De aprendizajes

Por Hernán Pustinlik.

Hace casi dos años, precisamente el 2 de agosto del año 2018, empezamos a aprender cosas nuevas, cosas que jamás hubiésemos querido aprender, pero no nos quedó otra.

¿Pensaste alguna vez que alguien se podía morir en su lugar de trabajo? ¿Se te ocurrió que la escuela, que debía ser un lugar para vivir la vida de un momento a otro se podía convertir en un lugar para la muerte? Sandra y Rubén tampoco lo sabían.

El 2 de agosto del 2018 aprendimos todo esto de un sopetón. Sandra y Rubén encontraron la muerte en la escuela N°49 de Moreno, calentando el agua para que los pibes y pibas del Barrio San Carlos pudieran tomar algo calentito esa mañana. Es raro decir que «encontraron» la muerte, como si hubiesen salido a buscarla. A ellos, los mató la desidia.

Ese día aprendimos que no fue un accidente casual, sino que hubo responsables políticos. La muerte de Sandra Calamano y Rubén Rodríguez develó la desidia de un gobierno neoliberal. Un neoliberalismo que tiene nombres y apellidos que siguen sin ser culpabilizados. Donde se debían garantizar condiciones dignas para enseñar y aprender, solo hubo abandono e inoperancia sistemática.

También estuvieron los otros aprendizajes, que se hicieron bandera, remera y canción. Aprendimos que la angustia, la rabia, la impotencia se puede convertir en lucha, en compromiso en dignidad y hasta nombrarse a sí misma, «El Morenazo», así se llamó ese movimiento que entendió como rezaba un cartel en esos primeros días que «El límite tendría que estar más lejos de la muerte y más cerca de la dignidad». Movimiento que se hizo emblema a lo largo y a lo ancho de Argentina para reclamar por la educación y la vida.

Aprendimos también a costa de rabias, de llantos, de abrazos frente a las cientos de velas, de cartas, de dibujos que iban dejando frente a la escuela en silencio, aprendimos con la angustia frente a la mirada perdida del guardapolvo blanco colgado en las ventanas, aprendimos del grito ahogado y del abrazo apretadito con sabor a despedida.

Pero también ese 2 de agosto supimos que Sandra y Rubén no se fueron en vano, nuestros compañeros de lucha, de abrazos, de marchas, de sueños, se fueron dejando su mejor enseñanza: trabajar pintando la esperanza de que se puede construir un mejor país y que su muerte debía ser un punto de inflexión para dejar de naturalizar a una educación pública derruida y en quiebra.

La educación nos tiene que enseñar a vivir. Cada escuela con sus trabajadores de la educación, con los niños y niñas con los jóvenes, con la familia tiene que ser un lugar para la vida, no vamos a permitir nunca más que sea un lugar para la muerte.

Levantemos las banderas como tantas veces lo hicieron Sandra y Rubén, hagamos que su lucha, su compromiso y su amor perduren para siempre.

¡Sandra y Rubén PRESENTES, AHORA Y SIEMPRE!