Cuando está todo mal… siempre pierden los trabajadores

Por Pablo Pérez.

Esta semana, después de una jornada complicada, en la que con amigos y colegas taxistas salimos a tratar de subsistir en medio de la crisis sanitaria actual y la económica que sufrimos desde hace 4 años, Matteo, mi hijo de siete años, me dijo: «Papi, no tenés que salir, te puede agarrar el coronavirus. Solo salí si ya no tenemos más galletitas o si quedan pocas».

Lo miré, le acaricié la cabeza y le dije: «No puedo no ir, papito. Gracias por cuidarme».

Ahí me di cuenta de la realidad que duele: siendo de la clase trabajadora ni siquiera podés cuidarte. No podés hacer la cuarentena y eso te lleva a poner en riesgo a lo más valioso, que son tus seres queridos.

En estos días en los que todo cambió, en los que la prisa y el ritmo de una mega ciudad como CABA está paralizada -como en un domingo eterno-, en los que las principales economías del mundo se caen, queda al descubierto que este sistema está mal.

Salí a la calle y después de tres horas recién levanté a mi primer pasajero en esta ciudad… casi detenida. Un viaje de $270,05. Miro la foto de Matteo, recuerdo lo que me dijo la noche anterior y me pregunto si vale la pena tanto esfuerzo, tanto riesgo. Me contesto que no lo vale, pero por lo menos sé que al final del día este viaje ayudará para la comida de mañana.

Esta triste realidad es la que sufrimos toda la inmensa clase trabajadora abandonada, devaluada, quebrada y endeudada. En simultáneo se escucha el gran debate que quieren dar por el tema de los impuestos para los que más tienen, y en los medios de comunicación los periodistas defendiendo y quejándose. Qué lamentable, unos arriesgándose para poder comer y otros especulando. En las malas pagan los trabajadores y en las buenas también pagamos nosotros.

Todo, pero todo, está mal.