrativa. Es decir, el desenvolvimiento de los funcionarios en todo lo que hace al manejo de fondos públicos y eventual enriquecimiento indebido en detrimento del patrimonio del Estado. Por un decreto del Poder Ejecutivo Nacional que data de 1999 (102/99) se da competencia a esta Oficina de constituirse como querellante en los procesos en que se encuentre en vilo el patrimonio del Estado.

Entonces hay que saber que es un querellante y cuál es el perfil que la legislación argentina le da a esta figura. Por cierto, la figura del querellante “particular” tiene sus orígenes remotos y su parentesco con un ejercicio de la acción penal, de la persecución y el castigo, por la mano de los particulares y no del Estado. Hasta hace una década la doctrina penal y procesal penal consideraba una rémora a la figura del querellante en delitos de acción pública, esos que el Estado puede y debe perseguir; reservando su legitimidad para los delitos de acción privada, aquellos que no lesionan la entretela social sino el bien jurídico de un particular, como por ejemplo la calumnia y la injuria. La virulencia criminal y las nuevas concepciones en victimología hicieron reflotar la figura del querellante particular como uno de los actores del proceso penal. Se precisó y legitimo la respuesta de la víctima ante el delito, dotándola de varias prerrogativas, entre estas la de ser querellante, es decir, coadyuvan en la persecución, investigación y acusación penal del imputado.

Las querellas “estatales”, es decir, la constitución como parte acusadora o “perseguidora” de alguna agencia estatal, dependiente del poder ejecutivo, en el proceso penal es un fenómeno relativamente nuevo y por cierto desvirtúa la esencia y naturaleza jurídica de la figura original.

No debe olvidarse que la persecución, investigación, juzgamiento y eventual condena de quien se presume ha delinquido corresponde en forma inalienable al Estado, a través de la agencia del Ministerio Publico Fiscal-en Argentina un extra poder con absoluta independencia funcional e institucional-, del Poder Judicial, parte del trípode de poder constitucional.

En nada cambia la presencia de alguna querella “estatal” respecto de lo que debe o no hacer el Fiscal, y mucho menos respecto de lo que decidirá el Tribunal. En general, salvo la Secretaria de Derechos Humanos, querellante en las causas de lesa humanidad, el desenvolvimiento de las agencias ejecutivas en los estrados judiciales no ha sido bueno. Empezando por la Afip que a las denuncias inauditas le agregaba un accionar querellante exorbitante y desproporcionado, siguiendo por la UIF (investigación financiera) que oficiaba más de adorno que otra cosa y terminando por la propia OA.

El paso de Laura Alonso por el organismo se recordará tanto por su ineficiencia como por su tendenciosa postura, privilegiando lo partidario y hasta personal, para transformarse en lisa y llanamente en la nada misma.

Las agencias de este tenor están para otra cosa. Para la lid judicial penal el Estado tiene un Procurador General, Fiscales Generales, Fiscales adjuntos, etc. Todo un plantel de centenares de magistrados y funcionarios y además empelados para el cometido constitucional y legal, a partir del art. 120 de la Carta Magna. Que además cuentan con toda la logística ejecutiva del Estado Nacional, centenares de agencias, reparticiones, oficinas, tecnología, empelados, comunicaciones, la policía, las fuerzas de seguridad; y hasta hace poco a los propios servicios de inteligencia. NO HACE FALTA OTRO ACUSADOR PUBLICO COMO SON LAS QUERELLAS ESTATALES PARA PERSEGUIR, INVESTIGAR Y ACUSAR PENALMENTE. La eficiencia o la falta de ésta no pasa por la suma aritmética de organismos y funcionarios ni por la superposición de roles procesales.

Volviendo al análisis de la conducta de Crous, uno puede compartirla o no, creo que no tiene influencia alguna que la OA siga o no siga en los procesos que acaba de dejar. Creo que son procesos hijos de la persecución política y del estigma. Y que además son hijos de la peor manipulación de la Justicia, instalada por el macrismo; su uso no ya para salvar a los amigos, sino para perseguir a los adversarios y opositores.

Pretender enjuiciar penalmente al titular de la OA, denunciando que hay abuso de autoridad, incumplimiento de deberes de funcionario público o encubrimiento; cuando lo que ha hecho es actuar dentro del margen que la propia ley le otorga; porque repetimos: LA OA NO ESTA LEGALMENTE OBLIGADA A CONSTITUIRSE COMO QUERELLANTE; es un estertor más de punitivismo demagógico y de tilinguería política. NUNCA UNA CONDUCTA DENTRO DE LA LEY PUEDE SER UN DELITO, EL DELITO SE DA CON ACCIONES TIPICAMENTE “ANTIJURIDICAS”.

Muerto Bonadío, jubilada Carrió y soterrado Stornelli, la caterva de perseguidores ahora la encarna un grupo de atorrantes, algunos beneficiarios de la enorme generosidad de este país que les ha dado fueros y otros privilegios.

Quizás a partir de estos devaneos secundarios, en la reforma que aun proyecta el Presidente para todo el aparato judicial y en general para funcionamiento de la Justicia, se incluya el análisis de esta cuestión; el dispendio de recursos humanos y materiales por un lado a través del Ministerio Publico Fiscal y por el otro de todas estas agencias ejecutivas.

Va siendo hora de racionalizar todo, medios, modos y fines. Va siendo hora de los pensantes y sapientes, de poner cada cosa en su lugar. Lo otro quedará para “el mejor equipo de los últimos 50 años,”.