Arte Pobre

Por Sebastián Ruiz.

En estos días hubo una noticia que “conmovió a todos”. O al menos eso es lo que se tituló desde algunos medios. Igual, los comentarios indican: “ME EMOCIONÉ, MUCHOS DEBERÍAN APRENDER DE ESTE EJEMPLO”, “PEQUEÑO GIGANTE”, “FELICITACIONES, POR MÁS GENTE COMO VOS”, etc. ¿Por qué siempre escriben en mayúscula? Ni idea.

El hecho en cuestión consiste en que a un nene pobre le enviaron de tarea hacer una obra de arte con lo que tenía en casa. Como no contaba con los útiles pertinentes debido a su condición de pobre, dibujó un dinosaurio en el piso con barro, polvo de ladrillos y palitos.

Eso me hizo rescatar de una que me mandé. Cuando cursaba sexto grado, para la materia “música”, me pidieron que lleve una flauta dulce. Tengo 6 hermanos más grandes y no había ni una flauta para heredar. Yo ya estaba acostumbrado a usar todo de séptima mano. Así que, me la mandaron a comprar y, como era de esperarse, con las chirolas que tenía en el bolsillo, pedí la más barata. Esta es una máxima que me acompaña desde siempre. Siempre pedir lo más barato. Otras máximas: la milanesa, siempre de pollo; y el agujero de las medias, es una aeroventila. Nunca se rompen.

El problema no fue sólo que la flauta que compré era de un plástico muy precario, sino que, al ser tan “humilde” le faltaba un agujero. Ya no se puede confiar ni en los que fabrican flautas. Menos mal que no fabrica medias, si no, ¿cómo te las pones? La maestra me lo hizo saber frente a mis compañeros. “¡Menos mal perro que pensó que me habían cagado y no vio que la onda era por la gilada que había comprado!”. Pegó en el palo, pero no quedaba otra. Cambiarla para mí no era una opción: todos los días eran fin de mes.

Llegué a casa y al toque vimos la jugada. Mi papá agarró la morsa, agujereadora y “gualá”. “Ya está, problema solucionado, mañana en música la rompo toda”, pensé. Flashé. Claro, es que mi papá era mecánico, no luthier.

Desafinaba un poco, mucho, bastante. Y la profesora otra vez me lo hizo saber, pero esta vez, creo, pensó que era producto de mi falta de talento. Te puedo asegurar que nunca pensó que el problema era el agujero adicional que le habíamos hecho corte rústico en un taller.

Para salir de esa: como tocábamos en banda, yo sólo hacía la mímica. Tiraba pasito y todo, corte Maikol Jackson. Por un toque, fui el mejor del curso: el único que no desafinaba.

El problema fue la evaluación final, porque era un mano a mano con “la seño”. En un rincón, La Seño, con bastos conocimientos de música. Y en la otra esquina, El Seba, yendo por la gran hazaña con, nada más que, una flauta adulterada. El que pega primero, pega dos veces: “Seño, viniendo para acá me zarparon la flauta. Por más ilógico que hoy suene, era lo más caro que tenía encima. A esa edad, y con esa pobreza, más que las llantas o la pilcha.

Mirá el bardo que armé por no tener el coraje que tuvo aquel guachin.

Aprobamos, sin acuarelas, ni cartulinas, ni flautas dulces. Así que, tocá de acá, toga.