¿Cuánto influye en la pandemia el periodismo irresponsable?

Maximiliano Rusconi.

Uno de los autores alemanes de mayor prestigio e influencia en la ciencia penal universal, el Prof. (e) de la Universidad de Bonn, Günther Jakobs, al momento de investigar lo que en nuestra ciencia se denomina justificación ética o moral de la pena estatal desarrolló la teoría de la prevención general positiva.

Según ésta teoría, cuando el legislador amenaza con una pena la comisión del delito de homicidio envía un mensaje a la comunidad de que la vida vale, y en ese valor es protegida por el Estado.

Ahora bien, cuando un individuo comete, sin embargo, un homicidio, o un hurto, en esta ocasión se emite un contramensaje a esa misma sociedad: la vida o la propiedad no valen, no tienen la protección referida a ese valor.

Es por eso que lo que justifica y explica ética o moralmente a la pena que se aplica al que ha delinquido, y con ello quebrado la fe en la vigencia de la norma, es que con la sanción penal el Estado vuelve a enviar un último mensaje que tiende a reconstruir la confianza dañada en la comunidad.

Si bien el pensamiento de Jakobs ha tenido muchos seguidores en la ciencia penal europea, asiática y de América Latina, debo confesar que justamente no soy yo quien pueda referirse con verdadero entusiasmo a que la sanción penal pueda justificarse filosóficamente por estos caminos. Sobre esto ya he escrito en varios lugares y no será este uno de ellos.

Pero en este interesante andarivel hay algunas cosas, muy apropiadas para rescatar.

Podemos pensar que aquí se parte de la idea de que el respeto a la reglas por parte de una comunidad depende de dos puntos de partida, en primer lugar, el prestigio y la virtud que a los ojos de cada ciudadano posea la norma en cuestión. Hay una estética de lo razonable y ella siempre es fácilmente advertida por el ciudadano de a pié.

El grado de aceptación y cumplimiento de la norma en cada ciudadano se nutre horizontalmente: es decir, tiendo a cumplir más lo que se ordena si veo que mi vecino, y el vecino de mi vecino, creen en la virtud de la regla y confío que en esos dos ámbitos cercanos ella es respetada.

La confianza en la vigencia de la norma y la aceptabilidad de su prestigio funcional (que sirva para lo que pretende lograr), pareciera que se encuentran directamente vinculados al respeto y seguimiento por el resto de la comunidad.

Ahora bien, ¿por qué subrayo esto?

En los últimos meses un sector muy notable del periodismo político, bajo diferentes formatos, incluso de género, han desarrollado una campaña inagotable de desprestigio del sistema normativo de la cuarentena, o antipandemia.

Al principio las menciones eran referidas al reiterado interrogante de cuándo se llegaría al famoso pico, luego a que eran normas y disposiciones sólo vinculadas a montar modelos propios de una dictadura, etc.

La periodista y/o conductora Viviana Canosa, llegó a afirmar «Prefiero aspirar el virus, contagiarme y seguir mi vida» (Ver, La Nación, 11/06/2020).

El multifacético periodista Jonathan Viale (ver, La Nación, 9/05/2020), por su parte, sostuvo que: “…el hartazgo es generalizado. El estrés psicoafectivo que produce el encierro es total. Cualquiera tiene un amigo o un familiar que está a punto de explotar, psicológicamente”.

Aún luego de reconocer que, “la curva de contagios está relativamente controlada en relación a otros países….”, formuló su propio escenario de riesgo: “….ya existe una ‘cuarentena blue’, la gente ya se está armando su propio sistema normativo. Ya hay muchísima más gente en la calle, armando su propio sistema de normas. Entonces, cuando las cosas suceden, mejor regularlas; no prohibir”.

Luego no se privó de alabar a la posiblemente más irresponsable afirmación de un funcionario político en lo que va del año: “Ya lo dijo muy bien [Gerardo] Morales, el gobernador de Jujuy. Él dijo: ‘Hay que acompañar este proceso porque sino la gente nos pasa por encima».

Por último, luego de advertir que: “No entender cómo funciona la cabeza de la gente hoy es suicida”, no se privó de dar un mensaje operativo de gran nivel intelectual y seriedad comunitaria al gritar a los cuatro vientos que: “los políticos deben ir acompañando el humor social”.

No busco ingresar en la chicana facilitada por la imprudencia del comentario de Viale, pero vale que nos preguntemos: ¿siempre hay que acompañar el humor social? ¿No conocemos ejemplos trágicos de conductores demenciales que se montaron en el humor social? ¿La altura moral de un líder no se mide en ocasiones por su capacidad de jugar todo su caudal polìtico al oponerse al humor social si se cree honestamente que ese el camino correcto?

Sin embargo, esos dos ejemplos no pretenden una polémica personalizada, que por razones obvias perdería todo sentido, sino sólo servir de herramientas para el análisis.

Ahora imaginemos que estos mensajes se repiten a toda hora, por un conjunto de no menos de 30 o 40 comunicadores, en transmisiones televisivas y/o radiales que llegan a centenares de miles, incluso en ocasiones hasta el millón de oyentes o lectores.

Se trata de comunicadores que buscan el apoyo a sus irresponsables afirmaciones en interlocutores de variada índole pero de gran influencia popular: el puntero izquierdo colombiano que acaba de adquirir un club de primera, o alguna vedette de gran éxito en los 70 que ahora nos cuenta sus destrezas en la gastronomía dulce, o tres adolescentes que buscando un viaje de aventuras, luego de culminar el secundario quedaron varados en Nicaragua y nos cuentan cuánta flexibilización de la cuarentena hay hoy en Managua.

Estos periodistas, que creen que han encontrado el novedoso hueco de la afirmación altisonante que consigue 15 minutos de apoyo en tres barrios de la ciudad de Buenos Aires.

¿Sabrán que han contribuido, de modo intenso a la pérdida de vigor normativo de reglas que han sido pensadas sólo para la preservación de la vida y la salud de los miembros de la comunidad que creyendo en estas expresiones de impúdica irresponsabilidad andan coqueteando con la muerte?

Con lo dicho hasta aquí, sin ninguna seriedad científica pero, si se me permite,  con la ironía de los que ni siquiera en este escenario trágico nos abandonamos a la desolada inactividad, podemos proponer una fórmula para medir el riesgo de aumento del índice de contagiosidad del virus (de cualquier virus en verdad).

¿Cuáles son los factores que integran esta fòrmula?: pues bien, se trata de los siguientes:

RAExp= riesgo de aumento exponencial de la pandemia.

AIGC: autonomía del gobierno respecto de intereses económicos de las corporaciones.

TGASV: tendencia del gobierno al auxilio a los sectores más vulnerables

HExPMDO: horas de exposición de la poblaciòn al periodismo militante de la dinoposición.

DPSC: desarrollo del pensamiento solidario comunitario

Combinando adecuadamente estos factores, la fórmula sería la siguiente:

RAExp= AIGC+ TGASV + HExPMDO (x2) -DPSC

Ahora hablando (mejor: escribiendo) en serio: ojalá en el futuro la única fórmula que funcione sea aquella que mide el aumento de la calidad de vida de los argentinos, combinando los siguientes factores:

CV: calidad de vida.

HG: honestidad de los gobernantes.

SPP: seriedad de las políticas públicas.

GL: generosidad de los líderes.

Riyc: responsabilidad individual y comunitaria.

AEI: aumento de la ética de la inclusión.

En ese caso, me animo a decir que no sé si con seriedad científica, pero seguramente con legitimidad moral, la fórmula operaría del siguiente modo:

CV= HG+SPP+GL+Riyc+AEI.

En el marco de esa fórmula, y luego de tantas dificultades que ha pasado nuestros país, no sé si yo o siquiera nuestros hijos veremos el resultado exitoso, pero seguramente disfrutaremos del camino. Ojalá.