Con Cristina todo, sin Cristina Nada

Por Claudio Posse.

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Me contaron que Eduardo Duhalde se juntó con el Presidente Alberto Fernández antes de pasear por los medios de comunicación profetizando un golpe de Estado contra el gobierno elegido por el Pueblo. Me dicen que el ex gobernador de la provincia de Buenos Aires y ex Presidente elegido por el congreso, fue a solicitarle al actual Primer Mandatario que rompiera su actual alianza con Cristina Fernández. Ante la negativa del presidente, Duhalde hizo lo que siempre supo hacer: conspirar.

Ustedes estarán pensando que el párrafo anterior perdió actualidad, “ya todos nos dimos cuenta” dirá alguno que está a punto de cambiar de pantalla y huir hacia otros destinos vía streaming. Esperá amigo. Tranquilo.

Te propongo que analicemos, reflexionemos juntos en que situación está la política argentina. Por eso arranco con Duhalde. Porque es él quien visibilizó y puso en la superficie el intento golpista de gran parte de la oposición política.

Arranquemos entonces. Vamos a empezar el análisis teniendo en cuenta que la política es la herramienta que tienen los Pueblos para defender sus intereses colectivos. Con lo cual el control de los resortes institucionales que construyó la política, a través de la historia de la humanidad, son fundamentales para administrar esos resortes e influir en tal o cual interés sectorial o colectivo de la sociedad.

No es casual, entonces, que los diferentes sectores de la sociedad pujen y tensionen para conseguir que sus intereses sean resguardados, para esto se “meten” en política y desarrollan la construcción que los lleve a la conducción de poder político. En Argentina los sectores minoritarios, la oligarquía y, después, la burguesía, han organizado partidos políticos que, a la hora de disputar en el marco de la democracia electoral, en casi todos los casos, han tenido fracasos rotundos. Aunque no solo son los partidos políticos la única estructura que te permite acumular en la política, dijimos que estos sectores responden a intereses sectoriales, con lo cual El Pueblo, la gran mayoría de la población, no tiene más que la herramienta de “la política” para transformar positivamente su realidad.

Como se habrán dado cuenta repetí desmesuradamente en el párrafo anterior la palabra “política”. Cuan vilmente se degradó esta hermosa palabra ¿no? Digo, hasta suena lindo. Fueron los sectores minoritarios que han intentado destruir la política porque es la herramienta, es la posibilidad que tenemos (lo digo como integrante le Pueblo) de disputar, de tensionar para lograr construir realidades socialmente justas.

Se denigró la palabra y su contenido, pero también sus ejecutores. Entonces si haces política sos un malandrín, que se metió en política para “chorear”. Si haces política es porque estas enfermo/a de poder (hasta te clavan alguna enfermedad que encuentran en alguna enciclopedia que tienen de adorno en la biblioteca). Si haces, o ejerces la política, estas para garcharte a este o aquella. Si haces, o tenes la vocación, de la política es porque te gusta las luces de la tele.

Lo raro resulta ser que todos los que se dedican a denostar la política son los mismos que cuando tienen una oportunidad se quedan con algún contrato suntuoso del Estado, o se pasean por los medios buscando su minuto de fama.

La POLITICA es una herramienta. Y las herramientas conllevan indefectiblemente una disputa. El destornillador no funciona por si solo para sacar o poner un tornillo. Necesita de alguien que lo intervenga. Según quien interviene esa herramienta tendremos el tornillo colocado a la derecha o a la izquierda, al norte o al sur. Lo importante es saber que el tornillo alguien lo coloca.

Siguiendo con la idea del destornillador, es obvio que es imposible que las grandes mayorías puedan tomar el destornillador todos a la vez. Para eso elegimos, no importa en este análisis como, a un/a encargada de manejar la herramienta. Cuando el tema está complicado, o porque la pared esta agrietada o por lo que fuera, capaz elegimos a dos. Obviamente que los encargados de manejar la herramienta tienen el mandato de donde poner el tornillo. Puede ocurrir que lo coloquen en un lado equivocado, pero ese es un análisis para otra oportunidad. Lo importante es que la herramienta tiene que tener conducción para que funcione.

Pero del otro lado hay quienes quieren manejar el destornillador, aunque sean menos.

Los sectores minoritarios (la oligarquía en el caso de nuestro país) tiene bien en claro que son pocos, entonces no gustan de disputar con reglas claras quien maneja el destornillador. Por eso lo han arrebatado siempre. Para lograrlo no han sido tan creativos, el mecanismo es más o menos igual siempre: 1) El destornillador no sirve 2) El/la encargada de manejar / conducir la herramienta es el problema.

Ahí es donde tenemos que poner el foco. Nuestra herramienta siempre es la política. El Pueblo no tiene empresas ni cuentas en el exterior, tampoco tiene empresas de medios de comunicación ni influencia en las redes. Lo que tiene El Pueblo es la posibilidad de organizarse para tener un/a conductor/a que sepa la ciencia del manejo de la herramienta, claro está con mandato popular.

Ese es el caso de Cristina.

Desde que asumió Alberto Fernández a la presidencia de la nación los medios de comunicación intentaron romper el esquema organizativo que se dio el Pueblo para tener el control de la herramienta. En términos electorales se plasmó en el Frente de Todos. Obviamente que nos quieren dividir porque las posibilidades de que el Pueblo, organizado, maneje el destornillador por mucho tiempo son inmensas, ¿Por qué? Porque está organizado. Y porque tiene una conductora, que sabe muy bien dónde van los tornillos. Con lo cual, van por ella. Van por ella porque van por todos, también por Alberto Fernández.

Por eso tenemos que ser muy cuidadosos y defender ambas cuestiones: la herramienta y la que lo maneja.

Obviamente que unos de los caballitos de batalla que utilizan los anti política, la oligarquía y sus partidos construidos a tal fin, es el tema del líder o lideresa como un sinónimo de personalismo autoritario. La verdad es que es muy forzado, pero tan naturalizado que hasta muchos integrantes del pueblo se lo creen. Hay un tema que, si lo pensamos un poquito, se resuelve rápido. Vamos a ponerla a Cristina como ejemplo, la relación entre el Pueblo y ella es una relación que en el medio tiene un mandato: poné los tornillos en el lugar que van. Esa relación es dinámica, de ida y vuelta. Obviamente que genera un sentimiento de cariño, de afecto, de entrega entre ambas partes. Las dificultades que conlleva tomar el destornillador y colocar los tornillos para que todos y todas seamos felices hace que ese cariño se acreciente a puntos inimaginables. Ahí es donde los líderes y lideresas se transforman es seres extra ordinarios, porque dejan la vida en esa actividad noble, la de ejercer un rol de conducción para que la herramienta cumpla el objetivo.

Pasó con Evita y pasó con Perón. Entonces los derechos logrados, gracias a que el líder cumple con el mandato que le dio el Pueblo, se mimetizan con el líder mismo.

Para graficarlo les voy a contar una anécdota de mis inicios militantes.

Corría el año 1991. Se acercaba el 17 de octubre. Otro 17 del mismo año, pero de enero me había afiliado al Partido Justicialista, no bien cumplí 18 años. Me di cuenta que era peronista en 1989 después de leer todo lo que había escrito Perón, dos libros de él me marcaron para toda la vida, conducción política y la Comunidad Organizada. Con el primero sigo teniendo un 100 x 100 de encuentro. Me afilié y me puse a militar primero en Palermo Viejo, me fui un tanto enojado con esa Unidad Básica y meses después a otra del centro de la Ciudad. Bartolomé Mitre y Libertad. Lo cierto es que esta experiencia territorial había tenido una previa. La experiencia en el secundario. ¡Qué fácil era tomar el poder en esos espacios! Que difícil era el territorio. Como desconocía la militancia de base territorial, hice lo que hago siempre cuando no sé de un tema: me ordeno y aprendo. Me tocó, entonces, doblar las cartas de homenaje a la gesta del 17 de octubre, llenar carta por carta, armar el circuito de repartija y salir a timbrar.

Lo hice.

Empecé con la calle libertad, desde Rivadavia hasta Av. Córdoba y bajé por Talcahuano hasta Rivadavia. Pero en Talcahuano entre Perón, justamente, y Bartolomé Mitre, después de tocar timbre en una especie de PH, salió una mujer muy viejita pero muy activa. La cara era un cúmulo de arrugas, curtida por el laburo, imaginé, pero esas arrugas que quedan mucho más lindas que las operaciones estéticas. Esas arrugas eran como un mapa de la vida de esta compañera, de la cual no me acuerdo el nombre. Lo cierto es que le entregué la carta y fue la primera compañera que la abrió, ahí parada adelante mío y leyó atentamente el volante y cuando terminó me dijo: “entra nene, te invito un té y te cuenta mi 17 de octubre, porque yo estuve ahí

Entramos, la casa era oscura y olía a soledad. No me detuve a observar detalles. Quería que me cuente su historia. Fue a la cocina. Preparó el té. Los trajo. Me puso azúcar a su criterio. No me queje, obviamente. Se sentó frente a mí y comenzó el relato.

“Yo trabajaba como doméstica en una casa, inmensa, una mansión. El Patrón era un tipo… como son todos esos tipos. Pero en esa época estaba enojado. Perón había cambiado las cosas. Perón nos dio derechos. El patrón estaba enojado. Todos los días enojado.  Nos reunía todas las noches y nos decía: no se crean nada de lo que dice este (por Perón) … ya le va a tocar. Y nos mandaba a nuestra habitación. Porque nosotros vivíamos ahí….

… hasta que el 16 nos enteramos que Perón estaba preso. El patrón dejó de estar enojado. Estaba muy contento. Los tristes éramos nosotros. Pero sabés qué nene, no estábamos triste por perder los derechos que nos dio Perón. Estábamos tristes por Perón. Los derechos fueron un lindo momento. Pero nosotros lo queríamos a Perón. Y, ahora estaba preso.  Estábamos tristes.”

Mi té enfrió y ella me preguntó si quería que lo caliente. Le dije que lo tomaba frio, solo para que me siguiera contando.

“Encima no sabíamos nada más de lo que decía el Patrón, porque no dejaba que nos acercáramos a la radio. Supimos que el general estaba preso porque él dijo: “Perón está en cana carajo”. Lo odiaba. Pero el 17 fue diferente, no salía en la radio, se escuchaba en la calle. La gente fue a buscar a Perón. La mansión estaba en Lima y Carlos Calvo. Venían del sur. Y nosotros escuchábamos la muchedumbre.  El Patrón ya no estaba contento y los que estábamos felices éramos nosotros. En un momento el cocinero se acercó a preguntar algo sobre las compras y paró la oreja. El patrón se dio cuenta y nos ordenó ir a nuestro cuarto. Todos.

Nos encerró.

Gritaba furioso. Hasta que empezamos a escuchar ruidos. Martillazos. La puerta estaba cerrada con llave así que dos de los muchachos se las ingeniaron para ver por el ventiluz de la puerta. Uno de ellos, asombrado nos dijo: está tapeando las ventanas. Debe ser que tiene miedo dijo el otro, por la muchedumbre. Hasta que se escuchó la voz del Patrón que dijo (nos dijo a los gritos): “Acá nadie se va a buscar a Perón. ¿Escucharon cabecitas negras? Acá las órdenes las doy yo. ¿Qué mierda se piensan que son? Yo les doy de comer todos los días. No ese Perón.” Tapeo las ventanas y las puertas para que no saliéramos a buscar a Perón.

Pasó un rato, yo me sentía mal. Te digo, nene, que yo era muy miedosa. Siempre tenía miedo. Pero ese día, no sé qué me pasó. Me levanté y le grité a todos: “Vamos a buscar a Perón. Tiremos la puerta. Somos muchos. Y me puse a golpear la puerta y mis compañeras estaban quietos hasta que reaccionaron y después de un rato la puerta se abrió”. Del otro lado estaba el patrón con el cinturón en la mano. A mí me pegó con la hebilla en la espalda, todavía tengo la marca. Pero muy rápido lo atamos en una silla. Sacamos las maderas de las ventanas y puertas y salimos a buscar a Perón. Antes de irme lo miré, me saqué el delantal y le dije: ya no queremos más su comida. Ahora tenemos a Perón”. Nos fuimos hasta la plaza de mayo y lo vimos a Perón, nuestro Perón.”

La anciana me acompañó hasta la puerta me dio un beso y me dijo: “nunca dejes de ser peronista”. Me fui caminando. Y partir de ahí empecé a entender la relación del Pueblo con el líder. Imagínense ustedes como habrá extrañado esa compañera a Perón durante los 18 años de exilio. Porque la confusión de la oligarquía cuando analiza la relación entre el líder y el Pueblo es pensar que es material. Pues no, es inmaterial, es de amor. No existía operación mediática que destruyera la relación entre Perón y su Pueblo. Porque en el medio existía amor. El Pueblo extrañaba a Perón porque el amor es presencia.

Lo mismo ocurre con Cristina. Por eso es importante entender que la organización en términos políticos es inherente a la relación con los liderazgos dinámicos que define el Pueblo. No existiría el gobierno de Alberto Fernández sin Cristina. No digo esto desmereciendo la figura del presidente. Es algo que él mismo afirma permanentemente.

Por eso con Cristina todo, porque sin Cristina vuelven “ellos” y para el Pueblo siempre es Nada.

Mientras tanto, yo sigo siendo peronista.