Carta abierta a Carlos Alberto Beraldi

Por Maximiliano Rusconi.

Hola Alberto, ¿cómo va? Antes de ayer, mientras leía algunas de las infamias de los pseudoperiodistas que pretenden satisfacer la cuota diaria de obsecuencia con los factores de poder tan destructivos como reales, me acordaba de los mediados de los años 80. ¿te acordás no?

En el año 1985, a comienzos, yo cursaba Derecho Penal 1, con Marcelo Sancinetti. Uno de los mejores profesores que ví en mi vida y que si hoy tuviera que describirlo invitaria a los lectores a ver la película “la sociedad de los poetas muertos”.

Sancinetti, además de los días de curso, nos hacía ir en pleno febrero los sábados y él llegaba con un rotafolio (que yo ayudaba a traer de su auto creyendo que eso me iba a dar al final algún favoritismo en el examen). Él se transformó, en mi criterio y con los años, en unos de los 3 o 4 mejores penalistas de habla hispana del mundo (casualmente o no, ya había sido elegido como el más aventajado discípulo por Enrique Bacigalupo, quien recibió el mismo honor del Profesor español Don Luis Jiménez de Asúa).

Sancinetti, luego, y más allá de las opiniones individuales, nos brindó un ejemplo conmovedor de poner el cuerpo en defensa de los derechos humanos que habían sido pisoteados en la argentina dictatorial. Luego, él, Julio Maier y David Baigún nos señalaron el camino de oposición a las llamadas leyes de obediencia debida y punto final.

Sabrán estos periodistas que, Don Luis Jiménez de Asúa, el Presidente de la República Española en el exilio (1962-1970), consolidó una escuela conocida en el mundo, formando un conjunto de discípulos de la talla del mismo Enrique Bacigalupo, David Baigún, Frias Caballero, Leopoldo Schifrin, Esteban Righi, Lucila Larrandart, Gladys Romero y otros tantos.

Me acuerdo que, en ese verano, Sancinetti había dividido el curso en 4 subcomisiones gracias al apoyo de un conjunto de ayudantes graduados (Alberto Binder, Mirna Goransky, Mario Magariños, vos y otros). Yo estaba en tu comisión. Era mi primer año en la Facultad, era época de buscar novia y cancherear, hasta que un día me invitaste a que con la misma gracia responda alguna pregunta o solucione un caso. Ese día, de 1985, me puse a estudiar y nunca dejé de hacerlo. La nula respuesta mía y el papelón siguiente construyeron mi orgullo. Ese día siempre te lo agradecí en silencio.

Eran años de 10 o 20 profesores que habían sido perseguidos por la dictadura, 10 o 20 muchachos de tu generación y 10 o 20 jóvenes de mi generación que, sin saberlo, habíamos hecho un pacto invisible pero poderoso a favor de no dejar de luchar nunca por el Estado de Derecho.

Mientras tanto iban volviendo quienes habían estado exiliados en la dictadura (algunos), Esteban Righi, Zulita Fellini, etc, etc. Ellos, más Lucila Larrandart, Raúl Zaffaroni, Jaime Malamud Goti, Andres D´Alessio (quien no era discípulo de Don Luis, sino de Sebastián Soler), concursaban para volver a su Universidad, de la cual habían sido desplazados o maltratatados por los orangutanes que patoteaban las ideas.

Yo no sé en que andaba Majul o Carrió en el año 1985/86, tampoco los que critican hoy al Presidente de haberte nombrado en una Comisión que tiene que aconsejar sobre los caminos para lograr una justicia digna luego de tanta tristeza y desilusión, pero nosotros invertíamos muchas horas en discutir el caso del juzgamiento de los ex comandantes. Vos estabas siempre en esos debates con la palabra justa, sin ninguna sobreactuación, pero cuando se “pasaba lista” siempre estabas.

Eran años en los cuales, Carlos Elbert traducía y publicaba en “nuestra” revista Doctrina Penal el capítulo del libro de Roxin que hablaba de la autoría por dominio de un aparato de poder, hacíamos reuniones de la revista, reuniones de cátedra.

Eran épocas en las cuales Carlos Nino comenzaba con sus discípulos a trabajar en la reforma constitucional y con Julio Maier todos empezamos a colaborar en la reforma del sistema penal.

Mi generación se ganaba el sueldo como podía, estudiaba, escribía y luchaba por recibirse, la tuya trabajaba de Fiscal, o de abogados particulares, o en el Ministerio de Justicia, pero todos a favor del mismo objetivo, hablábamos de las mismas cosas. ¿Alguien podrá entender eso en la actualidad? ¿Es tan díficil entender que vos hace varias décadas que sólo buscás fortalecer el Estado de Derecho?

Ahora veo que Elisa Carrió, quien ha desarrollado un camino de destrucción del Estado de Derecho, de fomento de los aparatos de inteligencia ilegales y conducidos por sujetos que han cometido ilícitos una y otra vez (ella los llama criminales), la misma señora que sin darnos cuenta ha llevado a la clase media porteña a la extrema derecha en un camino que asusta, aquella que banaliza la religión, que ridiculiza los símbolos sagrados de esa religión, te critica a vos y a León Arslanián (uno de los que juzgaron a los ex comandantes en épocas que Carrió construía su camino de mezquindades de clase alta), porque han sido abogados y cobraron dinero por ese trabajo. Yo no puedo entender la crítica. ¿Sabrá que con extrema puntillosidad das cuatrimestre tras cuatrimestre tu curso de derecho procesal?, ¿Sabrá que tu trabajo profesional es impecable, honesto, esforzado, serio?

¿Se habrán olvidado que sos una de las personas que mayor experiencia tiene en la reforma procesal? ¿Tomarán en cuenta que formamos parte de un grupo de locos que hace 30 años que pensamos o debatimos estos temas?

¿Qué parte de defender a alguien a quien se lo imputa de un ilicito está mal? Como más de una vez me ha dicho nuestro maestro Sancinetti, si defender está mal, también lo está juzgar.

Querido Alberto, habría que avisarle a la Sra. Carrió y a algunos periodistas que lo que define en la profesión de abogado lo que está mal y lo que está bien, es el modo en que ejercemos nuestra tarea, la lealtad de las armas con las cuales presentamos la tesis de nuestros defendidos. Lamentablemente para ella eso también rige para la actividad política.

Lo que define lo genuino de nuestros argumentos es que haya una constante en ellos. Yo sé que vos pensas lo mismo y actuas en consecuencia desde que yo puedo dar fe y eso se remonta al año 1985.

Debo recordar que en ese curso me saqué un 9, ni siquiera logré que al llevar el rotafolio de Sancinetti de su auto Renault 12 a clase, me suban ese mísero punto. Esa era nuestra ética y será la que rija donde actués vos y todos nosotros.