Chile: Momento destituyente, momento constituyente

Por: Rodrigo Muñoz Baeza – Abogado, Vicepresidente de la Juventud Socialista de Chile y de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas.

Las elecciones de 15 y 16 de mayo -una inédita doble jornada debido a la pandemia- van a ser un hito que van a dar mucho que hablar en Chile y América Latina.

Si bien fue una realización conjunta de regionales y municipales, el foco ha estado en la histórica elección de asambleístas para la constituyente, de forma paritaria, con discriminación positiva para discapacitados y escaños reservados para pueblos indígenas. De por sí hablar de esto, luego de las experiencias bolivarianas de inicios del milenio, tiene bastantes complejidades, sin embargo, el aire que le dará este angosto país allende la cordillera de los Andes al constitucionalismo latinoamericano es sumamente relevante.

Lamentablemente desde Chile tomar esto con perspectiva tiene muchos ripios. En el contexto de un calendario político endemoniado, parece bastante difícil sentarse a reflexionar sobre estas apreciaciones. De las 10 elecciones que se disputan este año, vamos recién en la mitad, faltando aún las presidenciales y las legislativas hacia noviembre. De todas formas, al menos un par de ideas se pueden rescatar de los resultados.

Lo primero es que este proceso que ocurre en la sociedad chilena es consecuencia de la revuelta social del 18 de octubre de 2019, que trajo las más grandes manifestaciones sociales desde la vuelta de la democracia, en medio de un gobierno de derechas como el de Sebastián Piñera -que en 2018 había resultado electo con la mayor cantidad de votos a favor en los últimos 30 años-.

¿Eso nace allí? Todas las luces nos dicen que no, y que más bien la grieta generacional que se ha abierto velozmente es fruto de varias revueltas sucesivas que encuentran origen en el movimiento pingüino de 2006, y es el epítome de las luchas sin respuestas de la institucionalidad protagonizadas por el movimiento estudiantil, No+AFP, el feminismo, el cambio climático y las problemáticas regionales; como también el derrumbe de las posibilidades vitales con la crisis de la vivienda, la deuda de los préstamos estudiantiles y la precarización del mercado del trabajo.

De esa manera, pareciera formarse la construcción de una identidad cultural diferenciada, donde se han reunido distintos factores en la aceleración del ritmo de las transformaciones sociales y la realización de acontecimientos históricos realmente sísmicos para la sociedad chilena.

Lo segundo es consecuencia de esto: el dato en torno a los votantes. Si ya en el plebiscito de 2020 habían concurrido a las urnas 1,2 millones de personas por primera vez, esa tendencia se mantuvo para la constituyente, con una participación que rondó el 43%. Esto, que puede parecer bajo, debe considerar que en Chile el voto es voluntario, con nulos incentivos a ejercer ese derecho, por lo que esos números son significativos, en especial porque se trata de un alza principalmente del bloque entre los 19 a 39 años.

Luego, es razonable presumir que esa oleada de votos nuevos inicialmente fue a parar al “Apruebo”. Y de allí se fue hacia candidatos no tradicionales, donde gran parte del 17% que consiguió la Lista del Pueblo, junto con otros grupos independientes y organizaciones sociales se justifique. Allí se da un fenómeno donde los partidos sufrieron la ausencia sancionatoria de sus antiguos votantes, en proporción parecida a los nuevos que votaron por nuevas alternativas.

Aquí se abre un tercer punto: no es posible suponer una corrida del espectro político hacia la izquierda, sino más bien el látigo anti-sistema. Hay dos anécdotas que reflejan ello: una, cuando los empezaron a anunciar como ganadores, no había fotos de ellos en televisión para mostrar; y dos, que la cara más visible ha sido Giovanna Grandón, una transportista escolar que se disfrazó de Pikachu para las protestas.

De allí que malamente se ha puesto a la Lista del Pueblo, que fue la revelación de la jornada, como una fuerza de extrema izquierda, cuando más bien se trata de elementos fuera de lo tradicional, con muchos liderazgos territoriales y de organizaciones sociales. Blandiendo la bandera de la independencia, con el pasar de los días, en entrevistas se han visto en muchos temas más moderados que el Frente Amplio y el Partido Comunista, por lo que se genera una interesante incertidumbre y ver si lograran coordinarse en esa heterogeneidad para la Convención.

Ese escenario, no obstante, es difícil de comparar con situaciones en otros países. Alfredo Joignant señala que Chile pudiera estar nuevamente dando lugar a un experimento para definir su orden político, como una especie de utopía anti-partidista. Ahora, eso es difícil de sostener, ya que la caracterización de una rebelión en contra de los partidos, sus dirigencias y figuras, no tiene un correlato en los rendimientos electorales, que nos genera una imagen distorsionada, en especial si solo miramos la constituyentes.

Las dos fuerzas orgánicas dominantes de la política chilena, la derecha basada en la coalición Chile Vamos y la centroizquierda en rededor de Unidad Constituyente (ex Concertación), siguen teniendo un peso territorial relevante. Si bien sus porcentajes históricos han disminuido, lideran en regionales como en municipales. La tercera fuerza, mirando de más lejos, es la izquierda organizada entre el Partido Comunista -con muchas sorpresas en Santiago- y el Frente Amplio -decepcionando como nuevo actor-; y luego de ello no hay nada más.

De esto se puede desprender que los electores actuaron de manera diferente en la constituyente de las demás votaciones: en la primera, primaron los intereses de ver diversidad y más actores, castigando figuras tradicionales -no solo políticas, sino también sociales-; en las segundas, en cambio, se materializaron intereses comunitarios, donde los partidos fueron favorecidos.

Ahora, el anti-partidismo y el desprecio al establishment son la moda, aunque esto es algo instalado no solo en Chile sino en la democracia occidental liberal. Estamos en un interregno donde necesitamos partidos que no tenemos y no tenemos sustitutos a los partidos que no tenemos, lo que está condenando al ostracismo a las actuales tiendas partidistas.

Es de esperar que en la Constituyente se pueda reflejar una apuesta hacia institucionalizar el conflicto social y distribuir los intereses que conviven en la sociedad de una mucho mejor manera. Si se logra operar y alinear con lógicas fuera de las regulares conocidas en el Congreso, se traerá una resignificancia a la política con mayúsculas. Hay representantes que antes estaban solo en la protesta, que mañana estarán sentados en el salón plenario de una asamblea constituyente. Esa oportunidad no se puede perder, pasar del momento destituyente a uno constituyente.