Astillero Río Santiago: La búsqueda de llegar a buen puerto

Por Ariel Basteiro. Presidente Astillero Río Santiago.

Cuando corría el segundo gobierno del Presidente Juan Domingo Perón, este plantea una premisa que decía «si compramos el barco en el extranjero nosotros nos quedamos con el barco y ellos con nuestra plata, más si lo fabricamos nosotros, nos quedamos con el barco, con la plata, y le damos trabajo a nuestro pueblo» a esa reflexión – pregunta, de Perón, el mismo respondió promoviendo, diseñando y desarrollando lo que sería hasta el día de hoy el  Astillero más grande de Latinoamérica: El Astillero Río Santiago.

Ya pasaron 67 años desde  que un 15 Junio de 1953, en que  se fundara el Astilleros y Fábricas Navales del Estado (AFNE), al cual se transfirió Astillero Rio Santiago y  casi inmediatamente se iniciara la construcción de lo que es hasta hoy la nave insignia de la argentina, la fragata Libertad, que fue bautizada en sus inicios como Eva Perón, y cambiado su nombre después del golpe del 55, pues tenía para los golpistas el intento de llevar a que este barco escuela tuviera un significado político que intentaba imponer de manera soslayada el anterior gobierno, se la rebautizó como Libertad por el gobierno que se hacía llamar de la revolución libertadora.

Ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio es usual para la derecha en nuestro país.

Pero más allá de estos detalles históricos, a partir de la década del 50 Argentina comenzó a diseñar e implementar una flota mercante propia (ELMA) con más de 60 barcos, inició la construcción de barcos militares para la defensa, y se paró como un país en condiciones de construir barcos de gran porte, ingresando en una categoría que pocos países tenían en ese momento e incluso en nuestros días. Allí el astillero Río Santiago es una referencia única en el país, Latinoamérica y el mundo.

Obvio que las políticas neoliberales, los intereses de la industria armamentista en el mundo, y hasta la geopolítica en un mundo que paso de unipolar a multipolar, intentan socavar y hacer desaparecer a la industria pesada en nuestro país, y entre ellas, a la industria de la defensa en la cual es referencia principal el Astillero Río Santiago.

Este hecho se intensifica cada vez que nuestro país intenta llevar adelante políticas soberanas conviviendo como ocurre en la actualidad, con situaciones desastrosas que nos dejó el neo liberalismo con recesiones y deudas.

Pese a ello es mérito del Astillero que después de 67 años de vida y de haber construido a un promedio de 1 barco por año y dando respuestas en construcción metalmecánica de envergadura (turbinas Yacireta, grandes estructuras metálicas para estadios, teatros, obra pública ) hoy  sigue con vida y con  proyectos de expansión, si bien vivimos 4 años del peor depredador del estado que fue el tándem Macri – Vidal, periodo que se caracterizó por desinversión, destrucción y el intento de hacer desaparecer el astillero .

En este presente la recuperación del astillero es un camino difícil, tras cartón la pandemia que hoy azota al mundo entero también demoró el proceso de reconstrucción que nos habíamos dado, para por fin terminar las obras navales que hace más de 10 años esperan en las gradas.

Con la llegada de Axel Kicillof al gobierno de la provincia y Alberto Fernández en la nación, hay un claro interés de volver a poner a este astillero como el polo industrial pensado por Perón, y que fue orgullo del pueblo argentino y de sus trabajadores que lo defendieron cada vez que fue atacado por esos intereses ajenos al desarrollo nacional, la industria argentina y el bienestar de las mayorías.

El nuevo escenario en el cual estamos trabajando con el apoyo de la gobernación, su ministerio de producción, y en paralelo las políticas que se puedan impulsar desde el gobierno nacional, consistentes en aplicar una política de transporte Fluvial y Naval que permita en estos momentos en que el país debate el rol del estado en la comercialización de los granos en el comercio exterior, debate que se intensifica con la recuperación por parte del estado de la cerealera Vicentín. Esta nueva realidad hace repensar la necesidad de dotar al país con una flota naval de bandera, como el pueblo argentino defendió y hoy sostiene la necesidad de una aerolínea de bandera, hay que comenzar a discutir la imperiosa necesidad de tener una flota mercante propia, de esta forma ahorraríamos miles de millones de dólares en flete y contaríamos con una herramienta para ejercer políticas soberanas en el transporte marítimo.

La industria naval está atada a la suerte de lo que suceda con el desarrollo de una flota de bandera propia, hoy totalmente extranjerizada, en la medida que podamos participar en el transporte fluvial, en la posibilidad de que el ministerio de defensa apueste como lo viene haciendo al reequipamiento de las FF. AA., a partir de allí, tendremos la posibilidad de comenzar a funcionar, de competir en el mercado de construcción de panamax, bulk carriers para el mercado internacional.

En este futuro de recesión y caída de la economía es otro de los elementos que complica el futuro de la industria naval, con lo cual queda apostar al mercado interno, si avanzamos con políticas clara de exportación y traslado de la producción agropecuaria, allí se justificara la construcción para nuevos armadores argentinos o el estado. Barcos que puedan participar en el mercado de fletes marítimos y a partir de allí participar en algo de los 3000 millones de dólares que nuestro país paga a empresas internacionales.

Desde el astillero estamos preparados para ese desafío, queda por delante implementar políticas de desarrollo para la industria y crecer en recaudación participando en la obra pública que el país necesita, y con la rentabilidad provocada con ello, re inversión en maquinaria y puesta a punto para participar en la construcción de barcos para las flotas de bandera que tengamos que potenciar.