¿Cómo se fabrica el odio?

Por Carlos Elbert. Profesor Titular de Derecho penal y Criminología (e) de la UBA.

Es evidente que hoy en nuestro país (al igual que en muchos otros) se articulan campañas de odio que contagian más rápido que los virus. Las hay contra los inmigrantes, contra los indígenas, contra los árabes y, por cierto, contra pobres e indigentes (por haraganes y culpables de su propia miseria).

En la Argentina existe también el estereotipo poli-funcional de los “negros” (de mierda), automáticamente equiparables con las pestes del peronismo, Kirchnerismo o populismo, que, de ser necesario, mutan sorpresivamente a Chavismo o comunismo, una curiosa albóndiga ideológica.

Leo muchos análisis interdisciplinarios que buscan desentrañar la genética de estos mecanismos que simplifican una realidad insoportablemente compleja, permitiendo interpretarla como una lucha entre “buenos” y “malos”, como en las viejas películas de cow-boys, donde siempre triunfaban los primeros.

No me internaré en un análisis profundo que incluya el lugar central de la actual revolución tecno-comunicativa. Haré algo más simple: rememoraré el inicio de la técnica de inducción al odio de masas en el siglo XX.

En este plan, recuerdo que Alemania fue precursora en el formateo de los Medios, merced al talento de un genio perverso, poseído por el fanatismo racial e ideológico: Joseph Goebbels. Este hombrecillo repelente y resentido asumió todo el poder comunicativo de Alemania en 1933, con 36 años de edad, y tuvo el mayor papel estratégico en la propagación del ideario y los valores nazis. Su ministerio controlaba toda manifestación cultural o política con eficacia absoluta, y el núcleo del mensaje propagandístico constante que irradiaba por los medios de comunicación CONCENTRADOS (recordar este concepto), se caracterizaba por la carga de resentimiento y odio ciegos contra ciertos objetivos.

Machacando sin pausa, se construyó que la derrota de la primera guerra mundial resultó de la traición de los partidos tradicionales, en especial de los de izquierda, manipulados por el “judeo-comunismo”, que complotaba en las sombras para apropiarse de Alemania, ya fuese en versión capitalista o bolchevique. En consecuencia, era imprescindible ajustar cuentas con todos ellos, para acceder a una revancha que situase a Alemania en el podio de los triunfadores del mundo, limpiando al planeta de seres degradados y perversos, preservando solo una raza perfecta. Semejante delirio, campo fértil de cualquier análisis sobre patología social, llevó a las catástrofes que conocemos, reproduciendo la quema de brujas a escala industrial moderna. Cabe suponer lo que podría haber logrado Goebbels disponiendo de la parafernalia comunicativa hoy existente, haciendo honor a su lema de mentir constantemente, hasta que “algo quede”.

Y cuando creíamos que todo aquello era historia, resulta que nuevos Gobbels, de mirada agresiva  y similar magnetismo, han logrado, con su poder concentrador del discurso, partir a las sociedades desde el odio  inoculado por repetición, tal como el  maestro había estipulado, consiguiendo que enormes porciones de la sociedad piensen y actúen en contra de sus propios intereses, repitiendo ciegamente el discurso de quienes los someten, con la aún más tremenda consecuencia de que lo hacen convencidos de que así ejercen su derecho a la libertad.

El mundo sometido al Big Brother es feliz de su sumisión, orgulloso de su egoísmo y convencido de representar a lo más sano de la sociedad, de ser la encarnación misma de la Patria, enfrentando, (banderas y cacerolas en mano) a los feos sucios y malos que perturban la paz del Truman Show.

Me pregunto cómo podremos romper esta cadena de reflejos culturales condicionados, esa seguridad de poseer verdades irrefutables sin más pruebas que convicciones y sospechas televisivas. ¿Hay mecanismos para superar esta horrenda etapa de posverdad y fascismo barato? Espero ansioso que nuestros políticos tomen conciencia de la gravedad de esta problemática, y se pongan a la cabeza de los cambios que son tan imprescindibles como urgentes, para superarla.