Clase Media, te quiero volver a ver

Por Claudio Romero, Diputado de la Ciudad.

 

Tal vez resulte una verdad de Perogrullo, pero necesito resaltar el orgullo histórico de que la Argentina se jacte de tener una gran clase media. Y lo digo a sabiendas de que existe en nuestra sociedad minorías que sienten un profundo rechazo por ese sector que, sin embargo, es el que se pone las crisis al hombro, se levanta de todos los fracasos nacionales y sostiene al país en sus peores épocas con una potencia de trabajo y producción inigualables.

La clase media argentina no es una franja social carente de nombres y apellidos, es fácilmente identificable aun cuando las visiones sociológicas o económicas trajinen para encasillarla dentro de parámetros de magníficos ingresos anuales, buena estabilidad, gran calidad de vida, excelente confortabilidad, vivienda lujosa, excedentes de ganancias que pagan varias vacaciones al año y permiten los fondos en el exterior. La clase media en la Argentina no llega a ese nivel, pero tiene una mentalidad, aspiraciones y un manojo de valores típicos de la superación.

Por eso, la sola mención o el rumor acerca de que se estaría trabajando en un “Impuesto Patriótico” -como si estuviéramos en la época de la guerra por las Malvinas- que pudiera afectar ahorros o bienes por 10 millones de pesos, es decir 120 mil dólares, causa estupor e indignación en nuestra clase media. Ese monto equivale apenas a un departamento de dos ambientes, pagado durante veinte años mientras se aprendía un oficio o cursaba una carrera universitaria.

No debe ser la clase media argentina la que pague los costos de una pandemia, como la del COVID 19, porque desde el principio está sufriendo la amenaza de ese virus desconocido. Seguramente existen otras fórmulas que no obliguen a caminar en la cuerda floja a trabajadores que con enormes esfuerzos lograron tener una casita propia y un auto. En definitiva, algo aspiracional que nos enseñó el mismo peronismo. Es admisible si, para unas 15 o 18 mil familias muy pudientes. El impuesto a la riqueza no debería tener una esencia revanchista.

A propósito de esto, resulta llamativo que un proyecto legislativo denominado “impuesto patriótico” surja, precisamente, de quienes son poseedores de inmensas fortunas y, actualmente, mucho poder político. Hacerse los guapos con quienes tienen la única aspiración de abandonar el peldaño de la desigualdad para crecer un poquito en la pirámide de la igualdad, es imperdonable.

Nuestra clase media está radicada mayoritariamente en el área metropolitana y en los centros urbanos del interior del país. De ahí salen a laburar todos los días, producen, pagan impuestos y servicios, movilizan el mercado del consumo, añaden cada mañana su cuota de solidaridad con los que menos tienen.

La mayoría de ellos son informales, monotributistas o autónomos, hombres y mujeres con estudios secundarios y universitarios, que trabajan en Pymes, brindan sus servicios en áreas críticas como la salud, la educación, la seguridad, se esmeran en cumplir sus horarios, ejercen orgullosamente las tareas de su conocimiento, se desempeñan en oficinas, locales comerciales chicos, medianos y grandes, llevan a sus hijos a escuelas públicas, colegios parroquiales o de gestión privada de bajos costos, pagan la cuota de alguna escuelita de fútbol o las clases de patín, pintura o danzas.

Son gente sencilla pero activa que en esta pandemia cocinan como nunca antes de la cuarentena, piden un delivery o van al cine de vez en cuando, cenan afuera cada dos o tres meses. Son el peluquero, el tintorero, el kiosquero, el dueño del bar de la esquina, el colchonero de la cuadra, la señora del bazar y la de la mercería. Miles de ocupaciones, cientos de profesiones, decenas de oficios que practican quienes se consideran miembros de la clase media argentina.

Seres humanos que trabajan la semana entera incluyendo los domingos, los días de fiesta, con lluvia, sol o viento. De esa clase media argentina, que podría caracterizarse de mil maneras, estamos orgullosos y tememos por ella, porque está al borde de caer en la pobreza porque muchos han dejado de percibir ingresos a causa de la pandemia.

El panorama se replica en el interior del país con otros matices, donde el 50 o hasta el 70 por ciento de los habitantes forman parte de la plantilla de la administración pública y son sostenidos con la ayuda social del presupuesto provincial. Ellos también se incluyen en la clase media argentina, tienen la única ventaja de tener el sueldo asegurado a diferencia de los trabajadores independientes más expuestos en tiempos de inestabilidad.

Pese a los esfuerzos que hace, la clase media genera resentimiento en los sectores de bajos recursos y hasta un desprecio de la clase alta por la pretensión de ascender y hacer efectiva la movilidad social ascendente -repito, algo que nos enseñó el peronismo-. Pero esto es hoy casi un detalle, en medio de una pandemia que pone en crisis todos los estamentos de la sociedad, a los poderes políticos en particular, y al sistema de instituciones en el mundo entero.

En el duro proceso de eludir al virus, la clase media es la que mejor comprende la necesidad del aislamiento social prolongado, porque es la que mejor conoce las etapas de las crisis que se desatan en el país, porque aprendió a sobrevivir hasta en la dictadura militar, la que más sintió el ultraje por el despojo de fondos del Estado con una impunidad desbordante, la que percibe con claridad las especulaciones políticas y las necesidades de los cambios.

Esta pandemia nos aisló tanto que ya quiero volver a ver a Nico en la peluquería, a la ucraniana que me hace los dobladillos de los pantalones, al “ponja” de la tintorería que me limpia el traje, al kiosquero Cacho que me vende las pastillas de menta, al señor que hace el mantenimiento del ascensor del edificio, a José -el de la librería-, a Carlos ofreciéndome una camisa nueva.

Ellos son la clase media argentina, de la cual muchos estamos orgullosos. Por eso clase media, te quiero volver a ver.