Coronavirus: Resiliencia y buen gobierno en Argentina

Por Fernando Melillo.

La investigación de la resiliencia como capacidad de los seres humanos de soportar adversidades, traumas, agresiones, incluso extremas, poder sobrevivir a ellas y a veces emerger transformadas para mejor, con nuevas fortalezas, surgió justamente a partir de los estudios en individuos pertenecientes a poblaciones afectadas por situaciones de extrema vulnerabilidad económica y social, por catástrofes naturales o sobrevivientes de los campos de concentración. El psicoanálisis y la psicología del desarrollo, articulando desarrollos teóricos preexistentes contribuyeron a vertebrar lo que en principio eran hallazgos empíricos. Se identificaron y denominaron como pilares de la resiliencia en las personas: la autoestima consistente, las capacidades de introspección, independencia, iniciativa y relación con los demás, el humor (aún en el dolor y la tragedia), la moralidad (extendiendo al colectivo el anhelo propio de bienestar), la creatividad y el pensamiento crítico. Pero más importante aún, quedó claro que estas características son el resultado de procesos (nadie nace resiliente y cualquiera puede llegar a serlo) interpersonales desde el momento mismo de comenzar a estar en el mundo. Tienen origen social, lo intrapsíquico es siempre primero interpsíquico, tanto en lo emocional como en lo cognitivo, que además nunca están disociados. El bebé comienza a construirse como sujeto a los pocos meses y de modo intersubjetivo, compartiendo la atención, la intención y los estados afectivos con quien lo cuida, sea su madre u otra persona. Esas instancias de construcción de la subjetividad en el vínculo interpersonal con el otro y entre otros se amplía, partiendo de la familia, a ámbitos institucionalmente regulados entre los que destaca, durante la infancia y la adolescencia, la escuela. Pero además existen muchas otras instancias de interacción entre sujetos que ofrecen la oportunidad de promover la resiliencia, de manera deliberada y planificada, en el marco de las políticas públicas orientadas a la inclusión, la igualación y el desarrollo pleno de todas las personas en los campos educativo, de la salud y del desarrollo social.
A partir de allí y complementariamente, médicos sanitaristas, psicoanalistas, psicólogos y sociólogos, especialmente de América Latina, comenzaron un estudio comparativo respecto al modo en que comunidades concretas de similares características socio-culturales lograron afrontar tragedias y catástrofes naturales o provocadas por la acción humana de gran magnitud  (terremotos, inundaciones, hambrunas, guerras civiles, dictaduras)  y desarrollaron el concepto de resiliencia comunitaria, que a su vez identifica como pilares de aquellas comunidades humanas que logran “metabolizar” resilientemente las adversidades a los siguientes: autoestima colectiva, identidad cultural, humor social, honestidad estatal y solidaridad. Resulta claro el significado de la valoración positiva, la satisfacción y el sentido de pertenencia con el grupo, colectivo o comunidad, así como el importante papel que desempeña el humor compartido, especialmente en las situaciones más adversas. Sin embargo, conviene precisar que la honestidad estatal no se limita a la transparencia procedimental y la ausencia de corrupción, así como la solidaridad no debe asimilarse a una suerte de auxilio recíproco o ayuda mutua.  La honestidad estatal incluye presencia, cercanía, realización efectiva y comunicación veraz del Estado y del Gobierno que lo conduce. La solidaridad sintetiza el lazo afectivo implícito en el sentido de pertenencia y lo orienta con el objeto de favorecer, asistir, acompañar o proteger a quien más lo necesita por razones estructurales de injusticia social y/o de coyuntura (como frente a esta catástrofe global de la pandemia del coronavirus).  Si los estudios en materia de resiliencia individual de los seres humanos han sido concluyentes respecto al papel que desempeñan otros significativos en el devenir de la vida de las personas queda claro que, en lo comunitario o colectivo, y más aún de nivel nacional, ese otro significativo que puede y debe asumir la honestidad estatal requerida, es la máxima autoridad. Es el rol que está desempeñando el presidente Alberto Fernández al apelar al conocimiento científico, reconocer los niveles de incertidumbre y comunicar con criterios pedagógicos a la sociedad las estrategias que corresponde encarar, sus límites y posibilidades, así como las razones de interés público que fundamentan la adopción de ciertas medidas y no otras, la convocatoria a la responsabilidad colectiva y el compromiso de cada uno con los semejantes. Con su acción y su enunciación el presidente moviliza también a gobernadores, intendentes, integrantes de otros poderes públicos en el mismo sentido de promover la solidaridad apoyando a quién más lo necesita al mismo tiempo que alimenta la autoestima colectiva y la identidad cultural como pertenencia a una comunidad que afronta un desafío inédito. Es importante señalar que los procesos de construcción de resiliencia son siempre bidireccionales:  no sólo se fortalece la sociedad sino el propio Presidente como conducción del Gobierno y del Estado. Basta comparar con países vecinos para entender a qué nos referimos respecto al rol de un buen gobierno frente a este inédito y trágico episodio contemporáneo que significa la pandemia mundial. Sin embargo estamos aún en los comienzos de un proceso cursos trazos inciertos van a depender de muchas más voluntades que la del presidente y los principales dirigentes sectoriales del país. En este sentido más allá de la reconstrucción y las transformaciones estructurales en materia económica, mucho de lo que se pueda lograr en términos de reparación y nuevo diseño del tejido social dependerá de la relación directa (o virtual) persona a persona y en grupo que sepamos promover en al trabajo, la educación, la salud y el desarrollo en general. Es en relación a la tarea que comenzando por el presidente abarca a funcionarios públicos de todos los niveles y areas que las ideas sobre promoción de la resiliencia pueden aportar para mitigar el dolor y potenciar los logros, especialmente teniendo en cuenta que tanto lo macro de las grandes decisiones como lo micro de las concreciones cotidianas tienen absoluta importancia en todas las políticas públicas. Resulta entonces relevante no perder de vista que lo macro es naturalmente jerárquico, normativo, “racional” mientras que lo micro opera mucho más en red, en el reino del “ser” más que del “deber ser”, allí donde lo emocional adquiere una relevancia y preminencia a las que resulta imposible dar respuesta de un modo meramente prescriptivo, como ya lo sabían militantes y trabajadores sociales, sanitaristas y educadores que actúan en contextos de exclusión y pobreza, y como hoy estamos compelidos a comprender todos, al menos mientras dure la emergencia.

El logro de la resiliencia colectiva, social y comunitaria deberá necesariamente apalancarse en los múltiples procesos que en el marco del combate a la pandemia y con posterioridad a ella habrá que dar promoviendo a su vez las capacidades resilientes de todas las personas, teniendo en cuenta el impacto globalmente catastrófico y subjetivamente traumático de la crisis que estamos atravesando y que nos atraviesa.

Es en relación a esto que  conviene revisar cuáles son y que utilidad pueden tener aquellas características que se han denominado pilares de la resiliencia, aquellos que todos los seres humanos podemos desarrollar a lo largo de la vida, siempre en relación a otros, en vínculo interpersonal o intersubjetivo, en el lazo social y, conviene insistir en ello, que encuentran a lo intelectual y lo afectivo indisolublemente ligados.
Tanto en el momento actual de aislamiento social preventivo y obligatorio en términos de limitar los desplazamientos, contener las necesidades básicas, mantener instancias de continuidad en la educación y los cuidados a niños y personas mayores como en la enorme tarea de reconstrucción sobre otras bases resulta conveniente articular las especificidades técnicas de cada tarea educativa, sanitaria, de cuidados o desarrollo productivo y social con una modalidad de  interacción que promueva el sostén afectivo, la independencia respecto a la situación de vulnerabilidad, la capacidad de interrogarse a si mismo, la iniciativa y creatividad (aún más necesarias frente a lo inédito), el  compromiso con el bienestar de los demás, el humor y, por supuesto, el pensamiento crítico. La resiliencia y sus pilares se construyen y pueden debilitarse o actualizarse y reaparecer según las contingencias de la vida de las personas y sus comunidades. Múltiples experiencias en el mundo, y no sólo en contextos de adversidad o vulnerabilidad, muestran que su articulación transversal, en la currícula de la enseñanza, integrando sistemáticamente lo intelectual y lo socioafectivo (la resiliencia no es un contenido o “materia” más como algunos entienden, por ejemplo, la educación emocional) promueve más y mejores aprendizajes. Del mismo modo, en el campo sanitario supone un enfoque que al no dicotomizar la salud física de la mental, y por su asequibilidad en la capacitación de todos los agentes de salud, favorece prácticas que integran holísticamente lo bío-psico-socio-cultural y permite obtener mejores resultados en promoción, prevención, cura y rehabilitación. Las tareas de cuidado de niños y adultos mayores se nutren, obviamente, de las consideraciones anteriores.  Es muy importante señalar que en todos los casos la promoción de resiliencia es un proceso que simultáneamente fortalece y potencia a las trabajadoras y trabajadores sociales, de la salud, la educación o el cuidado. Otorga un sentido, una dimensión y una valoración de la propia tarea que de algún modo protege de los riesgos psicofísicos a quienes se desempeñan en situaciones adversas y complejas.

La resiliencia siempre estuvo entre los seres humanos. Hoy sabemos un poco más sobre cómo promoverla, no sólo para disminuir el dolor o el sufrimiento sino también para potenciar el cambio estructural hacía un mundo y un país más  justo e inclusivo, donde el esfuerzo colectivo se plasme en la calidad de la vida cotidiana y la concreción de los proyectos colectivos y personales de todas y todos.