Corporación judicial y gobiernos populares

Por Maximiliano Rusconi.

En estos días se me vino a la mente un ensayo de tesis que me ha quitado el poco sueño que tenía. Es una idea que tiene que ver con fortalezas y debilidades. Aunque la imagen remite también a determinadas coyunturas de quién se presenta como el adversario y en qué momento.

Por último, aquello que voy a relatar nos remite a una descripción del poder político, social o institucional como un dato sumamente inestable.

Si yo tuviera que comenzar a describir esta imagen perturbadora diría que el sistema judicial es posible que se presente como el poder cuya configuración en menor medida depende de la voluntad popular.  Eso se nota, es visible.

Se trata, si se me permite ser crítico de ese sector de la vida pública (algo que en los últimos años me sale con bastante fluidez) de un poder que de modo errado ha entendido que el principio de independencia judicial era equivalente a independencia de la gente.

El poder judicial, si se me otorgan algunos renglones para una descripción necesaria, se expresa en un lenguaje que la mayor parte de la gente no entiende, que no es parecido al español o castellano y que ha logrado el deprimente triunfo de su bautizo idiomático: el ya famoso lenguaje forense. Me acuerdo que la primera actividad que se le daba a los empleados judiciales es leer expedientes para que se vayan acostumbrando a comprender ese “lenguaje” básicamente incomprensible para el resto de la comunidad.

Cuando el empleado entiende que el “dicente” es un hombre, ///nos Aires, es Buenos Aires, el recurrente y el a quo son otro tipo de seres humanos, igual que el a quem, 11 vta, es la página 11 del otro lado y desinsacular es sortear – o algo parecido-, el muchacho está graduado.

Que al poder judicial no le gusta mucho el contacto con la gente queda instalado gráfica y experimentalmente en una recorrida por el palacio de Tribunales.

Un juzgado puede tener una secretaría de ese juzgado a 5 metros del despacho del juez y la otra secretaría en otro piso y del lado opuesto.

Si a un usuario del sistema, le diéramos un tiempo adecuado para encontrar el trámite x), que tramita en el Juzgado c), secretaría a), es muy factible que fracase en el intento, entre otras cosas porque le llevaría un rato advertir que del primer piso se pasa al tercero sin solución de continuidad.

Si tiene la suerte de acceder a la oficina en la cual tramita su expediente, se encontrará con un empleado con olfato entrenado para preguntarle si él “es parte”, y quizá no tenga la rapidez y el humor que tuvo uno de mis maestros para contestarle con maravillosa ironía: “no!, yo soy enterito. Vine todo, todo”.

Los procesos judiciales están pensados al mejor estilo inquisitivo para que no puedan ser comprendidos por el ciudadano de a pie.

Este dato, de ser refractario al ciudadano, a la gente, al pueblo, ha estado muy instalado en la sociología institucional del poder judicial.  Ello explica que este organismo se haya transformado en un poder con una marcada incapacidad para resistir los embates de los gobiernos neo liberales, dictaduras, de derechas.

Esos gobiernos no sólo han hecho y des-hecho sin ningún límite que pudiera provenir de la actividad judicial, sino que incluso, ese poder ha sido tan empático que a ningún traje verde oliva o blanco se le ha ocurrido como necesario su desaparición, cierre o suspensión.

Casi como si hubiera habido en el aire un determinado y (debo decir) nauseabundo respeto de clase.

El poder judicial, aquél que debía cumplir el rol de ser garante del estado de derecho, ha podido disfrutar del chocolate con churros del 25 de mayo en el marco de la destrucción misma del sistema constitucional, con aguinaldo incluido.

Para resumir esta primera parte de mi relato, debo decir que este organismo ha mostrado con los gobiernos autoritarios una empatía digna de noviazgos más seductores.

Los gobiernos populares, en cambio, cada vez que han accedido al poder por el mensaje de las urnas, con esa carga ilustrativa de llevarse todo puesto, con la “legitimidad” de la arrasadora voluntad popular, se han enfrentado con un poder judicial dispuesto a quemar las naves por la lucha a favor de las llamadas libertades cívicas.

Sí señor lector no he ingresado en un intervalo no lúcido: el mismo sector que una y otra vez había destrozado a la totalidad del sistema democrático e institucional republicano, y que soportó cualquier manifestación del poder uniformado o multinacional, o ambos, ahora se planta de pies y de manos para enfrentarse al “autoritarismo” popular. Explicar este fenómeno con la tradicional referencia a un sector mamífero de la fauna, es naturalizar comportamiento que en el mundo animal no están ni por lejos naturalizados.

El tradicional poder conservador, pusilánime, de cuello blanco y planchado con almidón, destinado a ver pasar la sangre que dejaban las dictaduras, ahora se nos presenta con un cocorismo digno de mejores causas para defender la supuesta propiedad privada o la ausencia de impunidad. Y ello lo hace frente a gobiernos populares que hacen lo imposible para reparar el daño desconsolador que han dejado las administraciones de sesgo neo liberal, aun cuando, claro, nada de esto está en riesgo, como ahora.

Este repentino y activo poder judicial sólo necesita el relato falso de algunos medios de comunicación. Con ello alcanza para dar la imagen de pelea a favor del tejido social cuando en verdad, hace todo lo contrario.

Entre otras cosas, es por esto mismo, que la batalla por la reforma judicial tiene que darse en el marco de un gobierno popular, del modo más intenso e integral, a través del camino más democrático posible, atendiendo a los centros neurálgicos del problema, pero eso sí: ¡debe ser coronada con el éxito!

En lo fundacional de los gobiernos populares está la voluntad popular, en lo fundacional del poder judicial aparecen algunas sombras difíciles de describir que debemos iluminar para lograr la transparencia que la comunidad se merece.