De cumpleaños

Por Sebastián Ruiz.

El 27 de junio cumplí años. Sí, otra “víctima” de cumplir años en el marco de esta pandemia mundial que cayó a pudrirla y exponernos. Porque mata y empobrece, porque los ortivas y los giles son más visibles.

Volvamos al cumpleaños. Decidí no festejarlo de esta nueva manera que es mediante una llamada colectiva. Primero, porque mi mamá no sé si se podría conectar y, segundo, porque no da pelear por los terrenos sin poder darse una buena apuñalada. O que uno se quede sin conexión y no pueda estar en la repartija de los muebles con humedad o los sillones que encontramos una vuelta en la vereda.

Dentro de mi optimismo de los meses pasados para que llegue el momento de volver a abrazarnos y poder circular sin mostrar papeles, pensé que mi cumpleaños iba a llegar en plena libertad. Lo estoy planeando desde enero: ya sabía que iba a caer un sábado. Ya estaba pensando un bar dónde ir, comer y hacer previa en casa. También había buscado la comisaría más cercana para saber dónde iban a terminar unos, y el hospital dónde terminarían otros.

Pero no, este cumpleaños no fue “normal”.

Igual, nunca tuve cumpleaños normales, más allá del típico cumpleaños del conurbano y todos esos prejuicios que lo rodean que, en este caso, son verdad. Mucha gente, mucho escabio, mucha comida (mucha, corte se cena dos veces), gente que no conoces y te saluda, los momentos donde se pica fuerte y los momentos donde ponen La Nueva Luna. “Ey, Sebastián, no estigmatices”, tiran. Si conocieras el barrio, sabrías que es así.

A uno de mis cumpleaños cayó la Gendarmería. Algo les conté una vez. Arrancó tranqui: fueguito para el asado, unos traguitos para compartir, unas papitas. Suave. De la nada, la noche puso quinta. Como 40 guachines en el patio de casa (que mide 3 x 3,5 máximo) bailando Koly Arce a todo ringtone. Mamá se había ido a dormir: cerró su habitación con la cortina y ya de esa forma no le entraba ningún ruido.

Rienda suelta para todos los perros.

Por allá, en un tiro, vimos venir 4 camiones ATR de Gendarmería que frenaban en la esquina. Se bajaron como 20 y preguntaron quién era el dueño de casa. Encaré yo. Tenía una re campera, pantalón corto y ojotas. Estaban un poco enojados: creo que no les cabió mi luk. Por allá, uno de los invitados empezó a gritar: “Vayansé loco, estamos festejando un cumpleaños”. Los Gendarmes, pillos, esperaron que se acerque a la puerta. Y el guachín se acercó. Ahí lo manotearon y empezaron a tironear: los Gendarmes para afuera y los pibes para adentro. Tensión. Yo, en la vereda, en jaque.

¡Qué pasa acá!”, se escuchó. Un grito estremecedor que vino desde adentro de casa. Era mi mamá saliendo en camisón. “Señora: menos a su hijo, nos vamos a llevar a todos. ¿Cuáles son sus hijos?”, preguntó uno de ellos. “Todos son mis hijos”, respondió mamá.

Los Gendarmes se fueron y nosotros lo gritamos como a un gol.

Hoy, para festejar mi cumple, me hice un arroz con leche. Para festejar mi cumple y, pese a la distancia, sentirme cerca de mamá.