Claudio Romero: Cara a cara con la pandemia

La terrible pandemia que azota al planeta va dejando a su paso un reguero de malas consecuencias para la humanidad en su conjunto, mientras provoca al mismo tiempo que salgan a la superficie las mejores y las peores cosas de las personas. Así ha sido siempre, y se repite con la aparición periódica de amenazas biológicas desconocidas hasta para la ciencia misma, pero a la vez subestimada por la omnipotencia humana.

Sin embargo, esos flagelos, por más duros que resulten, se olvidan rápidamente, no inducen a acumular sabiduría sobre todo para prevenir futuros embates. Se relajan las inversiones estatales y privadas en los sistemas de salud, se descuidan los programas de emergencia y todo se reduce a un estupor generalizado que paraliza o dilata las acciones. Porque parecen “casuales” se da por sentado que las pandemias no volverán, que no habrá otro virus ni otra bacteria que origine el contagio masivo y construya otro escenario de muerte

Con la explosión de esta nueva epidemia la sociedad mundial redescubrió que se trata de un enemigo que llega para plantearle la guerra a un sector determinado de la población. La del COVID 19 pareciera apuntar a los mayores de 60 años, a los viejos, a esa franja etaria vulnerable por enfermedades preexistentes. No obstante, es relativamente selectivo pues se ve que también es virulento con personas de menor edad, e incluso con los niños. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advirtió que los jóvenes «no son invencibles» y deben tomarse el virus en serio.

Pero, admitamos que el primer objetivo del denominado vulgarmente “Coronavirus” son los adultos mayores. Conviene reflexionar sobre su protección, focalizar el desamparo al que algunas sociedades los condenan como material de “descarte humano”, en un inocultable desprecio por la vida misma.

Así como Argentina ha elegido privilegiar la vida por sobre la economía al establecer una cuarentena anticipada y un aislamiento obligatorio, otras culturas como la belga o la holandesa ejecuten prácticas propias que condenan a los débiles a morir en los geriátricos para no saturar el sistema de salud; o la estadounidense que en un principio dio preeminencia a la actividad productiva y a la economía en desmedro del número de víctimas.

El COVID 19 provoca muertes en un tiempo record, es menos piadoso que otras enfermedades. El contagio en 2020 afectó, en dos meses, a unas100 mil personas y generó 10 mil muertes en el mundo. Los adultos mayores que murieron no fueron números que engrosaron cifras redondas, eran personas con conciencia, alma, nombre y apellido, generadores de familias y trascendencia de la especie humana.

En el Prólogo del libro “Memorias de Adriano”, de Marguerite Yourcenar, de origen belga precisamente, Adriano le escribe a su sucesor (en la novela) Marco Aurelio: “Decir que mis días están contados no tiene sentido; así fue siempre; así es para todos. Pero la incertidumbre del lugar, de la hora y del modo, que nos impide distinguir con claridad ese fin hacia el cual avanzamos sin tregua, disminuye para mí a medida que la enfermedad mortal progresa. Cualquiera puede morir súbitamente, pero el enfermo sabe que dentro de diez años ya no vivirá. Mi margen de duda no abarca los años sino los meses”.

Es lo que se plantean los ancianos holandeses y belgas, obligados a morir abandonados de asistencia médica por una decisión política y cultural. Los quieren fuera de los hospitales, que agonicen en los geriátricos o en su casa con curas paliativas. Esa es la directiva de la Sociedad Belga de Gerontología Geriatría para sus médicos.

Las culturas nos confrontan, las pérdidas humanas nos laceran. El dilema y la realidad catastrófica se topan sin remedio. Al 2 de abril el contagio se extendió a más de un millón de personas en todo el mundo, provocando 52 mil muertes. La proporción de personas que fallecieron varía de un país a otro. Ese mismo día, en Bruselas develaron el avance aterrador del coronavirus en Bélgica, donde más de 1000 personas fallecieron en ese país de 11,4 millones de habitantes. El 93% de los fallecidos tenían más de 65 años.

En esta pandemia iniciada en China, donde se ordenó el mayor confinamiento en cuarentena de 45 millones de personas en una provincia completa, Italia y España resultaron ser las dos naciones más castigadas por la tardanza en tomar decisiones para dominar el flagelo y la desobediencia social. Esos dos países contienen poblaciones realmente avejentadas y el elogio de contar con miles de personas que superaron los 100 años se convirtió en una desventaja ante el avance del virus.

Italia nos dejó mensajes con la gran cantidad de profesionales contagiados y muertos, y los suicidios por la frustración de no poder salvar vidas o decidir quien vivía y quién no por excederse la capacidad hospitalaria. Italia, con 14 millones de adultos mayores (22% de la población), hasta principios de abril registraba 13.900 muertes y más de 100 mil infecciones, lo que suponía una cruda tasa de mortalidad de 10,8%.

En España superaron a principios de abril los 1.100 muertos en residencias para mayores. Los geriátricos se desbordaron, quedaron con personal insuficiente y falta de kits de pruebas. En Madrid, donde funcionan unas 500 residencias, casi el 40 por ciento de las personas murieron por coronavirus. El Ejército español comprobó in situ que había ancianos absolutamente abandonados, cuando no muertos, en sus camas. En total, España contó hasta la fecha 110.238 casos de infectados y 10.003 muertes, de los cuales el Ministerio de Salud reconoció que el 95% son mayores de 60 años.

En Argentina, las estadísticas revelan pocos datos porque hay números reducidos de contagio y muertes comparados con los países antes mencionados.  Extrañamente, al 30 de marzo pasado, las principales franjas etarias con casos registrados correspondían a personas de entre 20 y 59 años. Sin embargo, los últimos siete fallecidos hasta el 2 de abril fueron mayores de 60 años. La Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el conglomerado con mayor cantidad de adultos mayores (700 mil), espera su pico para mediados de mayo. Por esta ciudad ingresó la mayoría de los portadores del virus, proveniente del exterior.

Las primeras planas de los diarios repletas de datos de Italia y España abandonaron ese enfoque el 3 de abril para abocarse al contagio desatado en Estados Unidos por la tardanza del gobierno en tomar medidas imprescindibles de aislamiento. La edad de la mayoría de los muertos en Estados Unidos es de entre 60 y 90 años. Muchos vivían en hogares de ancianos. El grupo con más decesos estuvo relacionado con un hogar de ancianos en Washington, donde murieron más de 20 personas, como en otros centros de atención de larga estancia en Washington, Florida y Kansas donde tenían enfermedades preexistentes al COVID-19.

Estados Unidos registró un récord de 1.169 muertos en solo 24 horas, de acuerdo al balance de la Universidad Johns Hopkins, la mayor cifra diaria hasta ahora en el mundo. El total al 2 de abril asciende a 6.058, mientras el número de contagios ascendió abruptamente a 245.000.

La libertad de cada Estado norteamericano actuó en contra de la unidad de criterio para combatir la pandemia, extendida velozmente en todo el país. Subestimaron el ataque biológico. Esa libertad dejó que siguieran abiertos los negocios, entre ellos los de venta de armas y los centros religiosos donde la gente se acumula de modo inconveniente. La ausencia de un sistema de salud social y estatal dejó a la población librada a su propia suerte.

El tema, muy novedoso por cierto, e instalado a fuego y por la fuerza en apenas tres meses en todo el planeta, puso en movimiento a la comunidad científica, gracias a la cual nos enteramos de infinidad de cuestiones. Vimos tambalear hipótesis, afirmaciones y rutas a seguir para frenar el contagio. Con todo, hoy solo sabemos que la vacuna contra el COVID-19 aún no existe, y es probable que recién comience a producirse dentro de unos cuantos meses, o tal vez uno o dos años.

La única certeza con la que contamos es la unanimidad para enfrentar este enemigo silencioso pero no hemos pasado la prueba para derrotarlo. Son dudosos los diagnósticos, deficientes los niveles de organización, lentas las reacciones para instalar servicios asistenciales, dubitativos los reflejos políticos para atenuar la contundencia del virus.

En ese desaliento, Adriano nos diría: “No te llames sin embargo a engaño: aún no estoy tan débil como para ceder a las imaginaciones del miedo, casi tan absurdas como las de la esperanza, y sin duda mucho más penosas. De engañarme, preferiría el camino de la confianza; no perdería más por ello, y sufriría menos”.