De jirafa

Por Sebastián Ruíz.
Ir a bailar para mí es un garrón, perro. Ya para empezar me molesta la música fuerte. Creo que por eso hay tantas peleas en los boliches: “Che, qué buen tema” “¿Qué te pasa con mi vieja, gil? Bájenle un toque o pongan Leo Mattioli, loco. Escuchando al León Santafesino, ¿a quién le dan ganas de pelearse? Encima, un trago sale 300 pe, en un vasito de plástico hasta la manija de hielo. ¿Tan caro está el hielo? ¿Que lo traes de la Antártida? Demelo caliente, Don, que lo agarro con un trapo. ¿Quedarse despierto hasta las 6 AM? Habría que cortar tipo 1, dormir un ratito y levantarse cuando sirvan el desayuno. Ahí, un par de tortilla, nada de otro mundo.

Eso es ahora, igual. De pibe la bancaba más; pero había otros problemas. Para llegar al baile teníamos que patear 60 cuadras, o 6 k, que es lo mismo, pero queda más chetin. De Lomas del Mirador a Ramos Mejía. Bondi había, el 378 o 406 (imaginate); pero a las 22:30 dejaba de pasar (imaginate) y no éramos muy puntuales y tampoco queríamos llegar antes que el chango que abría.

Una peregrinación hacíamos con los vagos. En el camino, rescatábamos unos bidone de agua, lo enjuagábamos con gaseosa y ahí no más le mandábamos fruta. El bidón tiene la boca más ancha y facilita el proceso de ingesta de “líquidos”. Fisuras creativos.

Una vez, arrancamos el viaje con demasiadas provisiones. Tantas, que hicimos una parada táctica en la plaza Bomberitos. Ya estábamos a la mitad del recorrido, nos sobraba nafta y el tanque estaba lleno. Calculamos medio mal (imaginate, para que sobre tanto…). Entonces, decidimos enterrar algunos tubos ahí no más. Por miedo a que haya otros fisurines viendo la jugada, hicimos carpa y campana mientras otro hacía un pozo con una madera. Le tiramos un manojo de tierra cada uno y arrancamos. Una postal del conurbano: un grupo de jóvenes haciendo un pozo para enterrar bebidas y pasar otro día a buscarlas.

No sabíamos que íbamos a tener que volver tan pronto. A la cuadra y media nos paró la poli. No sé si fue la pinta o que algún vecino nos vió enterrando algo y pintó denuncia. La cuestión es que nos cacharon, verduguearon y, lo más doloroso, nos tiraron la bebida que teníamos con nosotros. Ver derramarse en el asfalto la mezcla perfecta entre un vinilo termineitor y gaseosa de naranja, qué dolor. Los orti se fueron y nosotros nos quedamos ahí, llorando sobre el escabio derramado. La agonía duró poco: mandamos al más rápido de los nuestros, El Chino, a exhumar las botellas que habíamos dejado en plazo fijo. Chocamos los bidones para festejar y seguimos ruta.

Llegamos al boliche, hicimos la fila y nos rebotaron.

¿Y qué hacemos? -preguntó Juampi-. Nos miramos. Estábamos llenos de tierra y re tomate. Mi hermano Fatiga divisó como a 100 metros un puestito de parrilla, humilde, y le preguntó: ¡¡Ehh!! ¡¿Tené paty?! -claro, a los gritos… si estábamos re lejos.
No todos los finales son felices, este sí.