Cienfuegos

Por DP. (lo encontramos en las redes).

El comandante Cienfuegos con 42 hombres desharrapados y hambrientos llegó un atardecer a las afueras de LLanada Arriba. Avistó una choza cuya chimenea humeaba; había una vaca que pastoreaba y un perro ladrador. La vieja que vio venir la tropa de barbudos comenzó a temblar: se llamaba Eulalia, era viuda, madre de tres hijos varones, uno muerto por cuatrero y los otros dos en el la Sierra con los levantiscos. El comandante Camilo no se impuso como para requisar a la vieja, se frenó delante de la mujer, abrió las piernas en posición de descanso, se quitó el Stetson que tenía una lonja de sudor grasoso que sobrepasaba la cinta del sombrero, bajó la Thompson con el caño mirando al piso de tierra y dijo: “-Mi señora ¿tiene frijoles?”

La mujer, asustada, respondió que tenía una bolsa de dos kilos, un poco húmeda. El Comandante, sonriendo -las ojeras le ponían un pequeño antifaz a sus ojos cansados-, preguntó: “-¿Mi señora, tiene una olla grande?” La vieja meneó la cabeza. El comandante mandó a dos subalternos a requisar una choza que se avistaba desde el alero de Eulalia. “-Por favor, les ordenó, traigan una olla grande. Y no se olviden de dejar el recibo de apropiación y devolución a nombre de la Columna José Martí”. Esa noche, mientras el comandante cocinó los frijoles para la tropa, Eulalia lo siguió con la mirada, ya menos espantada, aunque alerta, sentadita en una silla suturada con alambre. A cada uno de los 40 que iban de tropa les tocó dos cucharadas de frijoles hervidos, revueltos con siete huevos estallados y dos tomates hechos puré. Todos estaban famélicos, había dos heridos leves -uno con una costilla rota-, y otro con problemas para orinar luego de un morterazo que lo había despedido dando dos vueltas carnero hacia atrás. El comandante no comió, sólo pasó el dedo por la olla.

Tampoco comió el segundo del comandante. Cienfuegos le extendió un recibo a Eulalia donde la Columna José Martí se comprometía a devolverle la bolsa de frijoles. También, le dio cinco billetes gruesos a la pobre mujer, le pidió disculpas y se aseguró que tuviese comida para los días subsiguientes (descubrió que Eulalia guardaba papas, choclos, carne de cerdo salada y vino). Cuando emprendieron la marcha, al amanecer, Eulalia le preguntó al joven guerrillero jefe por qué no había probado bocado y Cienfuegos, calzándose el sombrero y cargando al hombro la Thompson, le respondió, suavemente, como en un susurro: “-No me corresponde. Sería ‘habladurías’ contra el Ejército Rebelde”.